sábado, 5 de mayo de 2018

Historias en agua y tierra











Historias en agua y tierra
Gustavo Alonso Henao Chica


























PROLOGO


¡LEVAD ANCLAS!


     A veces, por el impreciso azar, por la reserva de un destino trágico, el hombre que reducido a un cuerpo inconcluso, apenas a una sombra. Somos mudables. Y vanos. Y ondeantes. Y, después, ya no seremos. Ser. No ser. He ahí el juego de los opuestos: la vida y la muerte; la luz y la oscuridad. Pendernos de un hilo, débil, que, en un instante inesperado, puede romperse. Frágiles marionetas en un escenario inestable. Así somos. De los animales, el hombre es el más quebradizo y leve, como brizna. Hoja seca obediente a las mutaciones del viento. Viajamos en una barca sin gobernalle, expuesta a la vicisitud. ¿A dónde vas? ¿Cuál ola anunciará nuestro naufragio?



     Ser enfermizo el humano. Y fugaz. De un momento a otro nos envuelve la mortaja del olvido, tornamos al lugar de las sombras. Pasamos. Sin embargo, en el fondo, o en algún extraño rincón de cada uno, subyace, se refugia, la condición humana, la del dolor y la alegría, la del amor y el odio. Aún sin ser completos, aún faltándonos algo mental o físico, el espíritu, el alma, un hálito misterioso, nos diferencia del resto de los animales. ¿Eso nos hace mejores o peores?


     Estos cuentos, estos relatos intensos que usted va a leer, tienen, entre otras la propiedad (y la virtud) de acercarnos a la enfermedad, al accidente, a una suerte de inconclusión humana, con revelaciones de que, pese a todo, a la anormalidad, la vida se manifiesta, irrumpe, en medio o a través de cuerpos que duelen, y grita, y canta, y lucha. Hay en esta creación de Gustavo Henao Chica, una especie de recto a la mandíbula. Un nocaut. Y también un llamado. Usted si es sensible, podrá escucharlo.


     Son historias que duelen, porque hablan de una condición del hombre, de una postración, de un quedarse a mitad del camino. Un viaje, con variadas peripecias, a veces con una meta sin anuncio. A veces, más corto de lo que se esperaba.


     Al final del tramo, de la vida, quizá haya un vacío. O confundida entre tanta miseria humana, la esperanza. ¡Emprended el viaje!

Reinaldo Spitaletta
En el intenso Medellín.
Agosto de 1996





     Desde la perspectiva de la “normalidad” ese mundo uno lo imagina aterrador. Después de leer tu libro uno lo sabe aterrador, pero es ya un terror dulce y balsámico. El terror pervive por la propia incapacidad para reconocer y aceptar la diferencia; se torna dulce y balsámico porque esos personajes se le revelan a uno como ricas minas de sabiduría y bondad.

     Pero creo que la característica más luminosa del libro, porque además lo recorre de principio a fin, es la ternura, Historias en agua y tierra es una especie de galería de la ternura.


José Libardo Porras



     Un libro subterráneo, acaso un poco incomprensible para aquellos que nos movemos siempre en la mismidad. A leerlo he pensado mucho en la frase de Paul Eluard: “hay otros mundos, pero están en éste”.


Cristóbal Peláez González
Director
Teatro Matacandelas













































































Dos para cargar la soledad

A Patricia Parra Gutiérrez

Pesaba menos cuando la levantamos entre los dos. Eso parecía. De todas formas, si hay dos para cargar lo inexplicable, se puede sentir que la soledad es tan sólo el paso que falta para llegar a un abrazo con el otro. Éramos pura adolescencia con el olor aun fresco del colegio. Teníamos unos sustitos. Vivíamos unos miedotes. Éramos piel y sensación al borde de sentirse, una palabra que saliera de la boca, no de cualquier boca, la de uno, que nublara pensamientos o produjera taquicardia; esa palabra, aunque no fuera para una, resonaba en todo lo de una. Corríamos mucho: seis materias, la biblioteca, los conciertos, el mitin, el cine, la cerveza en Villamil, un quiz, el parcial, Marx, el Che, asamblea estudiantil y los primeros orgasmos.

Lo conversamos en el restaurante, estábamos eufóricas, “práctica de psiquiatría”, tercer semestre, vestidas de blanco enfermera; hablamos en el bus de regreso a la universidad, vivir esta experiencia era ser, con pacientes reales en el hospital mental.

   -Sin uniforme- dijo la docente.

   Ahí nos sentimos ofendidas. El símbolo, la tarjeta de presentación, el vestido para el good will guardado en casa. Señorita, doctora, enfermera.

  -Se contamina el proceso terapéutico- indicó la docente-. Ese uniforme es una señal que puede desviar o entorpecer la información desde el paciente.

         Se entendió que el uniforme tenía la huella de algún vicio, que estos pacientes veían esa huella. Me quedé entonces con la camisa de algodón manchada en parches, la mochila de cabuya de varios colores, el pantalón de botas anchas con flecos en la parte inferior, las chanclas de cuero con suela de llanta de carro, el cinturón negro con enchapes plateados, la bufanda de lana para adorno, porque estábamos en verano o en sequía, bueno, y camuflados mis cigarrillos Pielroja sin filtro que ya me fumaba en cantidad; dentro de un libro el periódico con la foto de Atahualpa Yupanqui, una crónica sobre victor Jara y un poema de Neruda; nada de maquillaje porque mi cara es lavada, siempre la tuve así. Decíamos tonterías y nos movíamos en el bus rumbo al mental. Al conductor, que nos conocía porque también nos llevaba al restaurante en el liceo antioqueño, le hicimos algunas bromas, y el nos hizo chistes que no entendimos hasta después de la practica. De pie, esperando que se abriera la puerta de entrada y sin que nadie nos lo dijera, hicimos silencio, mucho silencio; tanto, que dolía.

         La docente, haciendo lo suyo que ya era rutina, repartió el grupo por los diferentes pabellones; ya adentro me sentí deshabitada; después de pasar aquella puerta no vi nada de lo escrito en los libros, todas aquellas imágenes de hombres y mujeres dueños de un mundo se movían, pasaban, gritaban, me encerraban, me envolvían en aquel sueño, ojos extraños, sonrisas nuevas, frases que no entendía, lamentos, cuerpos moviéndose según el dueño, muros, rejas, choques eléctricos, soledad. Sola y pasmada en un rincón.

Fumando compulsiva entré a una tiendita, me tomé un aguardiente doble y le di salida a mi primera depresión; después del guaro y por varios meses me embriagué de Kafka, me inundé de existencialismo. Cuando por fin volví a la universidad a los cinco días, las demás habían cambiado, les vi en los ojos la transformación, quedamos doce de las veinticinco.
         La docente, que era un ser de libros, ni supo que hubo deserción ni se enteró de que estábamos muriendo; en nosotras el encuentro con el mundo del “loco” era como una autopsia espiritual, o un diluvio de impotencia, o una gran duda. Los terapiados eran terapeutas, producían llantos y risas a todas, la conmoción que provoca el descubrir la ignorancia. Allí nos encontramos colocadas por quienes habían visto el mundo en forma cuadrada, los que dijeron que existe un adentro y un afuera, y que nos pusieron a pensar así varios meses o por el resto de la vida.
         Me pareció entender algo simple: si quería acostumbrarme al otro mundo no podía seguir siendo yo; para poderlo entender tenía que ser el otro, sentirme de ahí, el otro y yo en el mismo lado.
         -¡Hey, hey, vení! ¡Mirala, mirala! Se me cayó y no la puedo levantar-.
         Los que pasaban seguían indiferentes. Ahí en el piso estaba la lengua tirada, se le había caído y no la podía mover.
         -Pesa, pesada– inclinado y con un esfuerzo evidente en sus músculos tensos, las venas hinchadas, la respiración agitada y el sudor mojando camisa y rostro. Le daba vueltas, de rodillas, con una escoba como palanca, pero la lengua seguía inmóvil, lengua-tonelada, lengua-soledad. A empujones lo retiraban del sitio varios hombres, y luego gritos por los choques eléctricos, y después fatigado pasaba arrastrando su lengua boa.
-Vea, vea, vea, que se me está cayendo– el hombre corría angustiado, malabarista, tratando de sujetar su lengua para que no fuera al piso; la lengua babosa, resbalosa como pescado, serpenteaba, entraba y salía de la boca y al fin iba al suelo.

         -Mírela, mírela-.

         Ya en el suelo, la lengua adquiría aquel peso enorme. Lo dejé en el forcejeo un rato, esperaba que mi lengua no se fuera a inquietar antes de ayudarle. Ya estaba agitado y con los ojos enrojecidos por el esfuerzo.

     -Listo, ¿de dónde agarro? –le pregunté.

      Con palabras entrecortadas porque le faltaba el aire, se animó:

-De la punta, que a mí me queda difícil-.

Le di vuelta a la lengua por el extremo.
-Si la enroscamos, yo creo que es mejor- le propuse.
La sostuvimos levantada, luchando con ella para introducirla en la boca, durante veinticinco minutos, hasta que por fin entró. Salí de aquel cuarto aturdida con un dolor y un martilleo en la cabeza, oyendo muchas voces que hablaban por todos los lados en el interior de mi cráneo. La docente se sorprendió al verme, los hombres se miraron. Vagamente, como entre una nube, recuerdo su imagen cuando me iba: solo, sentado en el piso, miraba, tal vez contando los pasos que me alejaban de él o los que me acercaban a la puerta que diferencia lo normal de lo anormal; en ese último paso, inevitable de todas formas para salir, se llevó la mano a la boca apretando con fuerza para que su lengua no cayera. Las manos de mis compañeras me sujetaron para que no me desplomara.






















El vendedor de confites

En la piscina se ducha, hace el calentamiento con los compañeros y ya en el grupo de trabajo comienza a sacar disculpas para no hacer lo que el profesor le indica. Si hay personas extrañas, en especial mujeres, se les contonea por los lados, deja su toalla en el piso y empieza a realizar ejercicios; busca la forma de entablar conversación, no demora mucho en entrar y a poco uno ve a las muchachas sonriendo; es común que pida permiso para ir adonde las chicas.         
-Pfofe, ¿me deja?, aaah, ¿si? – abraza al profesor o le ruega.
         -Después, cuando hagas diez piscinas en libre-.
Sale corriendo sobre sus pies planos, que se mueven como patas de pato, y se tira parado en la piscina. En cada vuelta de un extremo al otro pregunta:
         -Pfofe, ¿listo?
         -No, todavía te falta.      
         Su insistencia concluye cuando el profesor dice que sí. Va feliz al lugar donde quería estar. Cuando salen de la piscina, viene y da las gracias
         -Por dejarme con las chicas – dice.
Los viernes generalmente lo recoge una mujer, que lo saluda de beso y se va con él de la mano.
-¿Quién es esa mujer que viene por ti?-le secretea el profesor.
-¡Ah, a usted qué le importa! – le responde y se burla de él.
-¿Ésa es tu amante, o qué?- pregunta directo y como si la pregunta fuera al vacío.
-¿Mi amante? Oiga, ojalá.
         Como la mayoría de los Down, es bonachón, obsesivo, meticuloso y tierno. Para la piscina lleva un morral en el que guarda lociones, cremas, antisolar, jabón, toalla, peinilla; cuando habla se le entiende bien, aunque su lengua le dificulta la pronunciación. Sabe ir solo del colegio a la casa, aunque a veces lo acompaña alguien de la familia.
 -Él tiene sus cosas que sorprenden – le dijo el padre al profesor –: al bus en que íbamos se subieron dos vendedores, de esos que le entregan a uno los confites y si no los recibe se los ponen sobre las piernas a uno. Él se hizo el indiferente cuando se los ofrecieron; luego, cuando pasaron recogiendo los confites o el dinero, se lo devolvió con brusquedad a uno de los muchachos, pero éste le insistía y al fin se los dejo a un lado en la silla. Entonces se acerco y me dijo disgustado:
-Sí ve, sí ve, me dejó eso ahí porque soy mongólico.
Lo cierto es que el vendedor de confites, según le dijo al compañero cuando salían, se los dejaba porque se parecía a un chino que había visto en una película.






































“Ella abría su risa como una jaula”


Cuatro de las cinco mujeres estaban acostadas recibiendo el sol, dos de ellas boca arriba con las piernas flexionadas, las otras dos boca abajo con el rostro metido entre las manos. La quinta permanecía sentada con las piernas recogidas entre los brazos, su cabellera caída sobre el lado derecho, agitándose persistente en el rostro, para que ella la retirara en forma graciosa, y al parecer en un gesto habitual. En el suelo, una visera azul que esperaba hacer sombra en ese rostro.
Cuando julio pasó por el lado de las mujeres dejó que sus ojos vieran; los cuerpos permitían el goce sin buscar demasiado. Para él esa era una mañana sensual, por eso su vida buscaba lo hermoso; sus ojos se iban tras lo deleitable, esas flores de verano ahí regadas en el piso, entregando sus nalgas al sol, que las poseía gustoso. Cinco mujeres obligando a la imaginación a pasar sobre cada curva siguiente, por la línea del bikini, o a seguir después hasta más allá de los pedacitos de tela. Era bueno ser mirada que ve.
No llegaban aun sus niños, un grupo de pequeños con hemofilia a los que daba clase de natación y relajación. Julio llevaba en la mano la tabla en la que apoyaba el papel para anotar la asistencia, no se había quitado la sudadera, el cronómetro colgaba de su pecho. Al final de la piscina, una plataforma de cemento impedía a visión completa para quien deseara observar desde la valla.
Julio fue y en ese sitio dejó su listado; sin quitarse aún la sudadera, pensó en la pantaloneta nueva y colorida que iba a estrenar. La mirada volvió hacia las mujeres sonrió en pensamiento, sintió ganas de hacer nueva ronda por el lado de las que habitan corazones y sexos, para verlas a ser visto, porque no se habían percatado de su presencia. Se quitó los zapatos, lentamente bajó la sudadera, cerciorándose de tener todo en su lugar; permaneció con la camiseta puesta, pero la acomodó en el punto donde se anunciaba también lo suyo, a vanidad del hombre, lo sensual. Si a otras les agradaba así, semidesnudo, sabido porque se lo habían dicho, ¿Por qué no ir para dejarse ver? Con disimulo cojió su tabla y el cronómetro y se fue, casi sobre las mismas pisadas, pasó junto a ellas, y unos metros antes rogaba una miraba que se interesara en él. Ya próximas, tanto que les pareció sentirles el calor, respiró despacio como para oírles el pensamiento o alguna manifestación de interés; camino pensándolas, pero ellas seguían inmóviles, indiferentes, en lo suyo, que no era él.
         -Señor, ¿usted le daría clases a ella? – la voz salio de uno de esos cuerpos y, como esperaba esa voz, le sonó como una melodía; el instante largo-corto que demoró en volver el rostro para encontrar la boca que dijo las palabras, fue una ensoñación, porque una mágica imagen hizo una danza en su pensamiento. Efectivamente, realidad y pensamiento no se distanciaban. Cuando la tuvo ante sus ojos ella toda tallada, esculpida, real, corazón que no es prudente apuró su palpitar, corazón brincón, cuerpo inseguro, caminar lento, piernas temblorosas. Cuando la mirada llegó a la boca que dijo, una sonrisa blanca lo esperaba. Las palabras no tenían origen en las otras mujeres, seguían ahí inmutables; la de la sonrisa blanca se enderezó un poco, unas pecas hacían camino para llegar a sus senos de amanecer, melón maduro. Interpretando que ella se refería a una de las mujeres, iba a responderle que no daba clases a personas adultas, cuando detrás de ella, como emanada de su espalda, apareció la criatura, una niña tan pequeña que obligaba a volver la mirada para confirmar que era real.
A Julio se le hizo todo oscuro, sus sentidos perdieron el orden, como un corto circuito.
         - Yo quiero saber si se le puede enseñar-.
         Pero Julio dijo las palabras, o pensó que las decía, todas en nudo: - como los niños no han llegado aún, no sé si pueda, es que… ahora hablamos –y volvió hasta el muro donde había dejado sus cosas. De regreso, la imagen lo habitaba, lo aturdía, no se atrevió a volver la vista. Ahora sí se quitó la camiseta y se lanzó a la piscina, nadó los cincuenta metros por el fondo y regresó en libre casi sin respirar. Se dio cuenta de que había llegado porque su mano golpeó contra el borde de la piscina. Agitado y respirando como si fuera a tragarse todo el aire del mundo, miraba de soslayo hacia el lugar; aún no había perdido la primera imagen. Hizo una inspiración profunda.
         No le creían, cómo iban a creerle, pero él describía a aquella escena con tanta emoción que los conmovía; se ponía de pie y casi con vehemencia gesticulaba y mostraba con las manos una forma, un tamaño. Repitió varias veces porque se lo pidieron, pero no creían. “Es un cuento”, dijeron. Exclamaciones y adjetivos, la puntada final.
         -Lo mejor no es eso –dijo Julio-. El martes le voy a dar clase. Se llama Carolina.
         Los muchos ojos que seguían sus movimientos, sus palabras, denunciaban igual emoción; desde ese viernes y por tres días siguientes, la voz se extendió, primero de los labios de las personas que Julio había intrigado, luego con los amigos de éstas y después hasta donde pudo llegar el rumor. Era martes, pero parecía festivo; en la tribuna de la piscina, en la valla que la rodea y a la entrada, gente apilada, mirando. Aquéllos a los que Julio contó la historia no se dejaron ver.

         Los ojos se pusieron atentos, fijos en los detalles, esperando que apareciera Carolina. Julio salió con la tabla en la mano y en pantaloneta, la valla se movió como un elástico, se fue estirando; los rostros apretujados, pegados; Julio llegó hasta la plataforma de cemento, dejó sus cosas a un lado del maletín, miró al interior, se dio vuelta y con gracia se lanzó en un clavado al agua. Hizo cinco piscinas en libre. Cuando llegaba hasta el muro que impedía la visión, la valla estiraba como resorte; cuando aparecía, volví a su punto. Después de unos minutos, Julio salió, recogió los implementos, con ellos en las manos volvió al vestier, y ya vestido se fue de la piscina, cuidando mucho el maletín.
Dos cuadras más adelante, en la cafetería, descargó el maletín sobre la mesa, miró al interior e introdujo la mano, segura, lenta, cautelosa; abrió más el maletín, la mano fue debajo de la espalda como si cogiera un cachorro, la otra mano dio apoyo y la sacó desperezándose. Carolina lo miró sonriendo.
-Hola, profe –dijo con voz gatuna.
-¿Dormiste bien? –preguntó Julio.
-No, es caliente el maletín y huele mal. –el hombre sonrió.
         -No había otra forma. ¡Cómo nos burlamos de todos ésos! Ya no hay ningún problema, te llevaré cargada.
         Volvió a sonreír con esa risa, pequeña-grande; jugaba sobre las manos de Julio, saltando de una a la otra con impulso para caer en ambas piernas; movía los brazos para conservar el equilibrio. Cuando Julio cambiaba las manos de posición, ella se colgaba de los dedos, que él estiraba a propósito. Este martes se sentía como el viernes cuando ya le había pasado la impresión y la madre se la trajo hasta el borde de la piscina: aquel cuerpo, con un vestido de baño en dos piezas, que se colgaba de sus dedos y le hacia sentir que si la soltaba se le perdería en el agua; cuando la saco para calentarla, la toalla doblada en seis partes la cubría completamente.
       -Por allá, ¿qué es eso? – Estar en el centro de la piscina era una distancia, una lejanía.
-      Vamos, que tu madre debe estar preocupada por la demora.
-      ¿Puedo ir caminando?
Instintivamente la miró con temor. Pensó antes de responder, intentando hacer la relación del tiempo; si carolina caminaba la distancia del lugar hasta el parqueadero donde estaba el carro, en escala podrían significar diez millas; si eran las once de la mañana, mucho tiempo, pero eso no lo preocupó; se sentía asaltado por el temor, la cogió entre las manos, ¡caminando! Y por la acera, en una zona recreativa por donde pasan muchachos corriendo, aunque no fueran los muchachos, algún afanado a esa hora, o un despistado que no se fijara, sintió espanto pensando que la podían pisar, las manos le sudaron.
-      ­­­Caminando, no, no – dijo en una reacción que asustó a carolina.
-      ¿Por qué no? – preguntó con su voz y haciendo un puchero que julio no vio; tampoco la oyó. volvió a tomarla entre las manos, casi se le perdía en esa mesa, no parpadeaba para no dejarla ver.
-      Quiero de eso – señalo en la vitrina un bombón bum; había cambiado de tema.
Tratando de no perderla de vista, giró un poco la cabeza y sin voltearse le indicó a la mesera lo que deseaban. La mujer trajo el pedido; julio soltó por un momento a Carolina. La mesera se quedó estática, como alucinada; el limpiador que tenia en las manos cayó y ella se fue hacia atrás como si de súbito hubiera decidido colocar su trasero en el piso. Se escucho un golpe, tac, cuando la mujer dio con el coxis contra la baldosa; el resto de su cuerpo se dobló, hipotónico.
Carolina tomó entre sus manos el dulce. Parecía un cargador en desfile llevando una bandera, aquí bandera-bombón, cuando lo inclinaba la parte dulce cubría su cara, medio se veían las cejas y la frente. Estaba sentada en la mano de Julio, saboreando gustosa, la mano silla ahuecada a propósito para que cupiera, los pies golpeando juguetones contra la mesa. La mesera, pálida, aturdida, se fue hacia la parte de atrás, no se repuso, alzó la vista para mirar de nuevo, pero ya se habían ido. Es que Carolina existe.

Las mujeres que Julio vio en al piscina son pura imaginación.













Billy the Kid


-      No me mirés, que me ensuciás –pasaba por el lado del profesor de gimnasia y, levantando su brazo amenazante, se lo ponía junto al rostro -. Te voy a matar, perro.
-      Maximiliano lo miraba impasible o sonreía amable como si aquellas amenazas fueran un elogio.
-¿Qué hubo, cómo te parece mi pinta? De Hollywood, papá, las botas son de made in Texas -así saludaba el muchacho si era bueno su día.
-Mostrá ¿qué es eso?
-Esto es mucho idiota, no reconocer las auténticas; con ellas los más beligerantes pistoleros del oeste fueron abatidos, y los que no, tuvieron que entregarse: Yango, Ringo, Gringo y Sartana las envidiaban, porque éstas son las pistolas de… Wyatt Earp, que soy yo, so pendejo –intentó desenfundar y una de las pistolas cayó al piso.
-Esperá- recogió la pistola e intentó ponerla a dar vueltas en el dedo índice; cosa inútil. Maximiliano contenía la risa. Abruptamente, sin terminar la conversación, el muchacho se alejó en dirección a la puerta del colegio; los compañeros entraban en ese momento y a los más amigos los ponía contra la pared con los brazos en alto; algunos le seguían el juego, otros lo insultaban o hacían caso omiso de la orden.
      Solía jugar fútbol antes de clase al mediodía; se presentaba puntual en la cancha, vestido con el uniforme del Nacional, las pistolas colgadas al cinto y luciendo sus botas texanas. Corría zigzagueando cuando iba tras el balón, porque tenía un problema visual: por lo regular su patada iba al aire o al cuerpo del otro jugador. Los que le descubrían el problema lo evitaban moviéndose unos centímetros o con una gambeta que siempre daba resultado, como con los toros, que siguen derecho. En el juego, en las llegadas y a la salida del colegio palabreaba con gruesas frases a cualquiera; en el fútbol empezaron a mostrarle tarjeta amarilla cada que lo hacía, así aprendió a controlarse.
      Por los días en que a los hijos y habitantes de Medellín les toco aguantar las explosiones y los muertos que le inventaron, a uno de sus hermanos lo cogió el ruido que mata en la plaza de toros La Macarena. Durante una semana el muchacho no fue al colegio, y el día que volvió llegó empujando a todos, y fue adonde Maximiliano.
-Quítate de ahí, patán.-Maximiliano le pasó el brazo sobre la espalda, pero él reaccionó -: es mejor que bajés la mano de ahí.- El maestro le acarició la cabeza y se alejó sin decirle nada.
Por varios días no quiso ingresar a clase; se la pasaba por los corredores de un lado al otro, como esperando a un contrincante para un duelo, con las pistolas al cinto y un pico de botella en la mano; si veía a Maximiliano se arrimaba, le ponía el pico de botella junto al rostro:
- Te voy a matar, así que andate- se alejó resonando las botas contra el piso.
Maximiliano mantenía siempre la misma actitud tranquila; sin gestos ni palabras acariciaba la cabeza del muchacho, que por momentos se calmaba con esta acción.
         Cuando iban de paseo, las profesoras y Maximiliano organizaban los grupos de trabajo. Todos los niños se movían ansiosos cargando sus fiambres y morrales; según ellos la salida siempre se demoraba. En el último encuentro llegó el muchacho, tiró la mochila al piso, se fue directo al maestro y, sin advertir, le pegó un derechazo en el rostro. Éste se llevó la mano a la cara; respirando profundo, se alejó hasta la huerta y sentado al lado de un naranjo se quedó un rato espantando las furias. De regreso al patio siguió organizando la salida, el muchacho lo miraba de lejos pero Maximiliano hacía como que no se enteraba.
Al lunes el muchacho entró sonriendo y le entregó un paquete con chocolates.
-Comé a ver si engordas, te los traje de Miami.
-Maximiliano se lo recibió y levantó la mano para sobarle la cabeza, pero el muchacho se anticipó _: No me vas a tocar, ¿no vez que me eché gomina?
-Huy, con razón brillabas desde la entrada.
-¿Y qué creés, pendejo, que no tengo clase, o qué?
Eso días y otros tantos el muchacho no respondía a las actividades dirigidas o rutinarias de clase. Con muchos ruegos y medio negociado, una de las profesoras logró que entrara a trabajar en la preparación de un refrigerio. Esa tarde iban a repartir salpicón. Cada chico tenía una actividad en particular y la maestra le encomendó la tarea de pelar y partir una piña, con un cuchillo de los que en los pueblos le llama”mataganao”.
El muchacho partía los pedazos y los disponía en una bandeja sucia que estaba sobre la mesa, cuando entraron a la cocina la directora y un visitante de los que no faltan en los centros de rehabilitación. El muchacho se distrajo y un pedazo de piña rodó de la mesa al piso. La directora le ordenó que lo recogiera, pero él no hizo caso. Ella insistió disgustada. En ese momento, la mesa y los objetos que había encima cambiaron de lugar: el muchacho la emprendió a manotazos contra todo. El hombre que acompañaba a la mujer intervino; lo cogió por detrás en un abrazo vencedor por detrás de la cintura, pero Julio pareció crecer en fuerza, logró soltarse, con una rápida movilidad agarró la mano derecha del hombre, y sin tiempo de reflexiones dio vuelta a su dedo en la segunda falange. El hombre lo soltó de inmediato y salio de ahí, casi en shock, con su dedo vuelto en dirección contrario. Vinieron otras personas que sumaron cinco; el forcejeo los llevó hasta el piso y desde allí el muchacho asestó una patada a la nariz de la directora y le partió el tabique. Finalmente quedo de pie y con el “mataganao” en la mano.
Tres personas fueron al lado de la salida y dos al extremo de la cocina frente al cuchillo, que temblaba en el aire, con ganas de cortar o incrustarse, ya no en la piña. Todos se quedaron atónitos. Una de las de la puerta se alejó rápido, fue hasta la cancha donde Maximiliano daba su clase de gimnasia y volvió con él.
         Sin aspavientos, Maximiliano se arrimó al muchacho.
 –Quédate ahí, ni un pasó más-. El maestro obedeció, pero ya estaba tan cerca que podía tocarlo; lentamente le puso la mano sobre el hombro contrario al cuchillo, y suavemente la deslizó hasta la cabeza, acariciando sus cabellos.
         -Se te cayó la gomina –le dijo con ternura.
         -Sí, cómo no, uno dizque partiendo piñas, como cualquier frutero. –La mano de Maximiliano seguía en la caricia del cabello, hasta el hombro del cuchillo.
         -Yo voy a seguir partiendo la piña –le dijo Maximiliano mientras sujetaba suavemente el brazo del muchacho.
         -Claro, tené, quién dijo que yo era sirviente –en un giro veloz le entregó el cuchillo. Los arrinconados y los otros se alejaron. Al final de la tarde las cosas se habían normalizado y el muchacho se comportaba afable con Maximiliano, pero retador con las otras profesoras.
-      Quieto, no te vas a mover. –Maximiliano levantó los brazos.
-      Listo, me rindo.
-      Solo te vengo a prevenir, Billy the  Kid; ese sujeto que esta en la entrada es el cobarde, se le ve en los ojos la traición, ése tira por la espalda. –Maximiliano fingió identificar el hombre.
-Wyatt Earp no es un traidor. –como si hubiera cumplido una importante misión, el muchacho caminó erguido por la mitad del corredor, pisando duro con sus botas texanas.

El maestro miró hacia la puerta donde estaba el hombre acusado de traidor.
     Del estomago le subió un frió que heló su garganta.

























La sonrisa de Victor Hugo


Cuando lo conocí era sólo huesos, piel y ojos, pero tras unas gafas. Su boca semejaba a la de un pez, en su cuerpo la vida se movilizaba con lentitud, o no se movía. Lo dejaba en una posición cualquiera y se quedaba así largos ratos como un maniquí, mejor aún, como uno de esos muñecos que cuando se les agota la cuerda quedan al comienzo o en el transcurso de un movimiento. Eso ocurría en todos los actos de su vida; una de esas posiciones le era habitual a la hora de comer: sostenía la cuchara junto a sus labios, mientras la sopa se enfriaba lentamente.
     -Come, Víctor Hugo –le decía. Pasaba un momento después de escucharme, antes de que la mano iniciara su camino hacia la boca; luego había que decirle “saca la cuchara”, o se quedaba con ella dentro de la boca.
     - Mastica, traga –paso a paso, cada acción debía ser inducida.
     Pero Víctor Hugo fue después algo más que un flaco lleno de vida y sin afanes: un viernes a las dos de la tarde, cuando por el cansancio me estaba empezando a dormir parado (es una práctica de treinta segundos que realizo cuando tengo mucho cansancio), lo vi indicándome sus pies. Otros de sus compañeros estaban en el patio aprendiendo a patinar; era simple deducir que él también quería. Le calcé esos zapatos con rodachines y se fue solo por el patio, ¡patinando! Sin afán, pero con todo el equilibrio necesario para no caer, sincronizaba sus movimientos y mantenía el ritmo. En su rostro comenzó a dibujarse una sonrisa: estaba vivo. Le dije después de un rato que se quitara los patines y movió la cabeza negativamente: había nacido en él la capacidad de romper la norma, desobedecía. Permaneció montado en los zapatos rodantes media hora más. Tal vez por fatiga se sentó en el piso y sin hacer ninguna repulsa dejó que se los quitara; la forma como los miraba en mis manos dejó ver en sus ojos una luz de interés: había nacido su curiosidad.
     La piel que cubría el cuerpo de Víctor Hugo daba la impresión de que iba a ser rota por los huesos; la pantaloneta de baño, que era de las más pequeñas, le quedaba flotando.
     En la piscina le decía: “Víctor Hugo, lánzate”, pero permanecía ahí en el borde, con los brazos estirados al frente; siempre tenia que cogerlo de la cintura y soltarlo. La primera vez que le dije que lo iba a tirar, me miró con sus ojos miopes y sonrió con una risa más grande que la del día de los patines; lo cogí y no mostró intención de oponer resistencia, mas bien parecía complacido; sin brusquedad lo aproxime al agua y lo dejé caer de pie; vi que se iba como tieso hacia el fondo, esperé un momento hasta que apareció, sus manos y piernas se movían como las de un perrito. No estaba asustado ni con ganas de llegar al borde. Dio vuelta y con unos movimientos como de sapo se fue hasta el otro lado; varias veces hizo el recorrido, su risa era cada vez más grande, grandota.

Salieron a vacaciones y Víctor Hugo no volvió. En una comida de campo a la que lo llevaron, no le dijeron que masticara lo que se trago y así se quedó, quieto, sentado, ahogado.



















Los amigos sin límites


Antes de clases, a todos les corresponde sentarse en el salón de entrada, donde tienen la oportunidad de reunirse los chicos de los tres grupos. Guillermo sabe cuál es su lugar, siempre se acomoda en la misma silla. Cuando escucha que han traído a Pacho, se balancea un poco y se ríe; en verdad se pone muy alegre. Pacho, acomodado sobre una colchoneta en el piso, intenta girar la cabeza para ver a los otros; en ese intento, sus manos se recogen más y todo su cuerpo se pone rígido. Ante cualquier ruido de los que produce Pacho, Guillermo se alegra.
     Esa comunicación la descubrí al tercer día de haber ingresado ambos a la institución; fue en enero. Para engañar a Guillermo, cambié a Pacho de lugar, le hice señas y Pacho entendió que le íbamos a jugar una broma a su compañero; se quedó estático.
     Guillermo, extrañado, movía la cabeza, tratando de escuchar. Le pregunté, haciéndome el ingenuo:
     -Guillermo, ¿Pacho vino hoy?
     -Sí –me respondió.
     -¿Y dónde está? –volví a preguntar.
     -Ahí.
     -Yo no veo a nadie, levántame y muéstrame –le dije.
     Se puso un poco nervioso, porque él no había caminado solo en sus diez años; ésos eran sus primeros momentos de libertad. Aun así, con una muy cautelosa actitud, se apoyó en la silla y extendió su brazo derecho al frente como una antena que busca una señal.
Puso la mano en aducción indicando el sitio acostumbrado para Pacho, la sostuvo así unos momentos y luego la movió hacia la izquierda; cruzó la línea media, hasta el hombro y luego lentamente la guió hacia el lado opuesto. Cuando la mano quedó en la dirección de Pacho, se levanto muy despacio y con el brazo igualmente extendido caminó hacia él, lento, muy lento. Al fin, ya a su lado, posó suave su mano sobre la frente del compañero y lo acarició con una ternura infinita; dio un pequeño salto y dijo:
     -Véalo ahí.
     Ése fue un momento extraordinario. Le tocó luego el estómago; le pregunté que cómo lo tenía y me respondió:
     -Tieso como una piedra
     Pacho sonrió e hizo un gesto y produjo un sonido grave. Guillermo le volvió a tocar el estómago; Guillermo habla por los dos y Pacho le celebra sonriendo; cuando le pregunto si es verdad lo que dice Guillermo, responde , con un sonido que es como un guuuuooiiii.

-      Guillermo, ¿dónde estuviste el fin de semana? – le pregunté un lunes en la clase.
–Me fui a cachonear y a tomar aguardiente
No pude evitar sonreír, por la gracia con que lo dijo.
-¿Y con quién fuiste?
-Con Pacho –lo dice y mueve su cuerpo, contento.
-Oigan, pues. Pacho, ¿eso es verdad? –Él mueve la cabeza, afirmando.
-Yo no les conocía esas mañas –les digo-. ¿Dónde estuvieron? ¡Si se puede saber!
-Donde las cariñositas. –Me rió, y Pacho también.
¿Y esas quiénes son? ¿Unas galletas, o qué? –pregunto.
-No –dice Guillermo.
-¿Entonces qué? –vuelvo a preguntar.
-Son mujeres.
-¿Cómo? –finjo sorpresa. Ellos sonríen.
-¿Y qué hacen esas mujeres? –pregunto.
-Le hacen a uno así –cierra sus puños y los arrima al pecho.
-Bueno, cambiemos de conversación, porque esto se está volviendo tema de adultos, como para mayores de dieciocho, y Guillermo apenas tiene doce y Pacho diecisiete, así que vamos al salón.
-¿A qué? –pregunta Guillermo.
-A estudiar – le digo.
Se levanta de la silla cuando le doy la mano y lo guío.
-      Guillermo, si ayer era lunes, ¿hoy que día es?
-      Viernes – responde.
-      Guillermo, ¿cuánto es uno más uno? – pregunto.
-       ¿Cuánto? – balancea la cabeza
-      Te pregunto a ti. ¿Cuánto es dos más uno?
-      Dos – responde.

A Pacho lo retiraron del colegio. Todos los días Guillermo pregunta:
         - ¿Pacho donde esta?
         - En la casa, Guillermo, él no va a volver.
         - ¿Por qué?
         - La mamá dice que esto no le sirve para nada, que él no progresa.
         - ¿Qué es eso?
         - Ella quiere que a los diecisiete años se lo pongamos a caminar con las piernas, no sabe que aquí solo enseñamos a dar pasos con el corazón.
         - Ese Pacho ¿Por qué no ha vuelto?
         - Ya te dije, Guillermo, la mamá no quiere que siga.
         - Ayer (se refiere a seis meses atrás) fuimos en el transporte por Pacho y él no salio, solamente gritaba.
         - Si es que lo habían dejado solo encerrado en una pieza-. Hace silencio, y yo también. Dos horas después, dice:
-Ese Pacho no volvió– repite para sí, mientras restriega las cuencas de sus ojos.
         - Pacho no va a volver – le digo.
         - ¿Por qué?
         - Tú ya sabes por qué: se murió ayer.
         - ¿Cómo se murió?
-¿Te acuerdas cómo era el estómago de Pacho? – le pregunto.
-      Sí.
-      ¿Cómo?
-      Tieso.
-      Por eso se murió, le dio una oclusión intestinal.
-      ¿Por qué?
-      Porque a veces la vida es una mierda, hermano.
-      Sonríe.
-      Ese Pacho no volvió – dice con tristeza.
-      No va a volver, te digo, está en el cielo.
-      ¿Y el cielo es muy lejos?























María persigue al tiempo


Abrí la puerta y María se aproximó produciendo un sonido y masticando un muñeco; cuando llegó a mi lado me cogió de la cintura y me levantó, me acomodó bien entre sus brazos, uno sujetaba mi espalda y el otro cogía mis piernas; cargándome, intensifico los sonidos y me soltó; hice equilibrio para no caer; una sonrisa sin forma clara apareció y desapareció casi al tiempo, fue como abrir y cerrar. Se alejó fue hasta el centro del salón y tumbó a uno de sus compañeros de la silla, le quitó el saco, la camisa, abrió una lonchera que estaba en la mesa, sacó las cosas, se metió en la boca un paquete de galletas sin quitarle la envoltura, intentó poner todo, aunque en desorden, dentro de la lonchera. Como no le cupo, lo dejó tirado en el suelo, se detuvo y orinó parada, fue al baño y trajo un trapeador, esparció la orina por el lugar, se quitó los zapatos, ahuecó su mano y la colocó bajo el mentón intensificando unos soplidos que producían un ruido monótono: ummm, ummmm, ummmm, rurrrrrr, rurrrrr, se puso los zapatos, salio del cuarto, la llamé, pero se alejó sin ponerme atención.

Ha pasado un instante.





































Rey, el levitador


Mientras salta, aletea con sus manos y gira la cabeza: movimientos sincronizados, rítmicos; cuando Rey no conoce la tarea que se va a ejecutar, se muestra reacio, sigue en sus cosas, a veces sentado en una mesa armando rompecabezas o haciendo ensambles con elementos de madera. Rey es apenas un muchacho que tiene mucha soledad, y una madre que lo deja en la casa encerrado en una pieza, mientras ella trabaja. Por las mañanas él tiene la alegría de ir al colegio; llega siempre sin bañarse, todo despelucado y con la ropa mugrosa, pero Rey no es sucio.
         Al proponerle una actividad no acepta, pero cuando ve que sus compañeros hacen algo, él los imita o imita al instructor. En una clase de gimnasia, el profesor los indujo a saltar sobre unos palos de madera que llaman bastones; hacían una hilera y uno a uno pasaban sobre los palos, primero caminando y luego al trote. Rey se metió en la hilera, pasaba y pasaba anticipando a sus compañeras, que se dispersaron; él siguió ahí saltando y saltando hasta que el profesor tuvo que obligarlo a dejar la actividad. Le quitó los palos, entre remilgos y manotazos de Rey, y lo llevó al salón. En el interior, Rey se quedó de pie, y arrimándose a sus compañeros los cogía del cabello; mientras lo hacia daba saltos, hasta que los liberaban de sus manos.
         Desde ese día, cada que se aproxima el profesor al salón, Rey va hasta el gimnasio, trae los bastones, los coloca de la misma forma en que lo hizo el profesor, y empieza a saltar por muchas horas sin que le digan. Como nadie lo observa, va hasta las personas y las hala de la camisa para que lo miren. Le esconden los bastones y al no encontrarlos entra al salón, empuja las mesas y arremete contra toda cabeza con pelos que se atraviese.
         El día de la piscina es el más agradable para él: se cambia rápido (tiene una pantaloneta a rayas blancas y negras, que apenas medio lo cubre; sus testículos pelones se le asoman); en la ducha mete su cuerpo y salta, da vueltas completas mientras le cae el chorro; se tira a la alberca mostrando una sonrisa y produciendo unas vocalizaciones que de seguro dicen de su alegría; ya en el agua, le gusta sumergirse y que lo lancen cogido desde los brazos hacia delante. Pasa una hora y él no sale; cuando ha trascurrido un tiempo y los demás se aquietan, Rey juega con sus manos y si más se acuesta a flote sobre el agua, cruza sus manos detrás de la nuca y una pierna sobre la otra, llegando así a una pose graciosa; todos podemos acostarnos de esa forma y es una imagen que probablemente hemos visto en la playa, pero dentro de la piscina es físicamente imposible sostenerse así. Rey lo hace y lo mira a uno de reojo; su mirada es maliciosa, retadora.

Rey no es sucio la sucia es su mamá.






























Lord Byron: la poesía, un delirio



Por esos días tenia la obsesión de meterse el dedo en la nariz y jugar con sus mocos, medio sacándolos e introduciéndolos de nuevo.
-      Lord Byron – lo llamo.
-      ¿Qué dice?
-      Ven a trabajar en gimnasia – le ordeno.
-      ¿Quién, yo? ¿Está loco?
-      Vamos, vamos – le digo.
-      ¡Huy, que caráter! – se ríe.
-      Empieza a trotar – le digo. Lo hace tres minutos.
-      Lord Byron, vamos a otra cosa – le digo.
-      ¿Quéee?
-      Listo, aquí sobre la colchoneta me haces flexión de codos. ¡Completa!
-      ¿Ochenta? – pregunta gritando.
-      No
-      Quiere ir al baño – dice cantando.
-      ¿Quién quiere ir al baño?
-      Él quiere ir.
-      ¿Quién es él? – pregunto.
-      Lord Byron.
-      Ve, pero regresa pronto – le digo.
Entra al baño y cuando sale se queda en el lavamanos, quieto, dejando salir el agua, sin lavarse. Lo instigo verbalmente:
-      Muévete.
-      ¿Quién yo?
Me detengo a su lado y me pregunta:
-      ¿Qué hiciste el 31 de agosto de 1985?
-      No sé – respondo -, eso fue hace cinco años.
-      Lo hundiste en la piscina, con la pantaloneta negra. – Se refiere a un juego de zambullir al otro.
-      No, eso me lo hiciste tú a mí – le digo.
-      “Mete la cabeza al fondo, nada por debajo” – hace ecolalia.
-      Lord Byron, ¿qué estamos haciendo hoy? – le pregunto.
-      Gimnasia.
-      Bueno, sigue y no hables del pasado.
-      ¿Qué? – pregunta burlón.
-      Trabaja, te digo.
-      ¿Con quién? ¿con Mary Luz? – se refiere a una persona que no está presente.
-      Vamos, vamos.
-      ¡Huy, qué caráter! – continúa -. Hagamos gimnasia, TV cable, un dos tres arriba, de nuevo, vamos chicas, con energía.
-      Ya terminamos le digo.
-      Gracias – se retira.











Graduación


Fue el hijo número doce. Los otros hermanos estaban lejos de ser niños. Se avergonzaban de él. Vivían como huyendo, poco se les veía en la casa. Iban a los billares después del trabajo y a jugar fútbol los domingos.
         -Ese niño tiene parálisis cerebral – les dijo el fisiatra.
         Se fueron de allí pensando que era una cosa de paso, como la gripa. Al año oyeron otra parte de la información.
         - Vea, señora, ese niño tiene una discapacidad muy severa, no creo que dure mucho.
         Sin entender, presintiendo que algo malo pasaba, buscó otros sitios, otras consultas, encontró otras dudas, otros miedos.
         - Ya no hay nada qué hacer. Llévelo para la casa, manténgalo limpio y déle comida.
La madre seguía buscando el milagro y al milagroso: aguas, cremas, pomadas, embriones, aceites, yemas de huevo, rezos, neurólogo, fisiatra, curandero y hasta exorcista.
-      Háganle bastante terapia.
Y le hacían hasta que sudaban. El padre en las noches, la madre en las mañanas, hipertrofiando músculos en los que crecían ubicado el mal.

Le hicieron cirugía de rodilla, que a la postre resultó desfavorable: al momento de quitarle el yeso que forzaba la extensión de la pierna, está se flexionó por reflejo; el médico intentó extenderla a la fuerza y le fracturó la rodilla derecha. El niño gritó de dolor, la madre miraba descompuesta. Con iras muchas, acumuladas, hizo notar lo que sucedía, pero el médico no hizo caso.
-      Doctor, le traqueó el hueso – advirtió, angustiada.
-      ¿Cuál hueso? Eso no es nada, este niño es muy mimado, es mejor que se lo lleve. Cuando estire la pierna lo vuelve a traer.
La mujer se fue con el niño, hasta jamás.
Después de una convulsión en la que el niño quedó inconsciente un largo rato, salieron afanados para que lo viera el neurólogo. El hombre los atendió y en la formula escribió el nombre de la nueva droga.
-      ¿Cuándo lo puedo llevar de nuevo al centro de rehabilitación? – preguntó la madre.
-      ¿Qué rehabilitación? – se levanto el hombre, cogió una tiza, rayo sobre el tablero y luego pasó su mano sobre las líneas, dejando un manchon -. Señora – dijo -: así es el cerebro de su hijo; no gaste tiempo ni dinero, que ahí no se puede hacer nada.

Lloraron padre y madre, sentían como si los hubieran vaciado desde adentro, quedaron sin ganas de vivir; por un tiempo se alejaron del centro de rehabilitación. Al cuarto año, el niño permanecía en la casa acostado, mirando el mundo desde la posición horizontal. Las pocas veces que lo levantaba, como no sostenía la cabeza y se ponía rígido, lo volvían a acostar. La comida era siempre licuada y se la daban, o mejor se la vertían en la boca, sin levantarlo. Los problemas digestivos y la otitis eran comunes en el niño; alcanzó un alto umbral de dolor; lo dejaban por muchas horas en una sola posición y él no se quejaba.
         Un artículo de un periódico que les regalo un vecino los volvió a motivar. Fueron a la institución reseñada por el documento, y allí no les hablaron de negaciones, ni de los imposibles, sino de la grandeza del ser humano, de sus potenciales. Por unos meses, aunque escépticos, asistieron a las sesiones de trabajo, y dejaban al niño en la institución cuando era necesario. Los hermanos fueron comprometidos, y en poco tiempo la madre ya no lo cargaba por la calle, lo hacían sus hermanas.
         Al siguiente año las cosas habían cambiado, un aire nuevo se respiraba en la casa, se volvieron a abrir las ventanas: Óscar tenía un sitio en la sala junto a las visitas, y una silla que lo humanizaba; los novios de sus hermanas eran sus amigos, y el que no, se quedaba sin novia.
         Los domingos sus hermanos lo llevaban a ver jugar fútbol. Con sus ojos o con sonidos graves indicaba si la música era de su gusto. También le gustaba que leyeran Ens. Presencia sus cuentos predilectos: el patito feo, dumbo, pinocho y pulgarcito. Un sábado, en una de las sesiones habituales, la madre llamó al profesor:
-      Que Óscar le va a dar una sorpresa.
El hombre llegó junto a Óscar, que todavía era trasportado en un coche para bebé. El padre lo sacó de allí y fueron hasta un salón. Lo sentaron en una silla y él se sostuvo solo; le arrimaron una mesa y puso las manos sobre ella. En la mesa le sirvieron luego un plato con galletas y una taza con leche. Óscar extendió su mano y con dificultad agarró una galleta y se la llevó a la boca; empezó a masticar mientras miraba al profesor; colocó el pedazo de galleta en el plato. Con mayor dificultad que en el acto anterior, cogió la taza y se la llevó lentamente hasta la boca; sorbió gustoso la leche, miró de nuevo al profesor y regresó la taza a su lugar.
         Con los ojos muy abiertos y sus músculos tensos, esperaba las palabras del hombre.
         El profesor no aguanto la emoción y lo levantó de la silla para felicitarlo.
         El niño se había graduado.
















Lord Byron en el teatro


Lord Byron no es amigo de la oscuridad, por eso el día que lo llevamos al teatro se quedó sentado a la entrada de la sala; los demás estaban en el interior viendo la obra. Cuando se levantó para ingresar, daba unos pasos hacia el interior y se devolvía; convencido por mí, se acomodó por fin en la primera fila. A ratos se llevaba las manos a la cabeza y se agachaba. Como lo seguía acompañando desde que entró, noté que estaba sudoroso y frío; si los otros reían o comentaban la obra, él decía: - chito, chito, silencio, silencio...
     Al concluir la obra, la ovación fue larga; al fin los actores se pararon enfrente y les pidieron que hicieran algo si lo deseaban. Algunos saltaron al proscenio e hicieron algunas pantomimas y declamaciones. Lord Byron, ya tranquilo con las luces encendidas, pidió la palabra:
     Escuchen las señoras y los señores que a los niños voy a hablar – hizo un gesto gracioso, saltó, aleteó y dijo: A mí la poesía me gusta con delirio, a mí la poesía me gusta arepa – siguió repitiendo lo mismo hasta que lo hice callar y volver a su puesto. Varias veces intentó salir de nuevo a escena, y por muchos días repitió esas palabras.






























El Güimba


Cuando empezamos a conversar me fue difícil entenderlo, pues su dicción por la carencia de la dentadura y porque, al intentar hablar, su cabeza iba involuntariamente hacia un lado en una hiperextención. Le estaba enseñando unos ejercicios de relajación muscular; en esos días se quejaba con frecuencia de dolor en la espalda. Aprovechaba para aflojar todas las correas que lo mantenían atado a la silla de ruedas o a la cama, al igual que los pañuelos que envolvían sus manos.
     En la segunda sesión de terapia, mientras le sujetábamos los brazos, dejó venir hacia mí la pierna izquierda y me dio de lleno en el rostro. Desde ese día lo bautizamos “patada voladora”. En una de esas sesiones empezó a contarme la historia de su vida:
     Había estado en una guardería (falso) y allí conoció a una chica de nombre Carolina Gómez. Se habían enamorado, pero lo traicionó con otro niño. Ante esta situación, en un descanso golpeó (permanece amarrado) al “seductor” y por esto lo expulsaron; sin embargo todavía visita a Carolina y ella lo llama por teléfono.
     Para contarme la historia de su vida se demoró cuatro sesiones de terapia; luego me pidió que le contara la historia de mi vida, y yo se la conté como sigue:
— Estaba yo en la cafetería de la universidad, cuando vi pasar a una chica. – Él me miraba malicioso. Continúo-: Como la chica me gustó, me le acerqué para invitarla a tomar un café, conversamos un rato y después acordamos reunirnos al día siguiente para tomar una cerveza.- Sigue atento mis palabras-. Según lo convenido, tomamos la cerveza en una taberna frente a la universidad; a las ocho le dije que tenía que irme porque estaba preparando un parcial. Salimos y la llevé al carro, le dije que hasta luego.
— ¿Le diste un beso? — pregunta.
— No sólo le dije hasta luego.                     — Huy ¡qué güimba! — me dijo burlón             Seguí contando la historia de mi vida:        
— Al tiempo fuimos a una finca, durante una semana – Me mira; sus ojos sonríen-. Por las noches salíamos a ver las estrellas, disfrutábamos de un asado, leíamos poesía hasta que nos vencía el sueño. - Sus ojos interrogaban. Así pasaron aquellos días felices en la finca.
Me miraba como desilusionado y me preguntó: -¿Y de lo otro, qué? - Reímos con sus padres, que lo estaban acompañando en la sesión.   
Pasado un tiempo me dice que le gustaría tener un sitio adonde asistir para conseguir amigos y estudiar, como todos los niños; que si yo lo puedo tener con los míos. Los padres no se atrevían a vincularlo a una institución, porque el riesgo era grande; sin embargo acordamos que sí, pero que en un comienzo asistiera con la niña que lo cuida para que ella nos enseñara a manejarlo. Siempre permanecía amarrado a la silla de ruedas con correas alrededor de la cintura, las manos cubiertas por una venda, también las piernas, siempre sujeto a la silla que fue forrada en una espuma para evitar lesiones. A la segunda semana sabíamos manejarlo, asistía solo. Lo poníamos lejos de los muebles y de los otros niños, pero no mucho, de tal forma que participara con todos.                                             El saludo para las mujeres y para la profesora era normalmente con agresión verbal.                  La maestra le preguntaba:                                    -¿Hola, cómo estás?
- Chimba –contestaba.
Afortunadamente, quien lo veía por primera vez no le entendía. Para la profesora esta palabra de saludo la acompañaba con un:                           -Chimba, perdón, perdón.                                Si era un hombre, el saludo era así:                      -¿Hola cómo estás?                                        -Maíca.
En los dos casos empezamos a jugarle. Después de haber visto la película el Rey León, fue fácil:
-Chimba -decía, a lo que la profesora agregaba -: Si, simba era el hijo y tuvo que huir creyendo que por su culpa había muerto el padre (él nunca había ido al cine, y cuando llegó a la casa le dijo a la mamá que ése había sido el día más feliz de su vida).
-Maíca.
-¡Sí, la manzana está muy rica, es que las frutas son deliciosas!
En los descansos nos sentábamos junto a la ventana para ver pasar la gente.
Una tarde le dije:
-Oye, mira – pasaban tres muchachas preciosas-.
¡Que cosas, Dios mío! ¿Cómo te parecen?
No contestó, pero dejó ver malicia en sus ojos. Luego estuvo todo el tiempo como inquieto. La profesora le preguntó si deseaba algo. Le dijo que sí, que iba a hablar con mi esposa.
-      ¿Qué le vas a decir? – le pregunté.
-      Que usted la engaña con otras mujeres.
-      ¿Por qué quieres hacer eso?
-      Para que ella lo deje a usted, así yo me puedo quedar con ella.
Juan estuvo en esta vida catorce años. Fue feliz. El día de las matriculas, mientras hacíamos planes con su madre para el año escolar, él se fue sin ruido, sin llanto, sonriendo.
En el velorio, antes de la cremación, lo tenían en esa sala amplia de color blanco, con ventanales que dejaban ver el antejardín. En el interior del ataúd, Juan era largo, parecía dormido, como soñando, y por primera vez sus brazos y sus piernas no tenían ataduras












Es hasta el poste, mamá


Vicki se detiene; ni seguir, ni volverse. El dolor lo impide. Guarda el quejido entre los dientes, sus párpados cerrados; en los músculos de la cara, una tensión dolida. Se nota
         Con las manos frota los muslos. Lo que siente la lleva casi a la pérdida del sentido. En el día, varias veces la contorsión y sobarse. El cuerpo no se acostumbra. Fricciona lento cuando la tortura termina. Su respiración se normaliza. La caja toráxica retoma la posición vertical.

La mujer se da cuenta del trajín en la calle. Palidez y sudor le quedan en el rostro. Abre los ojos. Encuentra miradas preguntonas de los que pasan. ¿Un cerco, un encierro? ¿Qué le pasará? ¿Por qué está así? ¡Pobrecita! Preguntas y frases que se adivinan. La gente no sabe esconder la mirada lastimera. Con la manga de la blusa desagua la frente. Ser invisible. No estar. Morir, piensa. Por esta maldita calle ha pasado desde la niñez. A nadie parecía importarle. En esta tarde se empecinan, golpean y golpean con esa mirada que inferioriza.

Metidos que son, ¿muy raro o qué? De tanto curiosear se elevan, los coge un carro y pac, un título para la columna de accidentes. ¿No hay más qué ver? ¿Soy lo único? ¡Sigan a sus varias partes! Insensata, dentro de la casa estaba mejor, allí hay quietud y pocos ojos. Lo piensa, arrepentida.
         Salió con la esperanza de encontrar un vuelo a sus ideas. Arrinconada en su propio olor creía consumirse. Un poco de aire en la calle, unas sonrisas, quizá un piropo, pero pieza y calle se le tornan iguales, ambas con menosprecio y lástima. Maneras de agredir sin tocar. Las ideas de Vicki tienen vida. Comprende que hay dos mundos: el de ella y el otro, que es la calle con sus ruidos y aire malsano. Dan indiferencia, no piropos. Ahí sobra, estorba tanto que la gente se desvía o detiene los pasos antes de llegar. Calle y pieza son iguales. El mundo que no es de ella. En la pieza, un silencio que da frío, medio cementerio; la madre es la compañía, tiene setenta años de cansancio. Amigos también entran. Hace seis meses cada vez menos. Hablan bajito, sentados a su alrededor como en un velorio. Entre las palabras, eternidades de silencio. Incomodidad. Nada qué decir, y lo que dicen, impropio. Vicki soporta las palabras que son golpes.
-¿Te acuerdas de cuando bailamos en tus quince? Esa noche tuvimos que correr, por un borracho que empezó a echar piedras, ¿te acuerdas?
Tendrían que vivirlo y así medir el lenguaje; ignoran ellos las dimensiones del verbo en esta condición que nadie envidia. Muertas las risas, los chistes y los bailes, los amigos escasean. ¡Quisiera estar muerta! Una vieja, amiga de su madre, se atrevió a llevar una camándula. Ganas no le faltan de suicidar la otra mitad.
La sobreprotección de la madre hace que se sienta inútil. Exagera en los ciudadanos. ¿Qué necesita? Deje, yo le ayudo. No haga eso, usted no puede. Amor de madre, Vicki entiende. El destino puso el espaldar y ella recostada. A su madre hubiese querido darle todo. Imposible. No es más que una carga. Viven sufriendo… ¿Por qué a mí? Sin resignarse. ¿Por qué a ella? Tan buena hija.
Descubrir que su madre ha llorado porque todavía no acepta que esté así, es mirar el dolor en un espejo doble. Debería ser ella quien protege, quien atiende, pero la vida invirtió el orden.
-¡Pobre madre, yo tan inútil! Piensa. En el momento en que intenta dar el giro, el poste se interpone. Lo mira. Ése de cemento –conocido de toda su vida, clavado ahí, con más años que ella –le parece que sin ser árbol ha crecido o que ella creció como raíz. En medio del colegio Javiera Londoño, las Torres de Girardot, el edificio de San Ignacio y la Caja de Previsión, perdida está ella. El edificio, las torres al frente, fue de su altura; mirado desde su posición actual se le ve introducir su punta en el cielo.
Un impulso atrás. Se aquieta de nuevo. No por dolor. Es el recuerdo de ella y el atleta recostados contra el poste de cemento, juntando piernas que entonces sentían. Recibiendo sus besos de adolescente. Haciendo el malabar de quitarse los zapatos, sin dejar de lamerse los labios. La visión se presenta como si fuera del día anterior. El muchacho era su alumno, boxeador por aquellos meses. Su instructor primero en las artes de sentirse. Él le ayudó a estrenarse. Tenía la necesidad de usar completamente su sexo. Bien o mal, nadie olvida aquel encuentro corporal uno.

El poste es más viejo que ella y sigue parado. De pie está la madre, esperándola a la entrada de la casa. A media cuadra.

-Es hasta el poste que voy, no se preocupe –dijo Vicki al salir.
         Sin convencerse, la madre veía cómo se alejaba. En aquellas noches con el muchacho, verlos no, oír casi seguro. Las madres no se duermen hasta que los hijos entran. El muchacho no se quitaba los zapatos de plataforma y entrar hasta la casa en lo oscuro, teniendo aguardientes en la cabeza, era ruidoso. La madre en el cuarto de arriba debía de oírlos. Nunca dijo.
         En el interior de la pieza hacían los dos el final de su juego iniciando en Cupido, un lugar frecuentado por ellos, donde sólo se escuchaban los boleros de Roberto Ledesma y Leo Marini. A las seis salía él, apresuradamente.
         La distancia entre maestra y alumno evitaba sospechas en el colegio. El muchacho, conservando la misma actitud que Vicki, interpretó en un principio indiferencia por la mujer adulta. Frialdad aparente, porque encaprichado estuvo. No por Amor. Sólo saboreando su cuerpo. Aquí en esta esquina, vigilados por el colegio Javiera Londoño, se detenían cada noche al regreso de Cupido. Era un ritual.
         Una tarde, después de gastar el resto del deseo, decidieron separarse definitivamente. No con llanto. Lloran los que al perder quedan sin esperanzas. Ahora seis meses de lágrimas tiene ella.
         Idos cada uno. Él estaba listo para las jovencitas de la Javiera y ella para los hombres de años. El último encuentro fue a manera de premio. De ella hacia él. Habían estado en el coliseo y él ganó. Puso fuera de combate a su rival. Ella le dio el placer hasta donde es posible. Al regreso en el cuarto se dejó ver. Lo hicieron en el día y si temor a ser descubiertos por la madre. Permitió ser vista. No hubo rechazo en él. Antes sabían de la piel palpándose en la noche. Vicki, inconforme con el cuerpo, procuraba no evidenciarlo: una blusa en la que cabía ampliamente disimulaba su arriba.
         Las caderas y las piernas las mantenía bajo los pantalones bota campana. El rostro, oculto tras los anteojos. Entupida que es una, piensa añorando. Una sonrisa se detiene. Se humedecen los ojos. Los labios tiemblan. Mira hacia la casa. La madre sigue a la espera. Hace señas, es mejor ir. Tiene suficiente, innecesario causarle más angustia, se dice a sí misma.
         Del muchacho tuvo noticias; retirado de los cuadriláteros, cambió el ejercicio del cuerpo por los alimentos del intelecto. Los amigos le dieron rótulos: loco, decían; filósofo en desuso; oidor de música de semana santa. Vicki siente cariño al recordarlo. No es de olvidarse. Fue el primero sobre su cuerpo.
         Por unos años se perdieron las historias, hasta que la sorprendió esa voz de hombre disertando en la radio. Elocuencia desconocida; no la tenia en el colegio ni en el discurso amoroso. Hacia llamados conmovedores a la esperanza. A valorar el resto de la vida. A sobreponerse al infortunio. Ningún ser humano está exento de una situación así, dijo cada vez.
         Vicki lo comprende, mirando el poste. Una verdad que aunque dicha, anunciada, no imaginó en su vida. Aun hoy quisiera pensar que es mentira, que está oyendo en el programa de radio un testimonio de otra persona. Nunca tuvo la sospecha de que ese mensaje fuera de futuro. Una profecía para su cuerpo.
         Perdido el muchacho, idea ninguna de dónde encontrarlo. Hace cantidad de ayer que no lo sabe. Ahora lo necesita su cuerpo, pero no por lo de antes. La calle sigue de gentes repleta. El sol se ha ocultado. El poste queda sin sombras. Vicki al fin se aleja de la esquina. Lleva la mirada atenta al piso. Hay ranuras en la acera y puede volcar.
-      ¿Es que no ve, o qué? Imbécil.
El hombre, al igual que las demás personas, desvía los pasos. La madre viene a encontrarla.





































El saber del corazón


Un grupo de personas estaba reunido a la entrada de la piscina en la universidad de Antioquia.
-No esperemos más, vamos a trabajar –dijo el profesor que acompañaba a los discapacitados.
No todos estaban convencidos de que exhibirse allí fuera buena idea. Tímidamente y muy recogidos, como protegiéndose de las miradas, se juntaron cerca de la ducha. La última en acomodarse fue una mujer gorda y parapléjica que el profesor duchó con dificultad.
-No sé por qué dejan meter esa gente ahí – dijo un muchacho que iba a entrar a la piscina, pero que se devolvió de la puerta al ver a los discapacitados duchándose. Regresó al vestier maldiciendo y se cambió.
Después de haberse metido por el lado de las escalinatas y en la parte menos profunda, el profesor se ubicó frente a todos y comenzó a dar explicaciones.
Bajó a uno de los que estaban en el borde para mostrar lo que debían hacer. Los pocos acompañantes y espontáneos se metieron con ellos; eran insuficientes para el número de personas, que pasaba las treinta. Unos estudiantes de educación física y los monitores de natación que se habían comprometido con ellos, no llegaron. Era el tiempo en el que tener una discapacidad daba vergüenza.
A los seis meses seguían asistiendo rigurosamente al entrenamiento; la persistencia de aquel entrenador que siempre estaba con ellos, dio frutos muy rápido. Los discapacitados se movían solos de un lado al otro de la piscina, nadando o entrenando los ejercicios que les indicaba el profesor. Al año varios de ellos se lanzaban al pozo de clavados sin temor a esa profundidad; retaban al maestro a clavarse o a recorrer la distancia a lo largo de la piscina, pero él les hacía una broma o procuraba estar ocupado para evadirlos. Para ese entonces, también se había clasificado el grupo: quedaban apenas unos quince para competir y los otros iban a recrearse. Crecieron hasta ser campeones en Antioquia, y posteriormente campeones nacionales; su última figuración en torneos nacionales se la habían dedicado al director de Coldeportes, Antonio Roldan.
El que hacia de entrenador, fue con cuatro de ellos a sus sillas de ruedas hasta Coldeportes, para buscar recursos con miras a su viaje; desde la percepción se hicieron anunciar:
-Doctor, es el entrenador de los discapacitados
- dijo la secretaria, como solía hacer con la gente que anunciaba.
         -Comuníqueme con él. – la secretaria tapó el auricular con la mano.
         -Que el doctor quiere hablar con usted – dijo bajando la voz, aun sabiendo que no la escuchaba.
         -Doctor, buenos días – habló asustado el joven entrenador.
         -Les voy pedir un favor: que me esperen cinco minutos mientras yo termino de resolver un asunto aquí; luego bajo y los atiendo allí, porque hacerlos subir cuatro pisos por unas escaleras es un irrespeto. Que esta institución tenga barreras arquitectónicas es problema nuestro.
         El entrenador se quedó silencioso, y casi en un balbuceo dijo:
         -Bueno, doctor, gracias.
         Después de eso, siempre fueron atendidos allí. Ese acto decía todo lo que era ese hombre.
         Para completar su preparación física, hacían un recorrido en silla de ruedas desde el coliseo Iván de Bedout hasta la Universidad de Antioquia. El entrenador, que también viajaba en la silla, llegaba media hora después que los discapacitados; ellos lo rodeaban a la llegada y le hacían bromas.
         De los que expresaban comentarios discriminadores, uno dijo algo que se quedó en el aire:
         -¿A ese hombrecito no le dará vergüenza salir con todos esos torcidos a la calle?
         La respuesta la daban los niños, hijos de los estudiantes y profesores, que a esa misma hora de los sábados iban a su clase de iniciación deportiva con Jorge, un profesor al que llamaban “Chiripa” y que se hizo amigo del entrenador de los discapacitados. A veces, al pasar con la chiquillada hacia la cancha o el coliseo, Jorge se arrimaba a saludar; los niños cogían las sillas y jugaban con ellas, se daban muletazos fingiendo combates con espada, los bastones se convertían en caballos de carreras; cuando los dueños veían, ellos los miraban curiosos o de lejos les hacían morisquetas.
         “Chiripa”, que era también comunicador social, entrevistó muchas veces, en los programas deportivos de la emisora de la universidad, al entrenador, del que se hizo muy conocido; le propuso hacer un video donde él realizara algunas actividades con los discapacitados, para hablar de su método de trabajo y ponerlo como un ejemplo, en forma muy practica, nadando con ellos.
         -¿Qué opinas? Lo hacemos muy informal.
         El entrenador miró a Jorge.
         -Tenemos un problema para hacer eso.
         Jorge no lo veía:
         -Es sencillo, hacemos una salida en libre y van hasta el otro lado, luego hacemos una toma lanzándose al pozo, eso es todo.
-Sí, es fácil. El problema está en que yo no sé nadar.















Judith


Todavía da muestras de no querer meterse en la piscina voluntariamente; la primera vez, dos años antes, tuvimos que obligarla. En ese tiempo era menos corpulenta, pero gritaba más; hoy sólo se metió por un momento a la piscina, no por su iniciativa; una profesora tuvo que instigarla. El resto  del tiempo se quedó en un extremo, al lado de las duchas, haciendo sus movimientos estereotipados, que son como si sus brazos fueran una gran serpiente sin cabeza, porque ambas manos se mueven, una primero, luego la otra.
Ese movimiento serpenteante pasa de un lado a otro del cuerpo, involucrando la parte superior de la espalda; luego se queda quieta, inclina hacia abajo uno de sus hombros, levanta el otro, soba el mentón contra él, y permanece así, moviendo ligeramente los dedos de las manos. Produce dolor verla, parece que tuviera una torcedura o que algo le impidiera enderezar su tórax.
El último día que estuve con ella en la piscina, un sol inmenso había anunciado verano; los dos meses anteriores habían sido de lluvias. En el vestier ayudé a bañar a los niños, en este grupo ninguno sabia bañarse solo. Para agilizar el proceso nos turnábamos el trabajo: dos compañeras se encargaban de bañarlos, dos de secarlos y dos de vestirlos.
Fui al vestier de los hombre a cambiarme (todos los niños son cambiados en el vestier de las damas). Regresé y al levantar la mirada dejé que mis ojos vieran todo cuanto tenía ante sí: unos senos adolecentes, sin las urgencias de las niñas de esa edad; una piel canela fresca, sin uso; una cintura bien construida, y más caderas, tiernas, vellosidad, todo unido a la ingenuidad, a la belleza. Volví a mirar y fui hasta el rostro, la boca se abría un poco y se cerraba repetidas veces. De pronto, como una sonrisa, o algo que bien podría ubicarse entre la palabra y la risa, y luego los movimientos de la cabeza hacia los lados y la inclinación lateral del tórax; miro a sus ojos y no sostiene la mirada.

¡Cómo ha crecido¡ me digo, la vuelvo a ver y sí, es Judith, es autista, es un ángel.






Lizt
       

No sabemos entenderlo, llegarle, porque él percibe e interpreta el mundo obviamente en forma distinta a nosotros; camina y a cada paso se inclina hacia delante en un balanceo. Hoy se mordió en el hombro y en la mano, cuando llegó el transporte para llevarlo a casa.
Por lo general el carro es estacionado en la calle al borde de la acera. Hoy al pendejo del chofer le dio por subirlo sobre la acera, e inmediatamente Lizt empezó a morderse. Intentaron controlarlo pero entonces agredió al primero que se le puso enfrente. Me llamaron para que ayudara, y lo entramos de nuevo al colegio, sosteniéndolo por los brazos; tan pronto lo medio soltamos se autolesionó, mordiéndose hombros y brazos; nos arañó enfurecido. Un cuarto de hora después se calmó, pero del hombro calloso por los repetidos mordiscos antiguos y nuevos, salía sangre. Gladys, la psicóloga  de piel caramelo, llegó a sentarse a mi lado; si fuera visible podría describir lo que se acumulaba, y añadir a eso lo del Lizt; ella le buscaba respuestas, pero sólo salieron dudas convertidas en lagrimones.
Lizt, calmado aparentemente, seguía caminando y balanceándose; se detuvo a mi lado y empezó a morderse. Lo cogí de los antebrazos y alejé sus manos de la boca; partió mis labios y se quedó estático su rostro cambió a una mueca de amargura, lágrimas también salieron de él.

Se fue por el corredor, balanceándose hacia delante mientras caminaba







Wilde

Wilde parece tener por principio la ley de los extremos. Nada en él se hace por mitad: se tira al suelo y ninguna instrucción le sirve, hay que levantarlo y entonces, y sólo entonces, sale corriendo o caminando.
En la piscina hubo que implosionarlo la primera vez;
después de estar en el agua fue necesario sacarlo a las malas. Eso no es todo; en la piscina a dado muestras de lo que es concebir el extremo: lo mira a uno y comienza con una sonrisa burlona, se mueve violentamente y se le escurre a uno de las manos y va hacia el fondo, se queda ahí…Es imprescindible sacarlo porque de lo contrario continúa en el fondo. En muchas ocasiones, al comienzo, salía vomitando y aun así quería sumergirse de nuevo. Ahora sale por si mismo pero aguanta hasta dos minutos; si uno lo saca antes, se pone furioso e intenta morder.
Cuando van siendo las once de la mañana, se escapa del salón, va hasta el patio, se tira boca abajo y pega su lengua contra el asfalto caliente; dos o tres personas tienen que levantarlo; su piel se pone colorada; él se retuerce; salta y manotea.

Otro de sus extremos es el ritual del excremento. También a horas de sol se desnuda y se sienta en cuclillas en mitad del patio; ríe por un largo rato, como predisponiéndose: por momentos soba sus testículos, luego poco a poco va introduciendo sus dedos por ano y como un artista o un guerrero que se maquilla para una obra o para la guerra, comienza a untarse por todo el cuerpo, muy lentamente: como en un goce, se queda ahí completamente revestido de excremento. Nadie se le arrima, nadie…

Wilde sonríe, sonríe…



















George

Tiene diecisiete años, corre a veces de un lado a otro y si está en crisis golpea las paredes con la cabeza: hace recordar esos animales cabríos que combaten a cabezazos: toma impulso y se va de frente contra la pared, que lo se devuelve más embravecido y sale en espera inmutable. Ante el golpe frena en seco, carrera mordiéndose las manos.

Fue necesario ponerle un casco de motociclista para protegerlo un poco.

George tiene cuatro actividades que parecen hacerlo feliz: privarlo de ellas es propiciar una autolesión busca un pedazo de hilo o lana y pasa horas y horas enrollando, a veces corre pero no suelta su lana, y si la olvida porque hay otra actividad a la que es sometido, entra como un desesperado al salón. Otra: en la hora del recreo se sube en un columpio y se impulsa a una máxima altura; casi pasa el soporte horizontal. Un rato después cuando ha logrado mucha altura y se ha balanceado bastante, se lanza desde esa cúspide y sale corriendo. En uno de esos saltos se produjo una lesión de tobillo que hasta hoy no se ha dejado tratar. Su caminado cambió después de eso: medio apoya el pie debe dolerle

La natación también le encanta; flota bien y hace una brazada no técnica, pero avanza. Cuando llega a un extremo o al borde de la piscina, se queda allí mirando el agua. Parece aburrirse y entonces aprovecha para acostarse fuera. Introduce su mano en la pantaloneta y saca su pene. Con ambas manos empieza a sobarse suave; Permanece así por horas, completamente enajenado, absorto; ésta es la cuarta actividad que le gusta.

Una mujer que esperaba ayer a una hermana que vino a terapia física, se lo encontró por casualidad en la piscina. George estaba solo, mientras yo permanecía escribiendo en un rincón, un poco alejado. Lo vi, decidí, no molestar: la mujer se acerco, creyéndose sola, George la vio pero siguió en lo suyo. La mujer se acomodo en una silla y lo miro sin parpadear. Por ratos su rostro se modificaba, posiblemente imaginando aquel falo monumental Jodiendo en ella, y no ahí perdido en las manos de George. Durante la media hora que estuvo en el lugar, disfrutó mucho, creo; cuando pasó por mi lado se lo vi en el rostro… George se lanzó a la piscina.


Los ojos le brillaban como soles



Para Martín, el mar era a cada momento novedad. A los veintiún años, este primer encuentro con la playa lo alelaba, aunque el calor y ese sudor pegajoso no lo dejan dormir. El entorno en si mismo era de fantasía. Las chozas, las gaviotas hambrientas, los hombres y mujeres de piel de ébano, el caserío y el horizonte en el siempre misterioso mar, el bravo mar,

Un viejo tronco, tamañudo, traído por las olas, se quedó en la playa cuñado por otros pedazos de madera y por la arena; el agua venía hasta él con poca fuerza, alcanzando sólo a mantenerlo húmedo. Aquello era una caricia del mar al tronco, ambos antiguos; así tal vez se comunicaban, se decían historias muy de agua muy de tronco. A lo lejos se veían algunos ranchos que bordeaban la playa, las palmas cargadas de cocos y las gentes de por allí y por acá. Un poco más allá, las palmeras que la brisa de la tarde movía tierna, amorosamente; a muy pocos metros, los turistas gozaban bajo sus cubresoles. Los nativos venían a invitarlos a dar un paseo en bote, y las mujeres caminando de un extremo a otro de la playa, ofrecían frutas y agua dulce. Ahí mismo dos negras tenían una butaca y, sobre cuatro palos que enterraban en la arena, una tela que daba sombra. Las mujeres que turistiaban iban hasta ellas para que les hicieran el peinado de las trencillas; así volvían felices a Medellín, mostrando sus cuerpos bronceados por el sol y las trenzas que eran la constancia de que de verdad habían estado en la costa.

Embelesado como estaba y sin afanes, dejo su morral junto al tronco, fue hasta una palma a pocos metros, y de los varios cocos que había regados en el piso cogió uno, le quitó la vestimenta y lo metió en una bolsa plástica, que anudó; apoyó el atado sobre el tronco, sostenido por la mano izquierda: respiró profundo y sin pensarlo asestó un golpe seco en todo el centro: el coco se partió. Con los dientes hizo un pequeño orificio a la bolsa y succionó con avidez el agua.

Del morral saco otra bolsa en la que guardaba cigarrillos, encendió uno y empezó a fumarlo desprevenido, mirando aquel atardecer de mar; llevaba el cigarrillo por la mitad cuando se fijó en un punto negro que se movía en el agua, a unos veinte metros de la playa; el punto se aproximaba y, ya más cerca, la forma se fue aclarando: era un cuadrúmano simiesco que parecía un mono flaco sin pelos; iba hasta un rancho, entraba y a poco volvía a salir. Lo que parecía un mono flaco sin pelos, inquieto a Martín, que ya había consumido el cigarrillo; se levanto y se acercó al rancho. Allí vio a una mujer negra sentada en la entrada, que goleaba como en clave con luna vara sobre la arena o contra la puerta, y lo que parecía de lejos un  punto negro salía con rapidez y  subía a una palma, arriba empujaba frenéticamente  las ramas  hasta tumbar algunos cocos; bajaba, los recogía y los llevaba a los turistas, unos diez metros más allá; éstos gritaban y aplaudían, y  lo que parecía un mono o chimpancé se metía al mar sin zambullirse, nadaba a manotazos, hacía cabriolas y  de nuevo retornaba a la playa como  un atleta continuaba su acción  trepando a la palma que tenía las huellas de los agarres repetidos en el  subir y bajar. La mujer negra gritaba algo y el mono o chimpancé o lo que fuera entraba en la choza, los turistas le entregaban unos billetes; ella esperaba un poco antes de volver a golpear con la vara.

Martín regreso por el morral y caminó de nuevo hasta la choza. Al lado de la entrada, la mujer permanecía sentada sobre una piedra, con las piernas abiertas: era una negra abultada y sudorosa con los dientes podridos: llevaba una camisilla que dejaba ver en su axila una espuma blanca. Se quedó mirando al joven con una cierta indiferencia: era afable con los turistas que iban en grupo, porque le daban más dinero, y el precio variaba según la pinta del turista. Aquello era una romería para ver al mono, chimpancé o lo que fuera meterse al agua, hacer cabriolas, trepar a la palma, tumbar los cocos, correr hasta la choza, cuadrúmano.

La negra se murió una mañana, recostada contra la choza y sentada con las piernas abiertas, parecía dormida, hasta que su piel se fue poniendo verdosa y los moscos llegaron a su boca. El mono, chimpancé o lo que fuera esperaba dentro el golpeteo de la vara contra la puerta;  como no lo oía, comenzó a inquietarse y tímidamente asomaba su cabeza a la puerta, mirando a la negra; salía corriendo unos metros, pero se devolvía al percatarse de que la mujer no se había movido; a la tercera salida en falso se quedó afuera, y con la vara de la negra hacía huecos en la arena; por momentos miraba a la mujer esperando que le diera la orden; presintiendo que algo no iba bien, empezó a emitir un chillido que parecía un lamento y a bañarse con arena.
Cinco personas asistieron al funeral de la negra. El mono, chimpancé o lo que fuera llego a Medellín. Para los que lo recogieron fue muy sencillo, porque era un ser sumiso, absolutamente dócil. Los primeros días lo más complejo fue la ropa: le ponían una sudadera de fibra sintética y una camisa de futbolista, minutos después estaba desnudo; pasaron tres meses antes de acostumbrarlo al vestido. Igual sucedía al dormir: lo abrigaban en la cama y al amanecer él estaba en el piso, acostado sobre la cobija. Cuando le pusieron los primeros zapatos, que eran tenis “pisa huevos” se quedó sentado todo el día como si lo hubieran amarrado; si le ayudaban a pararse se colgaba de quien estuviera a su lado y flexionaba las piernas; por la noche cuando se los quitaron se quedo mirándolos sin parpadear hasta que lo acostaron. Los primeros pasos los dio apoyado en dos personas; lo llevaron por el patio, él con sigilo y torpeza ponía cada pie sobre el suelo; después de varios ejercicios caminaba solo, pero le temblaban las piernas y trastabillaba haciendo los intentos.
Paso un año y el mono, chimpancé o lo que fuera estaba en el salón de clases, siempre impasible, sentado junto a otros niños, que se habían acostumbrado a él. En los recreos se montaba en un columpio y se quedaba allí balanceándose despacio, con la mirada perdida, calmado; sus ojos se iluminaban cuando otro chico le decía algo, pero seguía ahí como sin querer que aquello cambiara.
Sabía leer y cuando la profesora narraba historias o leía cuentos, él se hundía en esa voz, viajaba, alejándose de la realidad; sus ojos brillaban como soles con cada historia.

Usaba otra ropa, no le gustaban las sudaderas ni las pantalonetas, tampoco los tenis pisa huevos: había descubierto los pantalones de   paño y ahora tenía tres, una camisa de manga larga y las zapatillas de cuero. Con una rigurosidad casi religiosa cuidaba sus prendas, se había vuelto meticuloso, ordenado; Adquirió tal porte que inspiraba respeto, por su comportamiento parecía un gentleman.

Antes de irse del salón miraba sus zapatos; en el pupitre guardaba un pedazo de dulce abrigo y mientras los demás se precipitaban hacia la puerta de salida, él apoyaba su pie sobre un cajón para brillar su calzado. Se iba satisfecho, salía erguido con los ojos viendo al frente, mirando tranquilo hacia la calle, con un aire de dignidad. Ahora ese mono o chimpancé era un hombre.


Descubrimiento

Los amigos que fueron de visita lo encontraron maldiciendo; Gritaba a las enfermeras y las hideputiaba por todo. En las noches, la persona que lo cuidaba tenía que sufrir toda clase de vituperios: cada cinco minutos hacia que lo cambiaran de postura, se volvía un energúmeno por cualquier cosa- un poco de alimento que se regaba, la sábana con una arruga, el suero a punto de acabarse, la enfermera que no acudía inmediatamente a su llamado.

-¡Dejen que yo me pare de aquí y les va a saber a mierda!

La madre hubo de solicitarle al médico que le metiera calmantes en el suero: ella fue la única que aguantó, era una mujer fuerte y siempre vital; ahora tenía unas ojeras extendidas por todo el rostro. La novia de Marcos, después de la primera visita no volvió, y los amigos muy íntimos sólo llamaban por teléfono. En la casa estaban acostumbrados a esas presencias extravagantes, cuando llegaban repitando y entraban entre alborozaos y risas cómplices, porque siempre tenían un plan.

-Vamos donde Marta Pintuco, hoy baila “La Amazónica.”

Listo, todo acordado y se iban los ocho, a veces se reunían diez. Aunque eran menores edad, el ser hijos de quienes eran les daba entrada a cualquier parte; aquel sitio se llenaba de más bulla cuando llegaban los muchachos. A las putas, acostumbradas a los viejos bateados de jai paisa, se les modificaba la actitud porque, aunque generalmente los chicos sólo iban a sabotear, sí gastaban en licor y en lo otro que se pasaba por debajo de la mesa.

Sentados muy cerca de la tarima donde se exhibían aquellas las mujeres gastadas y de carnes blandas, que a veces más que sensualidad  daban la sensación de hastío y suciedad, solo Pedro apetecía las rameras, lo que era comprensible por tratarse de un muchacho al que repudiaban las chicas del colegio y las mujeres en general

Cuando aparecía la famosa “Amazónica.”, gritaban y levantaban los brazos; a todos les causaba hilaridad hasta las lágrimas observar la forma en que Marcos gesticulaba y gritaba obscenidades a la mujer, que entre luces rojas y al ritmo de la música realizaba una rutina de movimientos que pretendían semejarse a la danza; claro que después de dos o tres visitas al espectáculo se hacia evidente que la mujer se movía siempre de la misma forma y carecía de gracia. Pero los muchachos no buscaban estética.

-Vamos mamita arrímate.

La mujer se animaba y les hacia insinuaciones con las caderas, tocaba sus senos escurridos y bajaba las manos hasta el pubis; de pronto, como frenética, abría las piernas y arrancaba la tanga, entonces todos gritaban y Marcos la llamaba:

-Ven nenorra, yo te muerdo, déjame poner mi lengua en tu aljibe.

Alrededor, cada cual continuaba en lo suyo. Las que tenían clientes habituales parecían no inmutarse. Aquel relajo momentáneo se reducía al sitio donde compartían los muchachos, que al final, estruendosos como habían llegado, se iban y en el salón las cosas seguían.

Durante un mes fue sometido a intervenciones cuidados especiales. En ese periodo, Marcos no supo que tenía una lesión dorsal en la medula, y cuando se enteró no creía, insultaba y maldecía. Para él los médicos que le daban tan mal pronóstico estaban equivocados. Se volvió mucho más agresivo. Al segundo mes le dieron de alta; fue sacado en camilla hasta la ambulancia y en la casa le prepararon una cama parecida a la de la clínica.

El niño mimado, el caprichoso, insultaba al terapeuta, decía obscenidades a la enfermera, gritaba, ordena, amenazaba.

-Dejen que yo me pare, gonorreas.
Nadie le contestaba ni discutía, pero varias enfermeras no volvieron; como tampoco sus compañeros, que lo visitaron la primera semana, una semana en la que logró reconstruir por información de lo sucedido: De un estadero en Las Palmas salieron para Bello a terminar la noche de licor y baile en la taberna de un amigo. En la autopista, le pegaron al separador y el carro dio tumbos veinte metros hasta quedar encunetado.

-Hoy vamos a dar un paseo—dijo el terapeuta, y abrió su risa animando a Marcos. La madre estaba en la puerta con su sonrisa amarga.

¿Y que? ¿Me vas a llevar en la cama o me vas a cargar?—pregunto fríamente Marcos.

--No, hombre, vamos a estrenar vehiculo—dijo el terapeuta y señaló hacia la puerta. La madre se movió un poco para que viera la silla. Marcos se puso pálido.

-Nadie lo cree—dijo después—. Ese día me enteré de que existían las sillas de ruedas. También supe que era un sentadero para toda la vida. Entonces me corté las venas, pero no estaba para muerto y aquí estoy, diez años después.

El amigo terapeuta lo miró en silencio.
-¿Sabes? En esas largas horas de amargura, sobre todo en las noches, tuve como gran compañía la radio, escuchaba un programa nocturno que se llamaba “¿De qué hablamos esta noche?”, y recuerdo la frase que me dejo por primera vez en el dial. ”Hoy hablamos de la esperanza…” Presentaban unos testimonios impresionantes de personas que tenían discapacidades. Ese programa me salvó.

El terapeuta continuaba en silencio.
-En uno de esos amaneceres fui hasta el radioteatro de RCN, que era donde se emitía el programa, y allí conocí a una persona que en definitiva me quitó los velos:
Humberto Vilchez Vera, el locutor. Cuando terminó el programa, me dio un apretón fuerte y me dijo: -- Gracias, en este amanecer tengo otro amigo.

En la mirada le apareció una tristeza.

-Ese amigo ya se fue, pero me dejo bañado de optimismo-Marcos cambió la música y sirvió brandy. —Pero ¿Sabes qué? Dejémonos de nostalgias, porque el día que yo me pare de esta silla, no me vuelvo a sentar-.

Sonrieron.



Hermosura




Hasta los más serios voltearon el rostro para que no les viera la risa. Llegó con otros dos hombres, uno de ellos lo empujaba y él, con las manos apoyadas sobre el bracero, actuaba como emperador. A cada seña suya los hombres se movían; no decía por favor ni pedía permiso, sólo marcaba la orden con su mirada. Tenía puesta una camisa negra con flecos en los bolsillos y lentejuelas color oro en los hombros; el pantalón también era negro, igual que botas; llevaba por lo menos tres cadenas en  el cuello, un reloj, anillos y hasta pulsera; era la pinta típica de un “traqueto” aparentador de los años setenta, La silla de ruedas estaba forrada en fibra sintética, con retrovisores de carro amarrados a la parte delantera; los cojines iban cubiertos por forros de lana amarilla también flequiada, como los de los buses.

Se quedaron viéndolo en silencio, pero guardando la burla; el entrenador abrió la conversación con un saludo y una pregunta al tiempo.

-¿Cómo le va? ¿En qué le podemos servir?

-Yo quiero entrar al club—ya con las palabras no parecía tan rey.

El entrenador sacó del archivo luna hoja y se la entregó.
-Éstos son los requisitos para ingresar- Traiga esa documentación, para que pueda ser admitido.

-Es que él no quiere ser deportista, sólo quiere que ele enseñe a manejar la silla de rueda, así como mostraron en la televisión —dijo el que lo empujaba.

Con el fin de promocionar los juegos nacionales en silla de ruedas, habían mostrado todas las habilidades que puede lograr una persona en una silla de ruedas para ser independiente: pasar de la cama a la silla subir a un vehiculo, subirse sin ayuda desde el suelo, moverse en dos ruedas. Avanzar adelante y atrás, hacer círculos, bajar en dos ruedas las de un parque como el Panamericano en Cali, o por la bajada de la 98 en el barrio Castilla, y muchas otras cosas, que producen admiración en todo el que observa.

-De todas formas es necesario vincularse, en ese caso se inscribirse en el grupo recreativo

-¿Pero ahí me enseñan todo eso?—pregunto desconfiado.

-Si, por supuesto, si lo aceptan en el club-
Se fue ese día y los otros lo apodaron “Hermosura”. Volvió al Domingo siguiente y le entrego un sobre al entrenador con los documentos que le habían pedido; fue preparado para entrenar, de traje deportivo pero sin quitarse las bambas”. El entrenador no tuvo otra opción que dejarlo; a veces a las personas que asistían por primera vez se les dejaba participar para que se integraran, recibiendo de esa forma una motivación suficiente que los incitara seguir.

“Hermosura” no sólo parecía motivado sino obsesionado; Cada  ejercicio que él entrenador hacía, él intentaba imitarlo de inmediato, como si llevara muchos meses entrenando; era evidente que carecía de fundamentación, varias veces rodó por el piso tratando de sostenerse en dos ruedas. El entrenador le insistía en que fuera más despacio, que se diera tiempo.

En una de esas caídas el entrenador sintió bajo el cojín un revolver, también le percibió un olor a orina concentrada.”Hermosura·” de cerca era fétido. Al terminar el entrenamiento hacían una actividad de relajación, el entrenador los acostaba sobre una colchoneta y a todos les indicaba unos ejercicios y les aplicaba otros en forma directa; cuando fue sobre “Hermosura” para hacerle el masaje, se percató de que el hombre tenia escaras en la piernas y en los glúteos, todas cubiertas con una tintura morada; a la semana siguiente le entregó una carta explicando que no podía seguir haciendo deporte hasta sanar completamente de sus lesiones. El hombre y los que lo acompañaban profirieron palabras e insultos contra el entrenador; se quedaron en el coliseo toda la tarde amedrentando, amenazantes.

Por meses se olvidó a “Hermosura”. Un domingo, caminando hacia La Floresta de regreso a casa, el entrenador bordeaba la canalización, y casi llegando a La Ochenta lo vio, en una pose como la de quien se inclina a un arroyo par beber, Antes de recogerlo, el entrenador dudó pero el cuerpo de “Hermosura” se movía convulsivo, y al ver sus ojos desmesurados se hincó para auxiliar, porque se le estaba saliendo la vida.

En el hospital ya era conocido; por los rostros que veía, el entrenador comprendió que historias malas sobre “Hermosura” volaban en pensamientos, pero se fue sin preguntar: las fracasadas cirugías que intentaron par curar sus escaras, los injertos que no pegaron, y las veces que se había ido sin dar las gracias ni pagar, o cuando volvió con revólver apuntando al médico porque en los sitios de donde le habían sacado carne para el injerto también se formaron pudres.

-Déjenlo, ése no tiene familia-.

Ese entrenador que guardaba dolores de otros en los suyos, se sintió blando, invadido de luna desilusión, de lástima, sentimientos que al pensar en “Hermosura” se le agrandaba, sentimiento que no le gustaba. Paso varios días pensando su tristeza, habitado por malestar y las ganas de no ser que ésta produce. Corría el año l984 y era marzo, el mes de los VII Juegos Nacionales en silla de Ruedas.

-Se murió “Hermosura” –contaba uno de los deportistas a los otros que lo habían conocido.

Dice un taxista que buen muerto, en los días en que estuvo viniendo aquí, tenía azotados a los taxistas; con los dos tipos que iban con él, atracaban de noche.  Cuando corrió la voz, una clave por radioteléfono y cinco taxistas acudieron; ahí en la Ochenta, donde lo encontró, el entrenador, lo habían garroteado. Antes que la gente saliera de futbol, sin bambas, ni silla, ni cómplices, porque los hombres corrieron. Lo dejaron tirado allí.


23    de julio de l996










El hombrecito sin piernas







“Mafia explotadora de mendigos”. Ese título apareció en la primera plana de luna revista vulgar de las que vendían en el puesto. Después que lo interrogaron en el Das, el hombrecito sin piernas guardó la revista, y ese día sintió la necesidad de aprender leer. Habían pasado seis meses desde que llegó a Medellín, escapado de su casa en Bogotá, donde quedaron sus padres y una hermana. Diez años después, cuando volvió, lloraron abundosos y se emborracharon. Durante esos seis meses pidió limosna en la entrada del teatro Bolívar; su labio leporino, una malformación en la columna, la carencia de sus piernas, el faltante de dos dedos de su mano izquierda, lo hacían realmente lastimero; por eso las monedas caían en su tarro continuamente. Sin cambiarse la ropa y sin baño, empezó a expeler un olor ahuyentador; comía embutido y afanado, pagaba una pieza en luna residencia en Guayaquil, y allí dormía.

Por más de un año fue sucio y mendigo. El vendedor de periódicos, un viejo que vivía en La Toma, se lo llevó para la casa a condición de que se bañara, y lo bañaron a chorro de manguera, que por poco lo infarta. Ese medio hombre vio aquel gesto como algo maravilloso—era acogido  por una familia--pero tardó otro año en percatarse de que las bondades tenían un precio, y que ese precio bien merecía algo diferente de las sobras de comida que le daban en luna coca y de rincón maloliente donde dormía. Exigió entonces una pieza para el solo y la amobló con cama y guardarropas; tiró la cobija, que olía a vejeces y sudores de otros que se abrigaron y no lavaron sus olores.

Días después, pasando las monedas del tarro al bolsillo y luego al bolsillo de viejo bondadoso, pasó por allí el gerente de una agencia de lotería, y le ofreció trabajo. En un mes tenia buena clientela, pero aun así nunca llegó a ganarse lo que se conseguía cuando era mendigo; sin embargo el haber pasado de un carrito con rodillos a una silla de ruedas, el sentir la diferencia entre ganarse el dinero y recibirlo tirado por la lástima que inspiraba, fue para él un asombroso y maravilloso encuentro con la vida; era importante, válido; la misma sensación tuvo cuando le enseñaron a leer.

-Eso fue como si me hubieran abierto la puerta del cielo; cada que leía una frase, yo no podía creerlo; en la calle toda palabra o letra no se escapaba a mis ojos lectores- decía.

En seis meses se preparó para validar la primaria, y lo hizo con facilidad. Se interesó por otras cosas leyendo revistas; la gimnasia con pesas le atraía. En el mismo sector de Guayaquil, en Alhambra con Maturín, había un gimnasio y allí iba a entrenar todos los días a la una de la tarde, rigurosamente. Era un sitio que frecuentaban carniceros, taxistas, uno que otro estudiante. Estaba en un segundo piso y había que pasar entre vendedores de pescado, prostitutas y ventorrillos de ropa antes de llegar; tenía un salón amplio con cuatro espejos de cuerpo entero, que hacían creer a los alfeñiques que en un mes ya tendrían un cuerpo hercúleo.

Esteban lo conoció allí, donde trabajaba como instructor de 2 a 9 pm. Le era difícil ocultar la sorpresa cuando vio al hombrecito sin piernas intentando colgarse de unas argollas olímpicas. Por la condición del cuerpo debió ayudarlo en la mayoría de los ejercicios. Al final del entrenamiento, el hombrecito sin piernas sacó un fajo de billetes; Esteban rechazó el ofrecimiento, ante lo que el hombrecito se mostró incómodo, la situación volvió a normalizarse cuando Esteban le propuso que se tomaran un jugo.

Conversando después, el hombrecito sin piernas reconocía aquel momento como su tercera iniciación: hasta ese instante él creía que todo favor había que pagarlo.

Que los seres humanos vivimos ciclos y que somos relativamente rutinarios, no es ninguna novedad; si uno asiste a un sitio recreativo con alguna frecuencia, se va a encontrar con las mismas personas. La piscina y estadero Los Delfines era un lugar frecuentado los fines de semana por algunos personajes que fueron por aquellos días del año l975 como parte de ese lugar. Todos ellos tuvieron por sus actividades particulares alguna figuración en el periódico EL COLOMBIANO. De allí que al encontrase se saludaban brindándose elogios mutuos.

La última historia que recuerdo del lugar fue con Miguel Ángel, uno de los frecuentadores de aquel sitio, a quien llamaban “Miss Poses” y que también asistía al gimnasio donde entrenaba el hombrecito sin piernas.
Mediaban las once de mañana y el día estaba lindo; muchas chicas, al parecer de un colegio, estaban allí, bronceando sus nalguitas y paseándose provocadoras cerca de los muchachos. Minutos de sol, sonrisas coquetas, cuerpos dorados se deslizaban en la mañana hasta la hora de irse, que era elegida por cada quien, cuando le llegaba el aburrimiento.

Dándoselas de impresionado, Miguel Ángel se ubicó donde lo vieran, con los brazos al frente, y haciendo conteo mental empezó a realizar ejercicios, alternando los brazos arriba y abajo, luego una semiflexión de rodillas; respiró varias veces expandiendo su tórax y tensando los músculos que parecían prontos a reventar. Subió al trampolín, miró hacia abajo, ya parecía listo lanzarse pero se bajó, tambaleándose mientras pisaba los escalones. No todos los bañistas hacían comentarios en voz alta, pero de seguro algunos tenían su mirada y pensamiento en Miguel Ángel.

El hombrecito sin piernas salió del vestier, por un momento, observó a la gente que estaba en la piscina, con una mano se acomodo la pantaloneta y empezó su lento avance hacia la ducha. Apoyado en su mano izquierda y en los muñones, se estiró hasta alcanzar con la otra la llave, se metió de lleno bajo el chorro, y cuando estuvo completamente mojado, cerró. Respirando hondo, hizo varios movimientos ridículos con sus muñones, luego permaneció quieto, como preparándose, a sabiendas de que los bañistas posarían sus miradas sobre él cuando fuera a meterse en la piscina. Apretó el cordón de pantaloneta y empezó a desplazarse; el torso se incitaba hacia delante para que las manos se adelantaran, y así, en forma de balanceo, iba avanzando.

Llegó hasta la escalera que daba acceso al trampolín; desde su bajura miró la parte superior y subió decidido, con la misma calma que había demostrado anteriormente. Una vez arriba hizo rotaciones para hombros, expandió el tórax, se aproximo al punto de salto.

Esteban se había zambullido varias veces y nadaba despacio, de un extremo a otro, a lo largo de la piscina. Observando lo que hacía el hombrecito sin piernas, se quedó en una esquina. Arriba en el trampolín, el hombrecito levantó los brazos, hizo mover un poco la tabla y se lanzó. Desde lejos, aquel hombrecito se veía en el aire como lo que a primera vista llega a los ojos: un pedazo de cuerpo volando suicida hacia el fondo del riesgo; pero cuando entró al agua en forma impecable, sin producir ningún ruido, un rumor admirativo circuló entre los presentes; a los pocos segundos emergió en el lugar donde se encontraba Esteban, se apoyó en el borde de la piscina sumergiéndose repetidas veces, se quedó quieto como descansando. Así o pudo observar Esteban: contrario a su cuerpo, el hombre tenía un rostro alegre envidiable, en él había un aire de confianza, de una despreocupación que no insinuaba siquiera el cuerpo que estaba bajo el agua. Con el apoyo que tenía, el hombre se impulsó hacia atrás y se dejó ir en estilo espalda hasta tocar el borde en el otro lado, dio vuelta y volvió a respirar, levantó los ojos y la mirada se quedó en Miguel ángel, que hacía poses y tensaba los músculos; el hombrecito dio vuelta de nuevo y regresó nadando en estilo libre hasta el lugar de Esteban, que había empezado a nadar en dirección opuesta.

En un ambiente como ése, dos hombres como ellos resultan igualmente visibles; uno porque contradice el estereotipo de lo bello en cuanto a la concepción del cuerpo y el otro por el narcisismo que causa malestar , Con el seudónimo de “El Delfín Colombiano”, el hombrecito sin piernas había nadado cuatro horas la semana anterior en el represa de El Peñol, en una jornada continua donde se tomo tres botellas de miel de abeja, y aguantó hasta las siete de la noche, cuando Esteban lo sacó morado del frió, pero sorprendido de su propia resistencia. Alfredo Carreño había escrito en EL COLOMBIANO una bella crónica sobre la hazaña.

Esteban y el hombre sin piernas seguían nadando; famoso el uno, amigo el otro. Los fines de semana, en el estadero “Los Delfines”, en una complicidad natural, dedicaban sus horas a la lúdica. Las chicas los jugueteaban con miradas, y con proximidades disimuladas cuando estaban en el agua.


Un fragor y una agitación en el agua hicieron ir las miradas hasta el sitio; a poco una quietud, y el hombrecito sin piernas se aproxima al muro acompañado de cerca por Esteban; con una mano sostenía a Miguel Ángel y con la otra se esforzaba en alcanzar el borde. Esteban sostuvo a Miguel Ángel y de los brazos ayudó a salir; lo acomodó boca abajo y presionó su espalda. Los bañistas formaron un tumulto curioso.

El hombrecito sin piernas se alejó con el corazón palpitando, afanado. No supo cómo, pero cuando vio el movimiento agitado en la piscina, se olvidó de sí. Luego, junto a Esteban, que reanimaba al hombre, se percató del suceso.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario