Historias
en agua y tierra
Gustavo Alonso Henao
Chica
PROLOGO
¡LEVAD ANCLAS!
A veces, por el impreciso azar, por la
reserva de un destino trágico, el hombre que reducido a un cuerpo inconcluso,
apenas a una sombra. Somos mudables. Y vanos. Y ondeantes. Y, después, ya no
seremos. Ser. No ser. He ahí el juego de los opuestos: la vida y la muerte; la
luz y la oscuridad. Pendernos de un hilo, débil, que, en un instante
inesperado, puede romperse. Frágiles marionetas en un escenario inestable. Así
somos. De los animales, el hombre es el más quebradizo y leve, como brizna.
Hoja seca obediente a las mutaciones del viento. Viajamos en una barca sin
gobernalle, expuesta a la vicisitud. ¿A dónde vas? ¿Cuál ola anunciará nuestro
naufragio?
Ser enfermizo el humano. Y fugaz. De un
momento a otro nos envuelve la mortaja del olvido, tornamos al lugar de las
sombras. Pasamos. Sin embargo, en el fondo, o en algún extraño rincón de cada
uno, subyace, se refugia, la condición humana, la del dolor y la alegría, la
del amor y el odio. Aún sin ser completos, aún faltándonos algo mental o
físico, el espíritu, el alma, un hálito misterioso, nos diferencia del resto de
los animales. ¿Eso nos hace mejores o peores?
Estos cuentos, estos relatos intensos que
usted va a leer, tienen, entre otras la propiedad (y la virtud) de acercarnos a
la enfermedad, al accidente, a una suerte de inconclusión humana, con
revelaciones de que, pese a todo, a la anormalidad, la vida se manifiesta,
irrumpe, en medio o a través de cuerpos que duelen, y grita, y canta, y lucha.
Hay en esta creación de Gustavo Henao Chica, una especie de recto a la
mandíbula. Un nocaut. Y también un llamado. Usted si es sensible, podrá
escucharlo.
Son historias que duelen, porque hablan de
una condición del hombre, de una postración, de un quedarse a mitad del camino.
Un viaje, con variadas peripecias, a veces con una meta sin anuncio. A veces,
más corto de lo que se esperaba.
Al final del tramo, de la vida, quizá haya
un vacío. O confundida entre tanta miseria humana, la esperanza. ¡Emprended el
viaje!
Reinaldo
Spitaletta
En
el intenso Medellín.
Agosto
de 1996
Desde la perspectiva de la “normalidad”
ese mundo uno lo imagina aterrador. Después de leer tu libro uno lo sabe
aterrador, pero es ya un terror dulce y balsámico. El terror pervive por la
propia incapacidad para reconocer y aceptar la diferencia; se torna dulce y
balsámico porque esos personajes se le revelan a uno como ricas minas de sabiduría
y bondad.
Pero creo que la característica más
luminosa del libro, porque además lo recorre de principio a fin, es la ternura,
Historias en agua y tierra es una especie de galería de la ternura.
José
Libardo Porras
Un libro subterráneo, acaso un poco
incomprensible para aquellos que nos movemos siempre en la mismidad. A leerlo
he pensado mucho en la frase de Paul Eluard: “hay otros mundos, pero están en
éste”.
Cristóbal
Peláez González
Director
Teatro
Matacandelas
Dos
para cargar la soledad
A Patricia Parra
Gutiérrez
Pesaba menos cuando
la levantamos entre los dos. Eso parecía. De todas formas, si hay dos para
cargar lo inexplicable, se puede sentir que la soledad es tan sólo el paso que
falta para llegar a un abrazo con el otro. Éramos pura adolescencia con el olor
aun fresco del colegio. Teníamos unos sustitos. Vivíamos unos miedotes. Éramos
piel y sensación al borde de sentirse, una palabra que saliera de la boca, no
de cualquier boca, la de uno, que nublara pensamientos o produjera taquicardia;
esa palabra, aunque no fuera para una, resonaba en todo lo de una. Corríamos
mucho: seis materias, la biblioteca, los conciertos, el mitin, el cine, la
cerveza en Villamil, un quiz, el parcial, Marx, el Che, asamblea estudiantil y
los primeros orgasmos.
Lo
conversamos en el restaurante, estábamos eufóricas, “práctica de psiquiatría”,
tercer semestre, vestidas de blanco enfermera; hablamos en el bus de regreso a
la universidad, vivir esta experiencia era ser, con pacientes reales en el
hospital mental.
-Sin uniforme- dijo la docente.
Ahí nos sentimos ofendidas. El símbolo, la
tarjeta de presentación, el vestido para el good
will guardado en casa. Señorita, doctora, enfermera.
-Se contamina el proceso terapéutico- indicó
la docente-. Ese uniforme es una señal que puede desviar o entorpecer la
información desde el paciente.
Se entendió que el uniforme tenía la
huella de algún vicio, que estos pacientes veían esa huella. Me quedé entonces
con la camisa de algodón manchada en parches, la mochila de cabuya de varios
colores, el pantalón de botas anchas con flecos en la parte inferior, las
chanclas de cuero con suela de llanta de carro, el cinturón negro con enchapes
plateados, la bufanda de lana para adorno, porque estábamos en verano o en sequía,
bueno, y camuflados mis cigarrillos Pielroja sin filtro que ya me fumaba en
cantidad; dentro de un libro el periódico con la foto de Atahualpa Yupanqui,
una crónica sobre victor Jara y un poema de Neruda; nada de maquillaje porque
mi cara es lavada, siempre la tuve así. Decíamos tonterías y nos movíamos en el
bus rumbo al mental. Al conductor, que nos conocía porque también nos llevaba
al restaurante en el liceo antioqueño, le hicimos algunas bromas, y el nos hizo
chistes que no entendimos hasta después de la practica. De pie, esperando que
se abriera la puerta de entrada y sin que nadie nos lo dijera, hicimos
silencio, mucho silencio; tanto, que dolía.
La docente, haciendo lo suyo que ya era
rutina, repartió el grupo por los diferentes pabellones; ya adentro me sentí
deshabitada; después de pasar aquella puerta no vi nada de lo escrito en los
libros, todas aquellas imágenes de hombres y mujeres dueños de un mundo se movían,
pasaban, gritaban, me encerraban, me envolvían en aquel sueño, ojos extraños,
sonrisas nuevas, frases que no entendía, lamentos, cuerpos moviéndose según el
dueño, muros, rejas, choques eléctricos, soledad. Sola y pasmada en un rincón.
Fumando
compulsiva entré a una tiendita, me tomé un aguardiente doble y le di salida a
mi primera depresión; después del guaro y por varios meses me embriagué de
Kafka, me inundé de existencialismo. Cuando por fin volví a la universidad a
los cinco días, las demás habían cambiado, les vi en los ojos la
transformación, quedamos doce de las veinticinco.
La docente, que era un ser de libros,
ni supo que hubo deserción ni se enteró de que estábamos muriendo; en nosotras
el encuentro con el mundo del “loco” era como una autopsia espiritual, o un
diluvio de impotencia, o una gran duda. Los terapiados eran terapeutas, producían
llantos y risas a todas, la conmoción que provoca el descubrir la ignorancia.
Allí nos encontramos colocadas por quienes habían visto el mundo en forma
cuadrada, los que dijeron que existe un adentro y un afuera, y que nos pusieron
a pensar así varios meses o por el resto de la vida.
Me pareció entender algo simple: si
quería acostumbrarme al otro mundo no podía seguir siendo yo; para poderlo entender
tenía que ser el otro, sentirme de ahí, el otro y yo en el mismo lado.
-¡Hey, hey, vení! ¡Mirala, mirala! Se
me cayó y no la puedo levantar-.
Los que pasaban seguían indiferentes.
Ahí en el piso estaba la lengua tirada, se le había caído y no la podía mover.
-Pesa, pesada– inclinado y con un
esfuerzo evidente en sus músculos tensos, las venas hinchadas, la respiración
agitada y el sudor mojando camisa y rostro. Le daba vueltas, de rodillas, con
una escoba como palanca, pero la lengua seguía inmóvil, lengua-tonelada,
lengua-soledad. A empujones lo retiraban del sitio varios hombres, y luego
gritos por los choques eléctricos, y después fatigado pasaba arrastrando su
lengua boa.
-Vea, vea, vea, que
se me está cayendo– el hombre corría angustiado, malabarista, tratando de
sujetar su lengua para que no fuera al piso; la lengua babosa, resbalosa como
pescado, serpenteaba, entraba y salía de la boca y al fin iba al suelo.
-Mírela, mírela-.
Ya en el suelo, la lengua adquiría
aquel peso enorme. Lo dejé en el forcejeo un rato, esperaba que mi lengua no se
fuera a inquietar antes de ayudarle. Ya estaba agitado y con los ojos
enrojecidos por el esfuerzo.
-Listo, ¿de dónde agarro? –le pregunté.
Con palabras entrecortadas porque le
faltaba el aire, se animó:
-De la
punta, que a mí me queda difícil-.
Le di
vuelta a la lengua por el extremo.
-Si la
enroscamos, yo creo que es mejor- le propuse.
La
sostuvimos levantada, luchando con ella para introducirla en la boca, durante
veinticinco minutos, hasta que por fin entró. Salí de aquel cuarto aturdida con
un dolor y un martilleo en la cabeza, oyendo muchas voces que hablaban por
todos los lados en el interior de mi cráneo. La docente se sorprendió al verme,
los hombres se miraron. Vagamente, como entre una nube, recuerdo su imagen
cuando me iba: solo, sentado en el piso, miraba, tal vez contando los pasos que
me alejaban de él o los que me acercaban a la puerta que diferencia lo normal
de lo anormal; en ese último paso, inevitable de todas formas para salir, se llevó
la mano a la boca apretando con fuerza para que su lengua no cayera. Las manos
de mis compañeras me sujetaron para que no me desplomara.
El
vendedor de confites
En la piscina se
ducha, hace el calentamiento con los compañeros y ya en el grupo de trabajo
comienza a sacar disculpas para no hacer lo que el profesor le indica. Si hay
personas extrañas, en especial mujeres, se les contonea por los lados, deja su
toalla en el piso y empieza a realizar ejercicios; busca la forma de entablar
conversación, no demora mucho en entrar y a poco uno ve a las muchachas
sonriendo; es común que pida permiso para ir adonde las chicas.
-Pfofe,
¿me deja?, aaah, ¿si? – abraza al profesor o le ruega.
-Después, cuando hagas diez piscinas en
libre-.
Sale corriendo sobre
sus pies planos, que se mueven como patas de pato, y se tira parado en la
piscina. En cada vuelta de un extremo al otro pregunta:
-Pfofe, ¿listo?
-No, todavía te falta.
Su insistencia concluye cuando el
profesor dice que sí. Va feliz al lugar donde quería estar. Cuando salen de la
piscina, viene y da las gracias
-Por dejarme con las chicas – dice.
Los viernes
generalmente lo recoge una mujer, que lo saluda de beso y se va con él de la
mano.
-¿Quién es esa mujer
que viene por ti?-le secretea el profesor.
-¡Ah, a usted qué le
importa! – le responde y se burla de él.
-¿Ésa es tu amante, o
qué?- pregunta directo y como si la pregunta fuera al vacío.
-¿Mi amante? Oiga,
ojalá.
Como la mayoría de los Down, es
bonachón, obsesivo, meticuloso y tierno. Para la piscina lleva un morral en el
que guarda lociones, cremas, antisolar, jabón, toalla, peinilla; cuando habla
se le entiende bien, aunque su lengua le dificulta la pronunciación. Sabe ir
solo del colegio a la casa, aunque a veces lo acompaña alguien de la familia.
-Él tiene sus cosas que sorprenden – le dijo
el padre al profesor –: al bus en que íbamos se subieron dos vendedores, de
esos que le entregan a uno los confites y si no los recibe se los ponen sobre las
piernas a uno. Él se hizo el indiferente cuando se los ofrecieron; luego,
cuando pasaron recogiendo los confites o el dinero, se lo devolvió con
brusquedad a uno de los muchachos, pero éste le insistía y al fin se los dejo a
un lado en la silla. Entonces se acerco y me dijo disgustado:
-Sí ve, sí ve, me
dejó eso ahí porque soy mongólico.
Lo cierto es que el
vendedor de confites, según le dijo al compañero cuando salían, se los dejaba
porque se parecía a un chino que había visto en una película.
“Ella
abría su risa como una jaula”
Cuatro de las cinco
mujeres estaban acostadas recibiendo el sol, dos de ellas boca arriba con las
piernas flexionadas, las otras dos boca abajo con el rostro metido entre las
manos. La quinta permanecía sentada con las piernas recogidas entre los brazos,
su cabellera caída sobre el lado derecho, agitándose persistente en el rostro,
para que ella la retirara en forma graciosa, y al parecer en un gesto habitual.
En el suelo, una visera azul que esperaba hacer sombra en ese rostro.
Cuando julio pasó por
el lado de las mujeres dejó que sus ojos vieran; los cuerpos permitían el goce
sin buscar demasiado. Para él esa era una mañana sensual, por eso su vida
buscaba lo hermoso; sus ojos se iban tras lo deleitable, esas flores de verano
ahí regadas en el piso, entregando sus nalgas al sol, que las poseía gustoso.
Cinco mujeres obligando a la imaginación a pasar sobre cada curva siguiente,
por la línea del bikini, o a seguir después hasta más allá de los pedacitos de
tela. Era bueno ser mirada que ve.
No llegaban aun sus
niños, un grupo de pequeños con hemofilia a los que daba clase de natación y
relajación. Julio llevaba en la mano la tabla en la que apoyaba el papel para
anotar la asistencia, no se había quitado la sudadera, el cronómetro colgaba de
su pecho. Al final de la piscina, una plataforma de cemento impedía a visión
completa para quien deseara observar desde la valla.
Julio fue y en ese
sitio dejó su listado; sin quitarse aún la sudadera, pensó en la pantaloneta
nueva y colorida que iba a estrenar. La mirada volvió hacia las mujeres sonrió
en pensamiento, sintió ganas de hacer nueva ronda por el lado de las que habitan
corazones y sexos, para verlas a ser visto, porque no se habían percatado de su
presencia. Se quitó los zapatos, lentamente bajó la sudadera, cerciorándose de
tener todo en su lugar; permaneció con la camiseta puesta, pero la acomodó en
el punto donde se anunciaba también lo suyo, a vanidad del hombre, lo sensual.
Si a otras les agradaba así, semidesnudo, sabido porque se lo habían dicho,
¿Por qué no ir para dejarse ver? Con disimulo cojió su tabla y el cronómetro y
se fue, casi sobre las mismas pisadas, pasó junto a ellas, y unos metros antes
rogaba una miraba que se interesara en él. Ya próximas, tanto que les pareció
sentirles el calor, respiró despacio como para oírles el pensamiento o alguna
manifestación de interés; camino pensándolas, pero ellas seguían inmóviles,
indiferentes, en lo suyo, que no era él.
-Señor, ¿usted le daría clases a ella?
– la voz salio de uno de esos cuerpos y, como esperaba esa voz, le sonó como
una melodía; el instante largo-corto que demoró en volver el rostro para
encontrar la boca que dijo las palabras, fue una ensoñación, porque una mágica
imagen hizo una danza en su pensamiento. Efectivamente, realidad y pensamiento
no se distanciaban. Cuando la tuvo ante sus ojos ella toda tallada, esculpida,
real, corazón que no es prudente apuró su palpitar, corazón brincón, cuerpo
inseguro, caminar lento, piernas temblorosas. Cuando la mirada llegó a la boca
que dijo, una sonrisa blanca lo esperaba. Las palabras no tenían origen en las
otras mujeres, seguían ahí inmutables; la de la sonrisa blanca se enderezó un
poco, unas pecas hacían camino para llegar a sus senos de amanecer, melón
maduro. Interpretando que ella se refería a una de las mujeres, iba a
responderle que no daba clases a personas adultas, cuando detrás de ella, como
emanada de su espalda, apareció la criatura, una niña tan pequeña que obligaba
a volver la mirada para confirmar que era real.
A Julio se le hizo
todo oscuro, sus sentidos perdieron el orden, como un corto circuito.
- Yo quiero saber si se le puede
enseñar-.
Pero Julio dijo las palabras, o pensó
que las decía, todas en nudo: - como los niños no han llegado aún, no sé si pueda,
es que… ahora hablamos –y volvió hasta el muro donde había dejado sus cosas. De
regreso, la imagen lo habitaba, lo aturdía, no se atrevió a volver la vista.
Ahora sí se quitó la camiseta y se lanzó a la piscina, nadó los cincuenta
metros por el fondo y regresó en libre casi sin respirar. Se dio cuenta de que
había llegado porque su mano golpeó contra el borde de la piscina. Agitado y
respirando como si fuera a tragarse todo el aire del mundo, miraba de soslayo
hacia el lugar; aún no había perdido la primera imagen. Hizo una inspiración
profunda.
No le creían, cómo iban a creerle, pero
él describía a aquella escena con tanta emoción que los conmovía; se ponía de
pie y casi con vehemencia gesticulaba y mostraba con las manos una forma, un
tamaño. Repitió varias veces porque se lo pidieron, pero no creían. “Es un
cuento”, dijeron. Exclamaciones y adjetivos, la puntada final.
-Lo mejor no es eso –dijo Julio-. El
martes le voy a dar clase. Se llama Carolina.
Los muchos ojos que seguían sus
movimientos, sus palabras, denunciaban igual emoción; desde ese viernes y por
tres días siguientes, la voz se extendió, primero de los labios de las personas
que Julio había intrigado, luego con los amigos de éstas y después hasta donde
pudo llegar el rumor. Era martes, pero parecía festivo; en la tribuna de la
piscina, en la valla que la rodea y a la entrada, gente apilada, mirando. Aquéllos
a los que Julio contó la historia no se dejaron ver.
Los ojos se pusieron atentos, fijos en
los detalles, esperando que apareciera Carolina. Julio salió con la tabla en la
mano y en pantaloneta, la valla se movió como un elástico, se fue estirando;
los rostros apretujados, pegados; Julio llegó hasta la plataforma de cemento,
dejó sus cosas a un lado del maletín, miró al interior, se dio vuelta y con
gracia se lanzó en un clavado al agua. Hizo cinco piscinas en libre. Cuando
llegaba hasta el muro que impedía la visión, la valla estiraba como resorte;
cuando aparecía, volví a su punto. Después de unos minutos, Julio salió, recogió
los implementos, con ellos en las manos volvió al vestier, y ya vestido se fue
de la piscina, cuidando mucho el maletín.
Dos
cuadras más adelante, en la cafetería, descargó el maletín sobre la mesa, miró
al interior e introdujo la mano, segura, lenta, cautelosa; abrió más el
maletín, la mano fue debajo de la espalda como si cogiera un cachorro, la otra
mano dio apoyo y la sacó desperezándose. Carolina lo miró sonriendo.
-Hola,
profe –dijo con voz gatuna.
-¿Dormiste
bien? –preguntó Julio.
-No, es
caliente el maletín y huele mal. –el hombre sonrió.
-No
había otra forma. ¡Cómo nos burlamos de todos ésos! Ya no hay ningún problema,
te llevaré cargada.
Volvió a sonreír con esa risa,
pequeña-grande; jugaba sobre las manos de Julio, saltando de una a la otra con
impulso para caer en ambas piernas; movía los brazos para conservar el
equilibrio. Cuando Julio cambiaba las manos de posición, ella se colgaba de los
dedos, que él estiraba a propósito. Este martes se sentía como el viernes
cuando ya le había pasado la impresión y la madre se la trajo hasta el borde de
la piscina: aquel cuerpo, con un vestido de baño en dos piezas, que se colgaba
de sus dedos y le hacia sentir que si la soltaba se le perdería en el agua;
cuando la saco para calentarla, la toalla doblada en seis partes la cubría
completamente.
-Por allá, ¿qué es eso? – Estar en el
centro de la piscina era una distancia, una lejanía.
- Vamos,
que tu madre debe estar preocupada por la demora.
- ¿Puedo
ir caminando?
Instintivamente la
miró con temor. Pensó antes de responder, intentando hacer la relación del
tiempo; si carolina caminaba la distancia del lugar hasta el parqueadero donde
estaba el carro, en escala podrían significar diez millas; si eran las once de
la mañana, mucho tiempo, pero eso no lo preocupó; se sentía asaltado por el
temor, la cogió entre las manos, ¡caminando! Y por la acera, en una zona
recreativa por donde pasan muchachos corriendo, aunque no fueran los muchachos,
algún afanado a esa hora, o un despistado que no se fijara, sintió espanto
pensando que la podían pisar, las manos le sudaron.
- Caminando,
no, no – dijo en una reacción que asustó a carolina.
- ¿Por qué
no? – preguntó con su voz y haciendo un puchero que julio no vio; tampoco la
oyó. volvió a tomarla entre las manos, casi se le perdía en esa mesa, no
parpadeaba para no dejarla ver.
- Quiero
de eso – señalo en la vitrina un bombón bum; había cambiado de tema.
Tratando
de no perderla de vista, giró un poco la cabeza y sin voltearse le indicó a la
mesera lo que deseaban. La mujer trajo el pedido; julio soltó por un momento a
Carolina. La mesera se quedó estática, como alucinada; el limpiador que tenia
en las manos cayó y ella se fue hacia atrás como si de súbito hubiera decidido
colocar su trasero en el piso. Se escucho un golpe, tac, cuando la mujer dio
con el coxis contra la baldosa; el resto de su cuerpo se dobló, hipotónico.
Carolina
tomó entre sus manos el dulce. Parecía un cargador en desfile llevando una
bandera, aquí bandera-bombón, cuando lo inclinaba la parte dulce cubría su
cara, medio se veían las cejas y la frente. Estaba sentada en la mano de Julio,
saboreando gustosa, la mano silla ahuecada a propósito para que cupiera, los
pies golpeando juguetones contra la mesa. La mesera, pálida, aturdida, se fue
hacia la parte de atrás, no se repuso, alzó la vista para mirar de nuevo, pero
ya se habían ido. Es que Carolina existe.
Las mujeres que Julio
vio en al piscina son pura imaginación.
Billy
the Kid
- No me
mirés, que me ensuciás –pasaba por el lado del profesor de gimnasia y,
levantando su brazo amenazante, se lo ponía junto al rostro -. Te voy a matar,
perro.
- Maximiliano
lo miraba impasible o sonreía amable como si aquellas amenazas fueran un
elogio.
-¿Qué hubo, cómo te
parece mi pinta? De Hollywood, papá, las botas son de made in Texas -así saludaba el muchacho si era bueno su día.
-Mostrá ¿qué es eso?
-Esto es
mucho idiota, no reconocer las auténticas; con ellas los más beligerantes
pistoleros del oeste fueron abatidos, y los que no, tuvieron que entregarse:
Yango, Ringo, Gringo y Sartana las envidiaban, porque éstas son las pistolas
de… Wyatt Earp, que soy yo, so pendejo –intentó desenfundar y una de las
pistolas cayó al piso.
-Esperá-
recogió la pistola e intentó ponerla a dar vueltas en el dedo índice; cosa
inútil. Maximiliano contenía la risa. Abruptamente, sin terminar la conversación,
el muchacho se alejó en dirección a la puerta del colegio; los compañeros
entraban en ese momento y a los más amigos los ponía contra la pared con los
brazos en alto; algunos le seguían el juego, otros lo insultaban o hacían caso
omiso de la orden.
Solía jugar fútbol antes de clase al
mediodía; se presentaba puntual en la cancha, vestido con el uniforme del
Nacional, las pistolas colgadas al cinto y luciendo sus botas texanas. Corría
zigzagueando cuando iba tras el balón, porque tenía un problema visual: por lo
regular su patada iba al aire o al cuerpo del otro jugador. Los que le descubrían
el problema lo evitaban moviéndose unos centímetros o con una gambeta que siempre
daba resultado, como con los toros, que siguen derecho. En el juego, en las
llegadas y a la salida del colegio palabreaba con gruesas frases a cualquiera;
en el fútbol empezaron a mostrarle tarjeta amarilla cada que lo hacía, así aprendió
a controlarse.
Por los días en que a los hijos y
habitantes de Medellín les toco aguantar las explosiones y los muertos que le
inventaron, a uno de sus hermanos lo cogió el ruido que mata en la plaza de
toros La Macarena. Durante una semana el muchacho no fue al colegio, y el día
que volvió llegó empujando a todos, y fue adonde Maximiliano.
-Quítate
de ahí, patán.-Maximiliano le pasó el brazo sobre la espalda, pero él reaccionó
-: es mejor que bajés la mano de ahí.- El maestro le acarició la cabeza y se alejó
sin decirle nada.
Por varios días no
quiso ingresar a clase; se la pasaba por los corredores de un lado al otro,
como esperando a un contrincante para un duelo, con las pistolas al cinto y un
pico de botella en la mano; si veía a Maximiliano se arrimaba, le ponía el pico
de botella junto al rostro:
- Te voy
a matar, así que andate- se alejó resonando las botas contra el piso.
Maximiliano
mantenía siempre la misma actitud tranquila; sin gestos ni palabras acariciaba
la cabeza del muchacho, que por momentos se calmaba con esta acción.
Cuando iban de paseo, las profesoras y
Maximiliano organizaban los grupos de trabajo. Todos los niños se movían
ansiosos cargando sus fiambres y morrales; según ellos la salida siempre se
demoraba. En el último encuentro llegó el muchacho, tiró la mochila al piso, se
fue directo al maestro y, sin advertir, le pegó un derechazo en el rostro. Éste
se llevó la mano a la cara; respirando profundo, se alejó hasta la huerta y
sentado al lado de un naranjo se quedó un rato espantando las furias. De
regreso al patio siguió organizando la salida, el muchacho lo miraba de lejos
pero Maximiliano hacía como que no se enteraba.
Al lunes el muchacho
entró sonriendo y le entregó un paquete con chocolates.
-Comé a ver si
engordas, te los traje de Miami.
-Maximiliano se lo
recibió y levantó la mano para sobarle la cabeza, pero el muchacho se anticipó
_: No me vas a tocar, ¿no vez que me eché gomina?
-Huy, con razón
brillabas desde la entrada.
-¿Y qué
creés, pendejo, que no tengo clase, o qué?
Eso días
y otros tantos el muchacho no respondía a las actividades dirigidas o
rutinarias de clase. Con muchos ruegos y medio negociado, una de las profesoras
logró que entrara a trabajar en la preparación de un refrigerio. Esa tarde iban
a repartir salpicón. Cada chico tenía una actividad en particular y la maestra
le encomendó la tarea de pelar y partir una piña, con un cuchillo de los que en
los pueblos le llama”mataganao”.
El
muchacho partía los pedazos y los disponía en una bandeja sucia que estaba
sobre la mesa, cuando entraron a la cocina la directora y un visitante de los
que no faltan en los centros de rehabilitación. El muchacho se distrajo y un
pedazo de piña rodó de la mesa al piso. La directora le ordenó que lo
recogiera, pero él no hizo caso. Ella insistió disgustada. En ese momento, la
mesa y los objetos que había encima cambiaron de lugar: el muchacho la
emprendió a manotazos contra todo. El hombre que acompañaba a la mujer
intervino; lo cogió por detrás en un abrazo vencedor por detrás de la cintura, pero
Julio pareció crecer en fuerza, logró soltarse, con una rápida movilidad agarró
la mano derecha del hombre, y sin tiempo de reflexiones dio vuelta a su dedo en
la segunda falange. El hombre lo soltó de inmediato y salio de ahí, casi en
shock, con su dedo vuelto en dirección contrario. Vinieron otras personas que
sumaron cinco; el forcejeo los llevó hasta el piso y desde allí el muchacho
asestó una patada a la nariz de la directora y le partió el tabique. Finalmente
quedo de pie y con el “mataganao” en la mano.
Tres personas fueron
al lado de la salida y dos al extremo de la cocina frente al cuchillo, que
temblaba en el aire, con ganas de cortar o incrustarse, ya no en la piña. Todos
se quedaron atónitos. Una de las de la puerta se alejó rápido, fue hasta la
cancha donde Maximiliano daba su clase de gimnasia y volvió con él.
Sin aspavientos, Maximiliano se arrimó
al muchacho.
–Quédate ahí, ni un pasó más-. El maestro
obedeció, pero ya estaba tan cerca que podía tocarlo; lentamente le puso la
mano sobre el hombro contrario al cuchillo, y suavemente la deslizó hasta la
cabeza, acariciando sus cabellos.
-Se te cayó la gomina –le dijo con
ternura.
-Sí, cómo no, uno dizque partiendo
piñas, como cualquier frutero. –La mano de Maximiliano seguía en la caricia del
cabello, hasta el hombro del cuchillo.
-Yo voy a seguir partiendo la piña –le
dijo Maximiliano mientras sujetaba suavemente el brazo del muchacho.
-Claro, tené, quién dijo que yo era
sirviente –en un giro veloz le entregó el cuchillo. Los arrinconados y los
otros se alejaron. Al final de la tarde las cosas se habían normalizado y el
muchacho se comportaba afable con Maximiliano, pero retador con las otras
profesoras.
- Quieto,
no te vas a mover. –Maximiliano levantó los brazos.
- Listo,
me rindo.
- Solo te
vengo a prevenir, Billy the Kid; ese
sujeto que esta en la entrada es el cobarde, se le ve en los ojos la traición,
ése tira por la espalda. –Maximiliano fingió identificar el hombre.
-Wyatt
Earp no es un traidor. –como si hubiera cumplido una importante misión, el
muchacho caminó erguido por la mitad del corredor, pisando duro con sus botas
texanas.
El
maestro miró hacia la puerta donde estaba el hombre acusado de traidor.
Del estomago le subió un frió que heló su
garganta.
La sonrisa de Victor Hugo
Cuando
lo conocí era sólo huesos, piel y ojos, pero tras unas gafas. Su boca semejaba
a la de un pez, en su cuerpo la vida se movilizaba con lentitud, o no se movía.
Lo dejaba en una posición cualquiera y se quedaba así largos ratos como un
maniquí, mejor aún, como uno de esos muñecos que cuando se les agota la cuerda
quedan al comienzo o en el transcurso de un movimiento. Eso ocurría en todos
los actos de su vida; una de esas posiciones le era habitual a la hora de
comer: sostenía la cuchara junto a sus labios, mientras la sopa se enfriaba
lentamente.
-Come, Víctor Hugo –le decía. Pasaba un
momento después de escucharme, antes de que la mano iniciara su camino hacia la
boca; luego había que decirle “saca la cuchara”, o se quedaba con ella dentro
de la boca.
- Mastica, traga –paso a paso, cada acción debía
ser inducida.
Pero Víctor Hugo fue después algo más que
un flaco lleno de vida y sin afanes: un viernes a las dos de la tarde, cuando
por el cansancio me estaba empezando a dormir parado (es una práctica de
treinta segundos que realizo cuando tengo mucho cansancio), lo vi indicándome
sus pies. Otros de sus compañeros estaban en el patio aprendiendo a patinar;
era simple deducir que él también quería. Le calcé esos zapatos con rodachines
y se fue solo por el patio, ¡patinando! Sin afán, pero con todo el equilibrio
necesario para no caer, sincronizaba sus movimientos y mantenía el ritmo. En su
rostro comenzó a dibujarse una sonrisa: estaba vivo. Le dije después de un rato
que se quitara los patines y movió la cabeza negativamente: había nacido en él
la capacidad de romper la norma, desobedecía. Permaneció montado en los zapatos
rodantes media hora más. Tal vez por fatiga se sentó en el piso y sin hacer
ninguna repulsa dejó que se los quitara; la forma como los miraba en mis manos
dejó ver en sus ojos una luz de interés: había nacido su curiosidad.
La piel que cubría el cuerpo de Víctor Hugo
daba la impresión de que iba a ser rota por los huesos; la pantaloneta de baño,
que era de las más pequeñas, le quedaba flotando.
En la piscina le decía: “Víctor Hugo,
lánzate”, pero permanecía ahí en el borde, con los brazos estirados al frente;
siempre tenia que cogerlo de la cintura y soltarlo. La primera vez que le dije
que lo iba a tirar, me miró con sus ojos miopes y sonrió con una risa más
grande que la del día de los patines; lo cogí y no mostró intención de oponer
resistencia, mas bien parecía complacido; sin brusquedad lo aproxime al agua y
lo dejé caer de pie; vi que se iba como tieso hacia el fondo, esperé un momento
hasta que apareció, sus manos y piernas se movían como las de un perrito. No
estaba asustado ni con ganas de llegar al borde. Dio vuelta y con unos
movimientos como de sapo se fue hasta el otro lado; varias veces hizo el recorrido,
su risa era cada vez más grande, grandota.
Salieron
a vacaciones y Víctor Hugo no volvió. En una comida de campo a la que lo
llevaron, no le dijeron que masticara lo que se trago y así se quedó, quieto,
sentado, ahogado.
Los amigos sin límites
Antes de
clases, a todos les corresponde sentarse en el salón de entrada, donde tienen
la oportunidad de reunirse los chicos de los tres grupos. Guillermo sabe cuál
es su lugar, siempre se acomoda en la misma silla. Cuando escucha que han traído
a Pacho, se balancea un poco y se ríe; en verdad se pone muy alegre. Pacho,
acomodado sobre una colchoneta en el piso, intenta girar la cabeza para ver a
los otros; en ese intento, sus manos se recogen más y todo su cuerpo se pone rígido.
Ante cualquier ruido de los que produce Pacho, Guillermo se alegra.
Esa comunicación la descubrí al tercer día
de haber ingresado ambos a la institución; fue en enero. Para engañar a
Guillermo, cambié a Pacho de lugar, le hice señas y Pacho entendió que le íbamos
a jugar una broma a su compañero; se quedó estático.
Guillermo, extrañado, movía la cabeza, tratando
de escuchar. Le pregunté, haciéndome el ingenuo:
-Guillermo, ¿Pacho vino hoy?
-Sí –me respondió.
-¿Y dónde está? –volví a preguntar.
-Ahí.
-Yo no veo a nadie, levántame y muéstrame
–le dije.
Se puso un poco nervioso, porque él no había
caminado solo en sus diez años; ésos eran sus primeros momentos de libertad.
Aun así, con una muy cautelosa actitud, se apoyó en la silla y extendió su
brazo derecho al frente como una antena que busca una señal.
Puso la
mano en aducción indicando el sitio acostumbrado para Pacho, la sostuvo así
unos momentos y luego la movió hacia la izquierda; cruzó la línea media, hasta
el hombro y luego lentamente la guió hacia el lado opuesto. Cuando la mano
quedó en la dirección de Pacho, se levanto muy despacio y con el brazo
igualmente extendido caminó hacia él, lento, muy lento. Al fin, ya a su lado,
posó suave su mano sobre la frente del compañero y lo acarició con una ternura
infinita; dio un pequeño salto y dijo:
-Véalo ahí.
Ése fue un momento extraordinario. Le tocó
luego el estómago; le pregunté que cómo lo tenía y me respondió:
-Tieso como una piedra
Pacho sonrió e hizo un gesto y produjo un
sonido grave. Guillermo le volvió a tocar el estómago; Guillermo habla por los
dos y Pacho le celebra sonriendo; cuando le pregunto si es verdad lo que dice
Guillermo, responde sí, con un sonido
que es como un guuuuooiiii.
- Guillermo,
¿dónde estuviste el fin de semana? – le pregunté un lunes en la clase.
–Me fui
a cachonear y a tomar aguardiente
No
pude evitar sonreír, por la gracia con que lo dijo.
-¿Y con
quién fuiste?
-Con
Pacho –lo dice y mueve su cuerpo, contento.
-Oigan,
pues. Pacho, ¿eso es verdad? –Él mueve la cabeza, afirmando.
-Yo no
les conocía esas mañas –les digo-. ¿Dónde estuvieron? ¡Si se puede saber!
-Donde
las cariñositas. –Me rió, y Pacho también.
¿Y esas
quiénes son? ¿Unas galletas, o qué? –pregunto.
-No
–dice Guillermo.
-¿Entonces
qué? –vuelvo a preguntar.
-Son
mujeres.
-¿Cómo?
–finjo sorpresa. Ellos sonríen.
-¿Y qué
hacen esas mujeres? –pregunto.
-Le
hacen a uno así –cierra sus puños y los arrima al pecho.
-Bueno,
cambiemos de conversación, porque esto se está volviendo tema de adultos, como
para mayores de dieciocho, y Guillermo apenas tiene doce y Pacho diecisiete,
así que vamos al salón.
-¿A qué?
–pregunta Guillermo.
-A
estudiar – le digo.
Se
levanta de la silla cuando le doy la mano y lo guío.
- Guillermo,
si ayer era lunes, ¿hoy que día es?
- Viernes
– responde.
- Guillermo,
¿cuánto es uno más uno? – pregunto.
- ¿Cuánto? – balancea la cabeza
- Te pregunto
a ti. ¿Cuánto es dos más uno?
- Dos –
responde.
A Pacho lo retiraron
del colegio. Todos los días Guillermo pregunta:
- ¿Pacho donde esta?
- En la casa, Guillermo, él no va a
volver.
- ¿Por qué?
- La mamá dice que esto no le sirve
para nada, que él no progresa.
- ¿Qué es eso?
- Ella quiere que a los diecisiete años
se lo pongamos a caminar con las piernas, no sabe que aquí solo enseñamos a dar
pasos con el corazón.
- Ese Pacho ¿Por qué no ha vuelto?
- Ya te dije, Guillermo, la mamá no
quiere que siga.
- Ayer (se refiere a seis meses atrás)
fuimos en el transporte por Pacho y él no salio, solamente gritaba.
- Si es que lo habían dejado solo
encerrado en una pieza-. Hace silencio, y yo también. Dos horas después, dice:
-Ese Pacho no volvió–
repite para sí, mientras restriega las cuencas de sus ojos.
- Pacho no va a volver – le digo.
- ¿Por qué?
- Tú ya sabes por qué: se murió ayer.
- ¿Cómo se murió?
-¿Te
acuerdas cómo era el estómago de Pacho? – le pregunto.
- Sí.
- ¿Cómo?
- Tieso.
- Por eso
se murió, le dio una oclusión intestinal.
- ¿Por
qué?
- Porque a
veces la vida es una mierda, hermano.
- Sonríe.
- Ese
Pacho no volvió – dice con tristeza.
- No va a
volver, te digo, está en el cielo.
- ¿Y el
cielo es muy lejos?
María
persigue al tiempo
Abrí la puerta y María
se aproximó produciendo un sonido y masticando un muñeco; cuando llegó a mi
lado me cogió de la cintura y me levantó, me acomodó bien entre sus brazos, uno
sujetaba mi espalda y el otro cogía mis piernas; cargándome, intensifico los
sonidos y me soltó; hice equilibrio para no caer; una sonrisa sin forma clara
apareció y desapareció casi al tiempo, fue como abrir y cerrar. Se alejó fue
hasta el centro del salón y tumbó a uno de sus compañeros de la silla, le quitó
el saco, la camisa, abrió una lonchera que estaba en la mesa, sacó las cosas,
se metió en la boca un paquete de galletas sin quitarle la envoltura, intentó
poner todo, aunque en desorden, dentro de la lonchera. Como no le cupo, lo dejó
tirado en el suelo, se detuvo y orinó parada, fue al baño y trajo un trapeador,
esparció la orina por el lugar, se quitó los zapatos, ahuecó su mano y la
colocó bajo el mentón intensificando unos soplidos que producían un ruido
monótono: ummm, ummmm, ummmm, rurrrrrr, rurrrrr, se puso los zapatos, salio del
cuarto, la llamé, pero se alejó sin ponerme atención.
Ha pasado un
instante.
Rey,
el levitador
Mientras salta,
aletea con sus manos y gira la cabeza: movimientos sincronizados, rítmicos;
cuando Rey no conoce la tarea que se va a ejecutar, se muestra reacio, sigue en
sus cosas, a veces sentado en una mesa armando rompecabezas o haciendo
ensambles con elementos de madera. Rey es apenas un muchacho que tiene mucha
soledad, y una madre que lo deja en la casa encerrado en una pieza, mientras
ella trabaja. Por las mañanas él tiene la alegría de ir al colegio; llega
siempre sin bañarse, todo despelucado y con la ropa mugrosa, pero Rey no es
sucio.
Al proponerle una actividad no acepta,
pero cuando ve que sus compañeros hacen algo, él los imita o imita al
instructor. En una clase de gimnasia, el profesor los indujo a saltar sobre
unos palos de madera que llaman bastones; hacían una hilera y uno a uno pasaban
sobre los palos, primero caminando y luego al trote. Rey se metió en la hilera,
pasaba y pasaba anticipando a sus compañeras, que se dispersaron; él siguió ahí
saltando y saltando hasta que el profesor tuvo que obligarlo a dejar la
actividad. Le quitó los palos, entre remilgos y manotazos de Rey, y lo llevó al
salón. En el interior, Rey se quedó de pie, y arrimándose a sus compañeros los
cogía del cabello; mientras lo hacia daba saltos, hasta que los liberaban de
sus manos.
Desde ese día, cada que se aproxima el
profesor al salón, Rey va hasta el gimnasio, trae los bastones, los coloca de
la misma forma en que lo hizo el profesor, y empieza a saltar por muchas horas
sin que le digan. Como nadie lo observa, va hasta las personas y las hala de la
camisa para que lo miren. Le esconden los bastones y al no encontrarlos entra
al salón, empuja las mesas y arremete contra toda cabeza con pelos que se
atraviese.
El día de la piscina es el más
agradable para él: se cambia rápido (tiene una pantaloneta a rayas blancas y
negras, que apenas medio lo cubre; sus testículos pelones se le asoman); en la
ducha mete su cuerpo y salta, da vueltas completas mientras le cae el chorro;
se tira a la alberca mostrando una sonrisa y produciendo unas vocalizaciones
que de seguro dicen de su alegría; ya en el agua, le gusta sumergirse y que lo
lancen cogido desde los brazos hacia delante. Pasa una hora y él no sale;
cuando ha trascurrido un tiempo y los demás se aquietan, Rey juega con sus
manos y si más se acuesta a flote sobre el agua, cruza sus manos detrás de la
nuca y una pierna sobre la otra, llegando así a una pose graciosa; todos
podemos acostarnos de esa forma y es una imagen que probablemente hemos visto
en la playa, pero dentro de la piscina es físicamente imposible sostenerse así.
Rey lo hace y lo mira a uno de reojo; su mirada es maliciosa, retadora.
Rey no es sucio la
sucia es su mamá.
Lord
Byron: la poesía, un delirio
Por esos días tenia
la obsesión de meterse el dedo en la nariz y jugar con sus mocos, medio
sacándolos e introduciéndolos de nuevo.
- Lord
Byron – lo llamo.
- ¿Qué
dice?
- Ven a
trabajar en gimnasia – le ordeno.
- ¿Quién,
yo? ¿Está loco?
- Vamos,
vamos – le digo.
- ¡Huy,
que caráter! – se ríe.
- Empieza a
trotar – le digo. Lo hace tres minutos.
- Lord
Byron, vamos a otra cosa – le digo.
- ¿Quéee?
- Listo,
aquí sobre la colchoneta me haces flexión de codos. ¡Completa!
- ¿Ochenta?
– pregunta gritando.
- No
- Quiere ir al baño – dice
cantando.
- ¿Quién
quiere ir al baño?
- Él quiere ir.
- ¿Quién es él? – pregunto.
- Lord
Byron.
- Ve, pero
regresa pronto – le digo.
Entra al
baño y cuando sale se queda en el lavamanos, quieto, dejando salir el agua, sin
lavarse. Lo instigo verbalmente:
- Muévete.
- ¿Quién
yo?
Me
detengo a su lado y me pregunta:
- ¿Qué
hiciste el 31 de agosto de 1985?
- No sé –
respondo -, eso fue hace cinco años.
- Lo hundiste en la
piscina, con la pantaloneta negra. – Se refiere a un juego de zambullir al
otro.
- No, eso
me lo hiciste tú a mí – le digo.
- “Mete la
cabeza al fondo, nada por debajo” – hace ecolalia.
- Lord
Byron, ¿qué estamos haciendo hoy? – le pregunto.
- Gimnasia.
- Bueno,
sigue y no hables del pasado.
- ¿Qué? –
pregunta burlón.
- Trabaja,
te digo.
- ¿Con
quién? ¿con Mary Luz? – se refiere a una persona que no está presente.
- Vamos,
vamos.
- ¡Huy,
qué caráter! – continúa -. Hagamos
gimnasia, TV cable, un dos tres arriba, de nuevo, vamos chicas, con energía.
- Ya
terminamos le digo.
- Gracias
– se retira.
Graduación
Fue el hijo número
doce. Los otros hermanos estaban lejos de ser niños. Se avergonzaban de él.
Vivían como huyendo, poco se les veía en la casa. Iban a los billares después
del trabajo y a jugar fútbol los domingos.
-Ese niño tiene parálisis cerebral –
les dijo el fisiatra.
Se fueron de allí pensando que era una
cosa de paso, como la gripa. Al año oyeron otra parte de la información.
- Vea, señora, ese niño tiene una
discapacidad muy severa, no creo que dure mucho.
Sin entender, presintiendo que algo malo
pasaba, buscó otros sitios, otras consultas, encontró otras dudas, otros
miedos.
- Ya no hay nada qué hacer. Llévelo
para la casa, manténgalo limpio y déle comida.
La madre seguía
buscando el milagro y al milagroso: aguas, cremas, pomadas, embriones, aceites,
yemas de huevo, rezos, neurólogo, fisiatra, curandero y hasta exorcista.
- Háganle
bastante terapia.
Y le hacían
hasta que sudaban. El padre en las noches, la madre en las mañanas,
hipertrofiando músculos en los que crecían ubicado el mal.
Le hicieron cirugía
de rodilla, que a la postre resultó desfavorable: al momento de quitarle el
yeso que forzaba la extensión de la pierna, está se flexionó por reflejo; el médico
intentó extenderla a la fuerza y le fracturó la rodilla derecha. El niño gritó
de dolor, la madre miraba descompuesta. Con iras muchas, acumuladas, hizo notar
lo que sucedía, pero el médico no hizo caso.
- Doctor,
le traqueó el hueso – advirtió, angustiada.
- ¿Cuál
hueso? Eso no es nada, este niño es muy mimado, es mejor que se lo lleve.
Cuando estire la pierna lo vuelve a traer.
La mujer
se fue con el niño, hasta jamás.
Después
de una convulsión en la que el niño quedó inconsciente un largo rato, salieron
afanados para que lo viera el neurólogo. El hombre los atendió y en la formula
escribió el nombre de la nueva droga.
- ¿Cuándo
lo puedo llevar de nuevo al centro de rehabilitación? – preguntó la madre.
- ¿Qué
rehabilitación? – se levanto el hombre, cogió una tiza, rayo sobre el tablero y
luego pasó su mano sobre las líneas, dejando un manchon -. Señora – dijo -: así
es el cerebro de su hijo; no gaste tiempo ni dinero, que ahí no se puede hacer
nada.
Lloraron padre y
madre, sentían como si los hubieran vaciado desde adentro, quedaron sin ganas
de vivir; por un tiempo se alejaron del centro de rehabilitación. Al cuarto
año, el niño permanecía en la casa acostado, mirando el mundo desde la posición
horizontal. Las pocas veces que lo levantaba, como no sostenía la cabeza y se ponía
rígido, lo volvían a acostar. La comida era siempre licuada y se la daban, o
mejor se la vertían en la boca, sin levantarlo. Los problemas digestivos y la
otitis eran comunes en el niño; alcanzó un alto umbral de dolor; lo dejaban por
muchas horas en una sola posición y él no se quejaba.
Un artículo de un periódico que les
regalo un vecino los volvió a motivar. Fueron a la institución reseñada por el
documento, y allí no les hablaron de negaciones, ni de los imposibles, sino de
la grandeza del ser humano, de sus potenciales. Por unos meses, aunque escépticos,
asistieron a las sesiones de trabajo, y dejaban al niño en la institución
cuando era necesario. Los hermanos fueron comprometidos, y en poco tiempo la
madre ya no lo cargaba por la calle, lo hacían sus hermanas.
Al siguiente año las cosas habían
cambiado, un aire nuevo se respiraba en la casa, se volvieron a abrir las
ventanas: Óscar tenía un sitio en la sala junto a las visitas, y una silla que
lo humanizaba; los novios de sus hermanas eran sus amigos, y el que no, se
quedaba sin novia.
Los domingos sus hermanos lo llevaban a
ver jugar fútbol. Con sus ojos o con sonidos graves indicaba si la música era
de su gusto. También le gustaba que leyeran Ens. Presencia sus cuentos
predilectos: el patito feo, dumbo,
pinocho y pulgarcito. Un sábado, en una de las sesiones habituales, la
madre llamó al profesor:
- Que
Óscar le va a dar una sorpresa.
El
hombre llegó junto a Óscar, que todavía era trasportado en un coche para bebé.
El padre lo sacó de allí y fueron hasta un salón. Lo sentaron en una silla y él
se sostuvo solo; le arrimaron una mesa y puso las manos sobre ella. En la mesa
le sirvieron luego un plato con galletas y una taza con leche. Óscar extendió
su mano y con dificultad agarró una galleta y se la llevó a la boca; empezó a
masticar mientras miraba al profesor; colocó el pedazo de galleta en el plato.
Con mayor dificultad que en el acto anterior, cogió la taza y se la llevó
lentamente hasta la boca; sorbió gustoso la leche, miró de nuevo al profesor y
regresó la taza a su lugar.
Con los ojos muy abiertos y sus
músculos tensos, esperaba las palabras del hombre.
El profesor no aguanto la emoción y lo
levantó de la silla para felicitarlo.
El niño se había graduado.
Lord Byron en el teatro
Lord
Byron no es amigo de la oscuridad, por eso el día que lo llevamos al teatro se quedó
sentado a la entrada de la sala; los demás estaban en el interior viendo la
obra. Cuando se levantó para ingresar, daba unos pasos hacia el interior y se devolvía;
convencido por mí, se acomodó por fin en la primera fila. A ratos se llevaba
las manos a la cabeza y se agachaba. Como lo seguía acompañando desde que
entró, noté que estaba sudoroso y frío; si los otros reían o comentaban la
obra, él decía: - chito, chito, silencio, silencio...
Al concluir la obra, la ovación fue larga;
al fin los actores se pararon enfrente y les pidieron que hicieran algo si lo
deseaban. Algunos saltaron al proscenio e hicieron algunas pantomimas y
declamaciones. Lord Byron, ya tranquilo con las luces encendidas, pidió la
palabra:
Escuchen las señoras y los señores que a
los niños voy a hablar – hizo un gesto gracioso, saltó, aleteó y dijo: A mí la
poesía me gusta con delirio, a mí la poesía me gusta arepa – siguió repitiendo
lo mismo hasta que lo hice callar y volver a su puesto. Varias veces intentó
salir de nuevo a escena, y por muchos días repitió esas palabras.
El Güimba
Cuando
empezamos a conversar me fue difícil entenderlo, pues su dicción por la
carencia de la dentadura y porque, al intentar hablar, su cabeza iba
involuntariamente hacia un lado en una hiperextención. Le estaba enseñando unos
ejercicios de relajación muscular; en esos días se quejaba con frecuencia de
dolor en la espalda. Aprovechaba para aflojar todas las correas que lo
mantenían atado a la silla de ruedas o a la cama, al igual que los pañuelos que
envolvían sus manos.
En la segunda sesión de terapia, mientras
le sujetábamos los brazos, dejó venir hacia mí la pierna izquierda y me dio de
lleno en el rostro. Desde ese día lo bautizamos “patada voladora”. En una de
esas sesiones empezó a contarme la historia de su vida:
Había estado en una guardería (falso) y
allí conoció a una chica de nombre Carolina Gómez. Se habían enamorado, pero lo
traicionó con otro niño. Ante esta situación, en un descanso golpeó (permanece
amarrado) al “seductor” y por esto lo expulsaron; sin embargo todavía visita a
Carolina y ella lo llama por teléfono.
Para contarme la historia de su vida se demoró
cuatro sesiones de terapia; luego me pidió que le contara la historia de mi
vida, y yo se la conté como sigue:
— Estaba
yo en la cafetería de la universidad, cuando vi pasar a una chica. – Él me
miraba malicioso. Continúo-: Como la chica me gustó, me le acerqué para
invitarla a tomar un café, conversamos un rato y después acordamos reunirnos al
día siguiente para tomar una cerveza.- Sigue atento mis palabras-. Según lo
convenido, tomamos la cerveza en una taberna frente a la universidad; a las
ocho le dije que tenía que irme porque estaba preparando un parcial. Salimos y
la llevé al carro, le dije que hasta luego.
—
¿Le diste un beso? — pregunta.
—
No sólo le dije hasta luego. — Huy ¡qué güimba! — me dijo burlón Seguí
contando la historia de mi vida:
—
Al tiempo fuimos a una finca, durante una semana – Me mira; sus ojos sonríen-.
Por las noches salíamos a ver las estrellas, disfrutábamos de un asado, leíamos
poesía hasta que nos vencía el sueño. - Sus ojos interrogaban. Así pasaron
aquellos días felices en la finca.
Me
miraba como desilusionado y me preguntó: -¿Y de lo otro, qué? - Reímos con sus
padres, que lo estaban acompañando en la sesión.
Pasado
un tiempo me dice que le gustaría tener un sitio adonde asistir para conseguir
amigos y estudiar, como todos los niños; que si yo lo puedo tener con los míos.
Los padres no se atrevían a vincularlo a una institución, porque el riesgo era
grande; sin embargo acordamos que sí, pero que en un comienzo asistiera con la
niña que lo cuida para que ella nos enseñara a manejarlo. Siempre permanecía amarrado
a la silla de ruedas con correas alrededor de la cintura, las manos cubiertas
por una venda, también las piernas, siempre sujeto a la silla que fue forrada
en una espuma para evitar lesiones. A la segunda semana sabíamos manejarlo, asistía
solo. Lo poníamos lejos de los muebles y de los otros niños, pero no mucho, de
tal forma que participara con todos. El
saludo para las mujeres y para la profesora era normalmente con agresión
verbal. La maestra le
preguntaba: -¿Hola,
cómo estás?
-
Chimba –contestaba.
Afortunadamente,
quien lo veía por primera vez no le entendía. Para la profesora esta palabra de
saludo la acompañaba con un: -Chimba,
perdón, perdón. Si era un hombre, el
saludo era así: -¿Hola
cómo estás? -Maíca.
En
los dos casos empezamos a jugarle. Después de haber visto la película el Rey León, fue fácil:
-Chimba
-decía, a lo que la profesora agregaba -: Si, simba era el hijo y tuvo que huir
creyendo que por su culpa había muerto el padre (él nunca había ido al cine, y
cuando llegó a la casa le dijo a la mamá que ése había sido el día más feliz de
su vida).
-Maíca.
-¡Sí,
la manzana está muy rica, es que las frutas son deliciosas!
En los
descansos nos sentábamos junto a la ventana para ver pasar la gente.
Una
tarde le dije:
-Oye,
mira – pasaban tres muchachas preciosas-.
¡Que cosas, Dios mío!
¿Cómo te parecen?
No
contestó, pero dejó ver malicia en sus ojos. Luego estuvo todo el tiempo como
inquieto. La profesora le preguntó si deseaba algo. Le dijo que sí, que iba a
hablar con mi esposa.
- ¿Qué le
vas a decir? – le pregunté.
- Que
usted la engaña con otras mujeres.
- ¿Por qué
quieres hacer eso?
- Para que
ella lo deje a usted, así yo me puedo quedar con ella.
Juan
estuvo en esta vida catorce años. Fue feliz. El día de las matriculas, mientras
hacíamos planes con su madre para el año escolar, él se fue sin ruido, sin
llanto, sonriendo.
En el velorio, antes
de la cremación, lo tenían en esa sala amplia de color blanco, con ventanales
que dejaban ver el antejardín. En el interior del ataúd, Juan era largo,
parecía dormido, como soñando, y por primera vez sus brazos y sus piernas no
tenían ataduras
Es
hasta el poste, mamá
Vicki se detiene; ni
seguir, ni volverse. El dolor lo impide. Guarda el quejido entre los dientes,
sus párpados cerrados; en los músculos de la cara, una tensión dolida. Se nota
Con las manos frota los muslos. Lo que
siente la lleva casi a la pérdida del sentido. En el día, varias veces la contorsión
y sobarse. El cuerpo no se acostumbra. Fricciona lento cuando la tortura
termina. Su respiración se normaliza. La caja toráxica retoma la posición
vertical.
La mujer se da cuenta
del trajín en la calle. Palidez y sudor le quedan en el rostro. Abre los ojos.
Encuentra miradas preguntonas de los que pasan. ¿Un cerco, un encierro? ¿Qué le
pasará? ¿Por qué está así? ¡Pobrecita! Preguntas y frases que se adivinan. La
gente no sabe esconder la mirada lastimera. Con la manga de la blusa desagua la
frente. Ser invisible. No estar. Morir, piensa. Por esta maldita calle ha
pasado desde la niñez. A nadie parecía importarle. En esta tarde se empecinan,
golpean y golpean con esa mirada que inferioriza.
Metidos que son, ¿muy
raro o qué? De tanto curiosear se elevan, los coge un carro y pac, un título
para la columna de accidentes. ¿No hay más qué ver? ¿Soy lo único? ¡Sigan a sus
varias partes! Insensata, dentro de la casa estaba mejor, allí hay quietud y
pocos ojos. Lo piensa, arrepentida.
Salió con la esperanza de encontrar un
vuelo a sus ideas. Arrinconada en su propio olor creía consumirse. Un poco de
aire en la calle, unas sonrisas, quizá un piropo, pero pieza y calle se le
tornan iguales, ambas con menosprecio y lástima. Maneras de agredir sin tocar.
Las ideas de Vicki tienen vida. Comprende que hay dos mundos: el de ella y el
otro, que es la calle con sus ruidos y aire malsano. Dan indiferencia, no
piropos. Ahí sobra, estorba tanto que la gente se desvía o detiene los pasos
antes de llegar. Calle y pieza son iguales. El mundo que no es de ella. En la
pieza, un silencio que da frío, medio cementerio; la madre es la compañía,
tiene setenta años de cansancio. Amigos también entran. Hace seis meses cada
vez menos. Hablan bajito, sentados a su alrededor como en un velorio. Entre las
palabras, eternidades de silencio. Incomodidad. Nada qué decir, y lo que dicen,
impropio. Vicki soporta las palabras que son golpes.
-¿Te
acuerdas de cuando bailamos en tus quince? Esa noche tuvimos que correr, por un
borracho que empezó a echar piedras, ¿te acuerdas?
Tendrían
que vivirlo y así medir el lenguaje; ignoran ellos las dimensiones del verbo en
esta condición que nadie envidia. Muertas las risas, los chistes y los bailes,
los amigos escasean. ¡Quisiera estar muerta! Una vieja, amiga de su madre, se
atrevió a llevar una camándula. Ganas no le faltan de suicidar la otra mitad.
La
sobreprotección de la madre hace que se sienta inútil. Exagera en los
ciudadanos. ¿Qué necesita? Deje, yo le ayudo. No haga eso, usted no puede. Amor
de madre, Vicki entiende. El destino puso el espaldar y ella recostada. A su
madre hubiese querido darle todo. Imposible. No es más que una carga. Viven
sufriendo… ¿Por qué a mí? Sin resignarse. ¿Por qué a ella? Tan buena hija.
Descubrir
que su madre ha llorado porque todavía no acepta que esté así, es mirar el
dolor en un espejo doble. Debería ser ella quien protege, quien atiende, pero
la vida invirtió el orden.
-¡Pobre
madre, yo tan inútil! Piensa. En el momento en que intenta dar el giro, el
poste se interpone. Lo mira. Ése de cemento –conocido de toda su vida, clavado
ahí, con más años que ella –le parece que sin ser árbol ha crecido o que ella
creció como raíz. En medio del colegio Javiera Londoño, las Torres de Girardot,
el edificio de San Ignacio y la
Caja de Previsión, perdida está ella. El edificio, las torres
al frente, fue de su altura; mirado desde su posición actual se le ve
introducir su punta en el cielo.
Un impulso atrás. Se
aquieta de nuevo. No por dolor. Es el recuerdo de ella y el atleta recostados
contra el poste de cemento, juntando piernas que entonces sentían. Recibiendo
sus besos de adolescente. Haciendo el malabar de quitarse los zapatos, sin dejar
de lamerse los labios. La visión se presenta como si fuera del día anterior. El
muchacho era su alumno, boxeador por aquellos meses. Su instructor primero en
las artes de sentirse. Él le ayudó a estrenarse. Tenía la necesidad de usar
completamente su sexo. Bien o mal, nadie olvida aquel encuentro corporal uno.
El poste es más viejo
que ella y sigue parado. De pie está la madre, esperándola a la entrada de la
casa. A media cuadra.
-Es hasta el poste
que voy, no se preocupe –dijo Vicki al salir.
Sin convencerse, la madre veía cómo se
alejaba. En aquellas noches con el muchacho, verlos no, oír casi seguro. Las
madres no se duermen hasta que los hijos entran. El muchacho no se quitaba los
zapatos de plataforma y entrar hasta la casa en lo oscuro, teniendo aguardientes
en la cabeza, era ruidoso. La madre en el cuarto de arriba debía de oírlos.
Nunca dijo.
En el interior de la pieza hacían los
dos el final de su juego iniciando en Cupido, un lugar frecuentado por ellos,
donde sólo se escuchaban los boleros de Roberto Ledesma y Leo Marini. A las
seis salía él, apresuradamente.
La distancia entre maestra y alumno
evitaba sospechas en el colegio. El muchacho, conservando la misma actitud que
Vicki, interpretó en un principio indiferencia por la mujer adulta. Frialdad
aparente, porque encaprichado estuvo. No por Amor. Sólo saboreando su cuerpo.
Aquí en esta esquina, vigilados por el colegio Javiera Londoño, se detenían
cada noche al regreso de Cupido. Era un ritual.
Una tarde, después de gastar el resto
del deseo, decidieron separarse definitivamente. No con llanto. Lloran los que
al perder quedan sin esperanzas. Ahora seis meses de lágrimas tiene ella.
Idos cada uno. Él estaba listo para las
jovencitas de la Javiera
y ella para los hombres de años. El último encuentro fue a manera de premio. De
ella hacia él. Habían estado en el coliseo y él ganó. Puso fuera de combate a
su rival. Ella le dio el placer hasta donde es posible. Al regreso en el cuarto
se dejó ver. Lo hicieron en el día y si temor a ser descubiertos por la madre.
Permitió ser vista. No hubo rechazo en él. Antes sabían de la piel palpándose
en la noche. Vicki, inconforme con el cuerpo, procuraba no evidenciarlo: una
blusa en la que cabía ampliamente disimulaba su arriba.
Las caderas y las piernas las mantenía
bajo los pantalones bota campana. El rostro, oculto tras los anteojos. Entupida
que es una, piensa añorando. Una sonrisa se detiene. Se humedecen los ojos. Los
labios tiemblan. Mira hacia la casa. La madre sigue a la espera. Hace señas, es
mejor ir. Tiene suficiente, innecesario causarle más angustia, se dice a sí
misma.
Del muchacho tuvo noticias; retirado de
los cuadriláteros, cambió el ejercicio del cuerpo por los alimentos del
intelecto. Los amigos le dieron rótulos: loco, decían; filósofo en desuso;
oidor de música de semana santa. Vicki siente cariño al recordarlo. No es de
olvidarse. Fue el primero sobre su cuerpo.
Por unos años se perdieron las
historias, hasta que la sorprendió esa voz de hombre disertando en la radio.
Elocuencia desconocida; no la tenia en el colegio ni en el discurso amoroso.
Hacia llamados conmovedores a la esperanza. A valorar el resto de la vida. A
sobreponerse al infortunio. Ningún ser humano está exento de una situación así,
dijo cada vez.
Vicki lo comprende, mirando el poste.
Una verdad que aunque dicha, anunciada, no imaginó en su vida. Aun hoy quisiera
pensar que es mentira, que está oyendo en el programa de radio un testimonio de
otra persona. Nunca tuvo la sospecha de que ese mensaje fuera de futuro. Una profecía
para su cuerpo.
Perdido el muchacho, idea ninguna de dónde
encontrarlo. Hace cantidad de ayer que no lo sabe. Ahora lo necesita su cuerpo,
pero no por lo de antes. La calle sigue de gentes repleta. El sol se ha
ocultado. El poste queda sin sombras. Vicki al fin se aleja de la esquina.
Lleva la mirada atenta al piso. Hay ranuras en la acera y puede volcar.
- ¿Es que
no ve, o qué? Imbécil.
El
hombre, al igual que las demás personas, desvía los pasos. La madre viene a
encontrarla.
El saber del corazón
Un grupo de personas
estaba reunido a la entrada de la piscina en la universidad de Antioquia.
-No
esperemos más, vamos a trabajar –dijo el profesor que acompañaba a los
discapacitados.
No todos
estaban convencidos de que exhibirse allí fuera buena idea. Tímidamente y muy
recogidos, como protegiéndose de las miradas, se juntaron cerca de la ducha. La
última en acomodarse fue una mujer gorda y parapléjica que el profesor duchó
con dificultad.
-No sé
por qué dejan meter esa gente ahí – dijo un muchacho que iba a entrar a la
piscina, pero que se devolvió de la puerta al ver a los discapacitados
duchándose. Regresó al vestier maldiciendo y se cambió.
Después
de haberse metido por el lado de las escalinatas y en la parte menos profunda,
el profesor se ubicó frente a todos y comenzó a dar explicaciones.
Bajó a uno de los que
estaban en el borde para mostrar lo que debían hacer. Los pocos acompañantes y espontáneos
se metieron con ellos; eran insuficientes para el número de personas, que
pasaba las treinta. Unos estudiantes de educación física y los monitores de
natación que se habían comprometido con ellos, no llegaron. Era el tiempo en el
que tener una discapacidad daba vergüenza.
A los
seis meses seguían asistiendo rigurosamente al entrenamiento; la persistencia
de aquel entrenador que siempre estaba con ellos, dio frutos muy rápido. Los
discapacitados se movían solos de un lado al otro de la piscina, nadando o
entrenando los ejercicios que les indicaba el profesor. Al año varios de ellos
se lanzaban al pozo de clavados sin temor a esa profundidad; retaban al maestro
a clavarse o a recorrer la distancia a lo largo de la piscina, pero él les hacía
una broma o procuraba estar ocupado para evadirlos. Para ese entonces, también
se había clasificado el grupo: quedaban apenas unos quince para competir y los
otros iban a recrearse. Crecieron hasta ser campeones en Antioquia, y
posteriormente campeones nacionales; su última figuración en torneos nacionales
se la habían dedicado al director de Coldeportes, Antonio Roldan.
El que
hacia de entrenador, fue con cuatro de ellos a sus sillas de ruedas hasta
Coldeportes, para buscar recursos con miras a su viaje; desde la percepción se
hicieron anunciar:
-Doctor,
es el entrenador de los discapacitados
- dijo la secretaria,
como solía hacer con la gente que anunciaba.
-Comuníqueme con él. – la secretaria
tapó el auricular con la mano.
-Que el doctor quiere hablar con usted
– dijo bajando la voz, aun sabiendo que no la escuchaba.
-Doctor, buenos días – habló asustado
el joven entrenador.
-Les voy pedir un favor: que me esperen
cinco minutos mientras yo termino de resolver un asunto aquí; luego bajo y los
atiendo allí, porque hacerlos subir cuatro pisos por unas escaleras es un
irrespeto. Que esta institución tenga barreras arquitectónicas es problema
nuestro.
El entrenador se quedó silencioso, y
casi en un balbuceo dijo:
-Bueno, doctor, gracias.
Después de eso, siempre fueron
atendidos allí. Ese acto decía todo lo que era ese hombre.
Para completar su preparación física,
hacían un recorrido en silla de ruedas desde el coliseo Iván de Bedout hasta la
Universidad de Antioquia. El entrenador, que también viajaba en la silla,
llegaba media hora después que los discapacitados; ellos lo rodeaban a la llegada
y le hacían bromas.
De los que expresaban comentarios
discriminadores, uno dijo algo que se quedó en el aire:
-¿A ese hombrecito no le dará vergüenza
salir con todos esos torcidos a la calle?
La respuesta la daban los niños, hijos
de los estudiantes y profesores, que a esa misma hora de los sábados iban a su
clase de iniciación deportiva con Jorge, un profesor al que llamaban “Chiripa”
y que se hizo amigo del entrenador de los discapacitados. A veces, al pasar con
la chiquillada hacia la cancha o el coliseo, Jorge se arrimaba a saludar; los
niños cogían las sillas y jugaban con ellas, se daban muletazos fingiendo
combates con espada, los bastones se convertían en caballos de carreras; cuando
los dueños veían, ellos los miraban curiosos o de lejos les hacían morisquetas.
“Chiripa”, que era también comunicador
social, entrevistó muchas veces, en los programas deportivos de la emisora de
la universidad, al entrenador, del que se hizo muy conocido; le propuso hacer
un video donde él realizara algunas actividades con los discapacitados, para
hablar de su método de trabajo y ponerlo como un ejemplo, en forma muy
practica, nadando con ellos.
-¿Qué opinas? Lo hacemos muy informal.
El entrenador miró a Jorge.
-Tenemos un problema para hacer eso.
Jorge no lo veía:
-Es sencillo, hacemos una salida en
libre y van hasta el otro lado, luego hacemos una toma lanzándose al pozo, eso
es todo.
-Sí, es
fácil. El problema está en que yo no sé nadar.
Judith
Todavía
da muestras de no querer meterse en la piscina voluntariamente; la primera vez,
dos años antes, tuvimos que obligarla. En ese tiempo era menos corpulenta, pero
gritaba más; hoy sólo se metió por un momento a la piscina, no por su
iniciativa; una profesora tuvo que instigarla. El resto del tiempo se quedó en un extremo, al lado de
las duchas, haciendo sus movimientos estereotipados, que son como si sus brazos
fueran una gran serpiente sin cabeza, porque ambas manos se mueven, una
primero, luego la otra.
Ese
movimiento serpenteante pasa de un lado a otro del cuerpo, involucrando la
parte superior de la espalda; luego se queda quieta, inclina hacia abajo uno de
sus hombros, levanta el otro, soba el mentón contra él, y permanece así,
moviendo ligeramente los dedos de las manos. Produce dolor verla, parece que
tuviera una torcedura o que algo le impidiera enderezar su tórax.
El último
día que estuve con ella en la piscina, un sol inmenso había anunciado verano;
los dos meses anteriores habían sido de lluvias. En el vestier ayudé a bañar a
los niños, en este grupo ninguno sabia bañarse solo. Para agilizar el proceso
nos turnábamos el trabajo: dos compañeras se encargaban de bañarlos, dos de
secarlos y dos de vestirlos.
Fui al
vestier de los hombre a cambiarme (todos los niños son cambiados en el vestier
de las damas). Regresé y al levantar la mirada dejé que mis ojos vieran todo
cuanto tenía ante sí: unos senos adolecentes, sin las urgencias de las niñas de
esa edad; una piel canela fresca, sin uso; una cintura bien construida, y más
caderas, tiernas, vellosidad, todo unido a la ingenuidad, a la belleza. Volví a
mirar y fui hasta el rostro, la boca se abría un poco y se cerraba repetidas
veces. De pronto, como una sonrisa, o algo que bien podría ubicarse entre la
palabra y la risa, y luego los movimientos de la cabeza hacia los lados y la
inclinación lateral del tórax; miro a sus ojos y no sostiene la mirada.
¡Cómo ha crecido¡ me
digo, la vuelvo a ver y sí, es Judith, es autista, es un ángel.
Lizt
No sabemos
entenderlo, llegarle, porque él percibe e interpreta el mundo obviamente en
forma distinta a nosotros; camina y a cada paso se inclina hacia delante en un
balanceo. Hoy se mordió en el hombro y en la mano, cuando llegó el transporte
para llevarlo a casa.
Por lo
general el carro es estacionado en la calle al borde de la acera. Hoy al
pendejo del chofer le dio por subirlo sobre la acera, e inmediatamente Lizt empezó
a morderse. Intentaron controlarlo pero entonces agredió al primero que se le
puso enfrente. Me llamaron para que ayudara, y lo entramos de nuevo al colegio,
sosteniéndolo por los brazos; tan pronto lo medio soltamos se autolesionó, mordiéndose
hombros y brazos; nos arañó enfurecido. Un cuarto de hora después se calmó,
pero del hombro calloso por los repetidos mordiscos antiguos y nuevos, salía
sangre. Gladys, la psicóloga de piel
caramelo, llegó a sentarse a mi lado; si fuera visible podría describir lo que
se acumulaba, y añadir a eso lo del Lizt; ella le buscaba respuestas, pero sólo
salieron dudas convertidas en lagrimones.
Lizt,
calmado aparentemente, seguía caminando y balanceándose; se detuvo a mi lado y empezó
a morderse. Lo cogí de los antebrazos y alejé sus manos de la boca; partió mis
labios y se quedó estático su rostro cambió a una mueca de amargura, lágrimas también
salieron de él.
Se fue por el
corredor, balanceándose hacia delante mientras caminaba
Wilde
Wilde parece tener
por principio la ley de los extremos. Nada en él se hace por mitad: se tira al
suelo y ninguna instrucción le sirve, hay que levantarlo y entonces, y sólo
entonces, sale corriendo o caminando.
En la piscina hubo
que implosionarlo la primera vez;
después de estar en
el agua fue necesario sacarlo a las malas. Eso no es todo; en la piscina a dado
muestras de lo que es concebir el extremo: lo mira a uno y comienza con una
sonrisa burlona, se mueve violentamente y se le escurre a uno de las manos y va
hacia el fondo, se queda ahí…Es imprescindible sacarlo porque de lo contrario
continúa en el fondo. En muchas ocasiones, al comienzo, salía vomitando y aun
así quería sumergirse de nuevo. Ahora sale por si mismo pero aguanta hasta dos
minutos; si uno lo saca antes, se pone furioso e intenta morder.
Cuando
van siendo las once de la mañana, se escapa del salón, va hasta el patio, se
tira boca abajo y pega su lengua contra el asfalto caliente; dos o tres
personas tienen que levantarlo; su piel se pone colorada; él se retuerce; salta
y manotea.
Otro de
sus extremos es el ritual del excremento. También a horas de sol se desnuda y
se sienta en cuclillas en mitad del patio; ríe por un largo rato, como
predisponiéndose: por momentos soba sus testículos, luego poco a poco va
introduciendo sus dedos por ano y como un artista o un guerrero que se maquilla
para una obra o para la guerra, comienza a untarse por todo el cuerpo, muy
lentamente: como en un goce, se queda ahí completamente revestido de
excremento. Nadie se le arrima, nadie…
Wilde sonríe, sonríe…
George
Tiene
diecisiete años, corre a veces de un lado a otro y si está en crisis golpea las
paredes con la cabeza: hace recordar esos animales cabríos que combaten a
cabezazos: toma impulso y se va de frente contra la pared, que lo se devuelve
más embravecido y sale en espera inmutable. Ante el golpe frena en seco, carrera
mordiéndose las manos.
Fue
necesario ponerle un casco de motociclista para protegerlo un poco.
George
tiene cuatro actividades que parecen hacerlo feliz: privarlo de ellas es
propiciar una autolesión busca un pedazo de hilo o lana y pasa horas y horas
enrollando, a veces corre pero no suelta su lana, y si la olvida porque hay
otra actividad a la que es sometido, entra como un desesperado al salón. Otra:
en la hora del recreo se sube en un columpio y se impulsa a una máxima altura; casi
pasa el soporte horizontal. Un rato después cuando ha logrado mucha altura y se
ha balanceado bastante, se lanza desde esa cúspide y sale corriendo. En uno de esos
saltos se produjo una lesión de tobillo que hasta hoy no se ha dejado tratar.
Su caminado cambió después de eso: medio apoya el pie debe dolerle
La
natación también le encanta; flota bien y hace una brazada no técnica, pero
avanza. Cuando llega a un extremo o al borde de la piscina, se queda allí
mirando el agua. Parece aburrirse y entonces aprovecha para acostarse fuera. Introduce
su mano en la pantaloneta y saca su pene. Con ambas manos empieza a sobarse
suave; Permanece así por horas, completamente enajenado, absorto; ésta es la
cuarta actividad que le gusta.
Una
mujer que esperaba ayer a una hermana que vino a terapia física, se lo encontró
por casualidad en la piscina. George estaba solo, mientras yo permanecía
escribiendo en un rincón, un poco alejado. Lo vi, decidí, no molestar: la mujer
se acerco, creyéndose sola, George la vio pero siguió en lo suyo. La mujer se
acomodo en una silla y lo miro sin parpadear. Por ratos su rostro se
modificaba, posiblemente imaginando aquel falo monumental Jodiendo en ella, y
no ahí perdido en las manos de George. Durante la media hora que estuvo en el
lugar, disfrutó mucho, creo; cuando pasó por mi lado se lo vi en el rostro…
George se lanzó a la piscina.
Los ojos le brillaban como soles
Para
Martín, el mar era a cada momento novedad. A los veintiún años, este primer
encuentro con la playa lo alelaba, aunque el calor y ese sudor pegajoso no lo
dejan dormir. El entorno en si mismo era de fantasía. Las chozas, las gaviotas
hambrientas, los hombres y mujeres de piel de ébano, el caserío y el horizonte
en el siempre misterioso mar, el bravo mar,
Un
viejo tronco, tamañudo, traído por las olas, se quedó en la playa cuñado por
otros pedazos de madera y por la arena; el agua venía hasta él con poca fuerza,
alcanzando sólo a mantenerlo húmedo. Aquello era una caricia del mar al tronco,
ambos antiguos; así tal vez se comunicaban, se decían historias muy de agua muy
de tronco. A lo lejos se veían algunos ranchos que bordeaban la playa, las
palmas cargadas de cocos y las gentes de por allí y por acá. Un poco más allá,
las palmeras que la brisa de la tarde movía tierna, amorosamente; a muy pocos
metros, los turistas gozaban bajo sus cubresoles. Los nativos venían a
invitarlos a dar un paseo en bote, y las mujeres caminando de un extremo a otro
de la playa, ofrecían frutas y agua dulce. Ahí mismo dos negras tenían una
butaca y, sobre cuatro palos que enterraban en la arena, una tela que daba
sombra. Las mujeres que turistiaban iban hasta ellas para que les hicieran el
peinado de las trencillas; así volvían felices a Medellín, mostrando sus
cuerpos bronceados por el sol y las trenzas que eran la constancia de que de
verdad habían estado en la costa.
Embelesado
como estaba y sin afanes, dejo su morral junto al tronco, fue hasta una palma a
pocos metros, y de los varios cocos que había regados en el piso cogió uno, le
quitó la vestimenta y lo metió en una bolsa plástica, que anudó; apoyó el atado
sobre el tronco, sostenido por la mano izquierda: respiró profundo y sin
pensarlo asestó un golpe seco en todo el centro: el coco se partió. Con los
dientes hizo un pequeño orificio a la bolsa y succionó con avidez el agua.
Del
morral saco otra bolsa en la que guardaba cigarrillos, encendió uno y empezó a
fumarlo desprevenido, mirando aquel atardecer de mar; llevaba el cigarrillo por
la mitad cuando se fijó en un punto negro que se movía en el agua, a unos
veinte metros de la playa; el punto se aproximaba y, ya más cerca, la forma se
fue aclarando: era un cuadrúmano simiesco que parecía un mono flaco sin pelos; iba
hasta un rancho, entraba y a poco volvía a salir. Lo que parecía un mono flaco
sin pelos, inquieto a Martín, que ya había consumido el cigarrillo; se levanto
y se acercó al rancho. Allí vio a una mujer negra sentada en la entrada, que
goleaba como en clave con luna vara sobre la arena o contra la puerta, y lo que
parecía de lejos un punto negro salía
con rapidez y subía a una palma, arriba
empujaba frenéticamente las ramas hasta tumbar algunos cocos; bajaba, los
recogía y los llevaba a los turistas, unos diez metros más allá; éstos gritaban
y aplaudían, y lo que parecía un mono o
chimpancé se metía al mar sin zambullirse, nadaba a manotazos, hacía cabriolas
y de nuevo retornaba a la playa como un atleta continuaba su acción trepando a la palma que tenía las huellas de
los agarres repetidos en el subir y
bajar. La mujer negra gritaba algo y el mono o chimpancé o lo que fuera entraba
en la choza, los turistas le entregaban unos billetes; ella esperaba un poco
antes de volver a golpear con la vara.
Martín
regreso por el morral y caminó de nuevo hasta la choza. Al lado de la entrada,
la mujer permanecía sentada sobre una piedra, con las piernas abiertas: era una
negra abultada y sudorosa con los dientes podridos: llevaba una camisilla que
dejaba ver en su axila una espuma blanca. Se quedó mirando al joven con una
cierta indiferencia: era afable con los turistas que iban en grupo, porque le
daban más dinero, y el precio variaba según la pinta del turista. Aquello era
una romería para ver al mono, chimpancé o lo que fuera meterse al agua, hacer
cabriolas, trepar a la palma, tumbar los cocos, correr hasta la choza, cuadrúmano.
La negra
se murió una mañana, recostada contra la choza y sentada con las piernas
abiertas, parecía dormida, hasta que su piel se fue poniendo verdosa y los
moscos llegaron a su boca. El mono, chimpancé o lo que fuera esperaba dentro el
golpeteo de la vara contra la puerta;
como no lo oía, comenzó a inquietarse y tímidamente asomaba su cabeza a
la puerta, mirando a la negra; salía corriendo unos metros, pero se devolvía al
percatarse de que la mujer no se había movido; a la tercera salida en falso se
quedó afuera, y con la vara de la negra hacía huecos en la arena; por momentos
miraba a la mujer esperando que le diera la orden; presintiendo que algo no iba
bien, empezó a emitir un chillido que parecía un lamento y a bañarse con arena.
Cinco
personas asistieron al funeral de la negra. El mono, chimpancé o lo que fuera
llego a Medellín. Para los que lo recogieron fue muy sencillo, porque era un
ser sumiso, absolutamente dócil. Los primeros días lo más complejo fue la ropa:
le ponían una sudadera de fibra sintética y una camisa de futbolista, minutos
después estaba desnudo; pasaron tres meses antes de acostumbrarlo al vestido.
Igual sucedía al dormir: lo abrigaban en la cama y al amanecer él estaba en el
piso, acostado sobre la cobija. Cuando le pusieron los primeros zapatos, que
eran tenis “pisa huevos” se quedó sentado todo el día como si lo hubieran amarrado;
si le ayudaban a pararse se colgaba de quien estuviera a su lado y flexionaba
las piernas; por la noche cuando se los quitaron se quedo mirándolos sin
parpadear hasta que lo acostaron. Los primeros pasos los dio apoyado en dos
personas; lo llevaron por el patio, él con sigilo y torpeza ponía cada pie
sobre el suelo; después de varios ejercicios caminaba solo, pero le temblaban
las piernas y trastabillaba haciendo los intentos.
Paso un
año y el mono, chimpancé o lo que fuera estaba en el salón de clases, siempre
impasible, sentado junto a otros niños, que se habían acostumbrado a él. En los
recreos se montaba en un columpio y se quedaba allí balanceándose despacio, con
la mirada perdida, calmado; sus ojos se iluminaban cuando otro chico le decía
algo, pero seguía ahí como sin querer que aquello cambiara.
Sabía leer y cuando
la profesora narraba historias o leía cuentos, él se hundía en esa voz, viajaba,
alejándose de la realidad; sus ojos brillaban como soles con cada historia.
Usaba
otra ropa, no le gustaban las sudaderas ni las pantalonetas, tampoco los tenis
pisa huevos: había descubierto los pantalones de paño y ahora tenía tres, una camisa de manga
larga y las zapatillas de cuero. Con una rigurosidad casi religiosa cuidaba sus
prendas, se había vuelto meticuloso, ordenado; Adquirió tal porte que inspiraba
respeto, por su comportamiento parecía un gentleman.
Antes de
irse del salón miraba sus zapatos; en el pupitre guardaba un pedazo de dulce
abrigo y mientras los demás se precipitaban hacia la puerta de salida, él
apoyaba su pie sobre un cajón para brillar su calzado. Se iba satisfecho, salía
erguido con los ojos viendo al frente, mirando tranquilo hacia la calle, con un
aire de dignidad. Ahora ese mono o chimpancé era un hombre.
Descubrimiento
Los amigos que fueron
de visita lo encontraron maldiciendo; Gritaba a las enfermeras y las
hideputiaba por todo. En las noches, la persona que lo cuidaba tenía que sufrir
toda clase de vituperios: cada cinco minutos hacia que lo cambiaran de postura,
se volvía un energúmeno por cualquier cosa- un poco de alimento que se regaba,
la sábana con una arruga, el suero a punto de acabarse, la enfermera que no acudía
inmediatamente a su llamado.
-¡Dejen
que yo me pare de aquí y les va a saber a mierda!
La madre
hubo de solicitarle al médico que le metiera calmantes en el suero: ella fue la
única que aguantó, era una mujer fuerte y siempre vital; ahora tenía unas
ojeras extendidas por todo el rostro. La novia de Marcos, después de la primera
visita no volvió, y los amigos muy íntimos sólo llamaban por teléfono. En la
casa estaban acostumbrados a esas presencias extravagantes, cuando llegaban
repitando y entraban entre alborozaos y risas cómplices, porque siempre tenían
un plan.
-Vamos donde Marta
Pintuco, hoy baila “La Amazónica.”
Listo,
todo acordado y se iban los ocho, a veces se reunían diez. Aunque eran menores
edad, el ser hijos de quienes eran les daba entrada a cualquier parte; aquel
sitio se llenaba de más bulla cuando llegaban los muchachos. A las putas,
acostumbradas a los viejos bateados de jai
paisa, se les modificaba la actitud porque, aunque generalmente los chicos sólo
iban a sabotear, sí gastaban en licor y en lo otro que se pasaba por debajo de
la mesa.
Sentados
muy cerca de la tarima donde se exhibían aquellas las mujeres gastadas y de
carnes blandas, que a veces más que sensualidad
daban la sensación de hastío y suciedad, solo Pedro apetecía las
rameras, lo que era comprensible por tratarse de un muchacho al que repudiaban
las chicas del colegio y las mujeres en general
Cuando
aparecía la famosa “Amazónica.”, gritaban y levantaban los brazos; a todos les
causaba hilaridad hasta las lágrimas observar la forma en que Marcos
gesticulaba y gritaba obscenidades a la mujer, que entre luces rojas y al ritmo
de la música realizaba una rutina de movimientos que pretendían semejarse a la
danza; claro que después de dos o tres visitas al espectáculo se hacia evidente
que la mujer se movía siempre de la misma forma y carecía de gracia. Pero los
muchachos no buscaban estética.
-Vamos
mamita arrímate.
La mujer
se animaba y les hacia insinuaciones con las caderas, tocaba sus senos
escurridos y bajaba las manos hasta el pubis; de pronto, como frenética, abría
las piernas y arrancaba la tanga, entonces todos gritaban y Marcos la llamaba:
-Ven nenorra, yo te
muerdo, déjame poner mi lengua en tu aljibe.
Alrededor,
cada cual continuaba en lo suyo. Las que tenían clientes habituales parecían no
inmutarse. Aquel relajo momentáneo se reducía al sitio donde compartían los
muchachos, que al final, estruendosos como habían llegado, se iban y en el
salón las cosas seguían.
Durante
un mes fue sometido a intervenciones cuidados especiales. En ese periodo,
Marcos no supo que tenía una lesión dorsal en la medula, y cuando se enteró no
creía, insultaba y maldecía. Para él los médicos que le daban tan mal pronóstico
estaban equivocados. Se volvió mucho más agresivo. Al segundo mes le dieron de
alta; fue sacado en camilla hasta la ambulancia y en la casa le prepararon una
cama parecida a la de la clínica.
El niño mimado, el
caprichoso, insultaba al terapeuta, decía obscenidades a la enfermera, gritaba,
ordena, amenazaba.
-Dejen que yo me
pare, gonorreas.
Nadie le contestaba
ni discutía, pero varias enfermeras no volvieron; como tampoco sus compañeros,
que lo visitaron la primera semana, una semana en la que logró reconstruir por
información de lo sucedido: De un estadero en Las Palmas salieron para Bello a
terminar la noche de licor y baile en la taberna de un amigo. En la autopista,
le pegaron al separador y el carro dio tumbos veinte metros hasta quedar
encunetado.
-Hoy vamos a dar un
paseo—dijo el terapeuta, y abrió su risa animando a Marcos. La madre estaba en
la puerta con su sonrisa amarga.
¿Y que? ¿Me vas a
llevar en la cama o me vas a cargar?—pregunto fríamente Marcos.
--No, hombre, vamos a
estrenar vehiculo—dijo el terapeuta y señaló hacia la puerta. La madre se movió
un poco para que viera la silla. Marcos se puso pálido.
-Nadie lo cree—dijo
después—. Ese día me enteré de que existían las sillas de ruedas. También supe
que era un sentadero para toda la vida. Entonces me corté las venas, pero no estaba
para muerto y aquí estoy, diez años después.
El amigo
terapeuta lo miró en silencio.
-¿Sabes?
En esas largas horas de amargura, sobre todo en las noches, tuve como gran
compañía la radio, escuchaba un programa nocturno que se llamaba “¿De qué hablamos
esta noche?”, y recuerdo la frase que me dejo por primera vez en el dial. ”Hoy
hablamos de la esperanza…” Presentaban unos testimonios impresionantes de
personas que tenían discapacidades. Ese programa me salvó.
El
terapeuta continuaba en silencio.
-En uno
de esos amaneceres fui hasta el radioteatro de RCN, que era donde se emitía el
programa, y allí conocí a una persona que en definitiva me quitó los velos:
Humberto Vilchez
Vera, el locutor. Cuando terminó el programa, me dio un apretón fuerte y me
dijo: -- Gracias, en este amanecer tengo otro amigo.
En la
mirada le apareció una tristeza.
-Ese
amigo ya se fue, pero me dejo bañado de optimismo-Marcos cambió la música y
sirvió brandy. —Pero ¿Sabes qué? Dejémonos de nostalgias, porque el día que yo
me pare de esta silla, no me vuelvo a sentar-.
Sonrieron.
Hermosura
Hasta los más serios
voltearon el rostro para que no les viera la risa. Llegó con otros dos hombres,
uno de ellos lo empujaba y él, con las manos apoyadas sobre el bracero, actuaba
como emperador. A cada seña suya los hombres se movían; no decía por favor ni
pedía permiso, sólo marcaba la orden con su mirada. Tenía puesta una camisa
negra con flecos en los bolsillos y lentejuelas color oro en los hombros; el pantalón
también era negro, igual que botas; llevaba por lo menos tres cadenas en el cuello, un reloj, anillos y hasta pulsera;
era la pinta típica de un “traqueto” aparentador de los años setenta, La silla
de ruedas estaba forrada en fibra sintética, con retrovisores de carro
amarrados a la parte delantera; los cojines iban cubiertos por forros de lana
amarilla también flequiada, como los
de los buses.
Se
quedaron viéndolo en silencio, pero guardando la burla; el entrenador abrió la
conversación con un saludo y una pregunta al tiempo.
-¿Cómo
le va? ¿En qué le podemos servir?
-Yo
quiero entrar al club—ya con las palabras no parecía tan rey.
El
entrenador sacó del archivo luna hoja y se la entregó.
-Éstos
son los requisitos para ingresar- Traiga esa documentación, para que pueda ser
admitido.
-Es que
él no quiere ser deportista, sólo quiere que ele enseñe a manejar la silla de
rueda, así como mostraron en la televisión —dijo el que lo empujaba.
Con el
fin de promocionar los juegos nacionales en silla de ruedas, habían mostrado
todas las habilidades que puede lograr una persona en una silla de ruedas para
ser independiente: pasar de la cama a la silla subir a un vehiculo, subirse sin
ayuda desde el suelo, moverse en dos ruedas. Avanzar adelante y atrás, hacer círculos,
bajar en dos ruedas las de un parque como el Panamericano en Cali, o por la
bajada de la 98 en el barrio Castilla, y muchas otras cosas, que producen admiración
en todo el que observa.
-De
todas formas es necesario vincularse, en ese caso se inscribirse en el grupo
recreativo
-¿Pero
ahí me enseñan todo eso?—pregunto desconfiado.
-Si, por
supuesto, si lo aceptan en el club-
Se fue
ese día y los otros lo apodaron “Hermosura”. Volvió al Domingo siguiente y le
entrego un sobre al entrenador con los documentos que le habían pedido; fue
preparado para entrenar, de traje deportivo pero sin quitarse las bambas”. El
entrenador no tuvo otra opción que dejarlo; a veces a las personas que asistían
por primera vez se les dejaba participar para que se integraran, recibiendo de
esa forma una motivación suficiente que los incitara seguir.
“Hermosura”
no sólo parecía motivado sino obsesionado; Cada
ejercicio que él entrenador hacía, él intentaba imitarlo de inmediato,
como si llevara muchos meses entrenando; era evidente que carecía de fundamentación,
varias veces rodó por el piso tratando de sostenerse en dos ruedas. El
entrenador le insistía en que fuera más despacio, que se diera tiempo.
En una
de esas caídas el entrenador sintió bajo el cojín un revolver, también le
percibió un olor a orina concentrada.”Hermosura·” de cerca era fétido. Al terminar
el entrenamiento hacían una actividad de relajación, el entrenador los acostaba
sobre una colchoneta y a todos les indicaba unos ejercicios y les aplicaba
otros en forma directa; cuando fue sobre “Hermosura” para hacerle el masaje, se
percató de que el hombre tenia escaras en la piernas y en los glúteos, todas
cubiertas con una tintura morada; a la semana siguiente le entregó una carta explicando
que no podía seguir haciendo deporte hasta sanar completamente de sus lesiones.
El hombre y los que lo acompañaban profirieron palabras e insultos contra el
entrenador; se quedaron en el coliseo toda la tarde amedrentando, amenazantes.
Por
meses se olvidó a “Hermosura”. Un domingo, caminando hacia La Floresta de regreso a
casa, el entrenador bordeaba la canalización, y casi llegando a La Ochenta lo vio, en una
pose como la de quien se inclina a un arroyo par beber, Antes de recogerlo, el
entrenador dudó pero el cuerpo de “Hermosura” se movía convulsivo, y al ver sus
ojos desmesurados se hincó para auxiliar, porque se le estaba saliendo la vida.
En el
hospital ya era conocido; por los rostros que veía, el entrenador comprendió
que historias malas sobre “Hermosura” volaban en pensamientos, pero se fue sin
preguntar: las fracasadas cirugías que intentaron par curar sus escaras, los
injertos que no pegaron, y las veces que se había ido sin dar las gracias ni
pagar, o cuando volvió con revólver apuntando al médico porque en los sitios de
donde le habían sacado carne para el injerto también se formaron pudres.
-Déjenlo,
ése no tiene familia-.
Ese
entrenador que guardaba dolores de otros en los suyos, se sintió blando,
invadido de luna desilusión, de lástima, sentimientos que al pensar en “Hermosura”
se le agrandaba, sentimiento que no le gustaba. Paso varios días pensando su
tristeza, habitado por malestar y las ganas de no ser que ésta produce. Corría
el año l984 y era marzo, el mes de los VII Juegos Nacionales en silla de
Ruedas.
-Se
murió “Hermosura” –contaba uno de los deportistas a los otros que lo habían
conocido.
Dice un
taxista que buen muerto, en los días en que estuvo viniendo aquí, tenía
azotados a los taxistas; con los dos tipos que iban con él, atracaban de
noche. Cuando corrió la voz, una clave
por radioteléfono y cinco taxistas acudieron; ahí en la Ochenta , donde lo
encontró, el entrenador, lo habían garroteado. Antes que la gente saliera de
futbol, sin bambas, ni silla, ni cómplices, porque los hombres corrieron. Lo
dejaron tirado allí.
23
de julio
de l996
El hombrecito sin
piernas
“Mafia explotadora de
mendigos”. Ese título apareció en la primera plana de luna revista vulgar de
las que vendían en el puesto. Después que lo interrogaron en el Das, el
hombrecito sin piernas guardó la revista, y ese día sintió la necesidad de
aprender leer. Habían pasado seis meses desde que llegó a Medellín, escapado de
su casa en Bogotá, donde quedaron sus padres y una hermana. Diez años después,
cuando volvió, lloraron abundosos y se emborracharon. Durante esos seis meses
pidió limosna en la entrada del teatro Bolívar; su labio leporino, una
malformación en la columna, la carencia de sus piernas, el faltante de dos
dedos de su mano izquierda, lo hacían realmente lastimero; por eso las monedas
caían en su tarro continuamente. Sin cambiarse la ropa y sin baño, empezó a
expeler un olor ahuyentador; comía embutido y afanado, pagaba una pieza en luna
residencia en Guayaquil, y allí dormía.
Por más
de un año fue sucio y mendigo. El vendedor de periódicos, un viejo que vivía en
La Toma , se lo
llevó para la casa a condición de que se bañara, y lo bañaron a chorro de
manguera, que por poco lo infarta. Ese medio hombre vio aquel gesto como algo
maravilloso—era acogido por una
familia--pero tardó otro año en percatarse de que las bondades tenían un
precio, y que ese precio bien merecía algo diferente de las sobras de comida
que le daban en luna coca y de rincón maloliente donde dormía. Exigió entonces
una pieza para el solo y la amobló con cama y guardarropas; tiró la cobija, que
olía a vejeces y sudores de otros que se abrigaron y no lavaron sus olores.
Días
después, pasando las monedas del tarro al bolsillo y luego al bolsillo de viejo
bondadoso, pasó por allí el gerente de una agencia de lotería, y le ofreció trabajo.
En un mes tenia buena clientela, pero aun así nunca llegó a ganarse lo que se
conseguía cuando era mendigo; sin embargo el haber pasado de un carrito con
rodillos a una silla de ruedas, el sentir la diferencia entre ganarse el dinero
y recibirlo tirado por la lástima que inspiraba, fue para él un asombroso y maravilloso
encuentro con la vida; era importante, válido; la misma sensación tuvo cuando
le enseñaron a leer.
-Eso fue
como si me hubieran abierto la puerta del cielo; cada que leía una frase, yo no
podía creerlo; en la calle toda palabra o letra no se escapaba a mis ojos
lectores- decía.
En seis
meses se preparó para validar la primaria, y lo hizo con facilidad. Se interesó
por otras cosas leyendo revistas; la gimnasia con pesas le atraía. En el mismo
sector de Guayaquil, en Alhambra con Maturín, había un gimnasio y allí iba a
entrenar todos los días a la una de la tarde, rigurosamente. Era un sitio que
frecuentaban carniceros, taxistas, uno que otro estudiante. Estaba en un
segundo piso y había que pasar entre vendedores de pescado, prostitutas y ventorrillos
de ropa antes de llegar; tenía un salón amplio con cuatro espejos de cuerpo
entero, que hacían creer a los alfeñiques que en un mes ya tendrían un cuerpo
hercúleo.
Esteban
lo conoció allí, donde trabajaba como instructor de 2 a 9 pm. Le era difícil
ocultar la sorpresa cuando vio al hombrecito sin piernas intentando colgarse de
unas argollas olímpicas. Por la condición del cuerpo debió ayudarlo en la
mayoría de los ejercicios. Al final del entrenamiento, el hombrecito sin piernas
sacó un fajo de billetes; Esteban rechazó el ofrecimiento, ante lo que el
hombrecito se mostró incómodo, la situación volvió a normalizarse cuando
Esteban le propuso que se tomaran un jugo.
Conversando
después, el hombrecito sin piernas reconocía aquel momento como su tercera
iniciación: hasta ese instante él creía que todo favor había que pagarlo.
Que los
seres humanos vivimos ciclos y que somos relativamente rutinarios, no es
ninguna novedad; si uno asiste a un sitio recreativo con alguna frecuencia, se
va a encontrar con las mismas personas. La piscina y estadero Los Delfines era
un lugar frecuentado los fines de semana por algunos personajes que fueron por
aquellos días del año l975 como parte de ese lugar. Todos ellos tuvieron por
sus actividades particulares alguna figuración en el periódico EL COLOMBIANO. De allí que al encontrase
se saludaban brindándose elogios mutuos.
La última
historia que recuerdo del lugar fue con Miguel Ángel, uno de los frecuentadores
de aquel sitio, a quien llamaban “Miss Poses” y que también asistía al gimnasio
donde entrenaba el hombrecito sin piernas.
Mediaban
las once de mañana y el día estaba lindo; muchas chicas, al parecer de un
colegio, estaban allí, bronceando sus nalguitas y paseándose provocadoras cerca
de los muchachos. Minutos de sol, sonrisas coquetas, cuerpos dorados se
deslizaban en la mañana hasta la hora de irse, que era elegida por cada quien,
cuando le llegaba el aburrimiento.
Dándoselas
de impresionado, Miguel Ángel se ubicó donde lo vieran, con los brazos al
frente, y haciendo conteo mental empezó a realizar ejercicios, alternando los
brazos arriba y abajo, luego una semiflexión de rodillas; respiró varias veces
expandiendo su tórax y tensando los músculos que parecían prontos a reventar.
Subió al trampolín, miró hacia abajo, ya parecía listo lanzarse pero se bajó,
tambaleándose mientras pisaba los escalones. No todos los bañistas hacían
comentarios en voz alta, pero de seguro algunos tenían su mirada y pensamiento
en Miguel Ángel.
El
hombrecito sin piernas salió del vestier, por un momento, observó a la gente
que estaba en la piscina, con una mano se acomodo la pantaloneta y empezó su
lento avance hacia la ducha. Apoyado en su mano izquierda y en los muñones, se
estiró hasta alcanzar con la otra la llave, se metió de lleno bajo el chorro, y
cuando estuvo completamente mojado, cerró. Respirando hondo, hizo varios
movimientos ridículos con sus muñones, luego permaneció quieto, como preparándose,
a sabiendas de que los bañistas posarían sus miradas sobre él cuando fuera a
meterse en la piscina. Apretó el cordón de pantaloneta y empezó a desplazarse;
el torso se incitaba hacia delante para que las manos se adelantaran, y así, en
forma de balanceo, iba avanzando.
Llegó
hasta la escalera que daba acceso al trampolín; desde su bajura miró la parte superior
y subió decidido, con la misma calma que había demostrado anteriormente. Una
vez arriba hizo rotaciones para hombros, expandió el tórax, se aproximo al
punto de salto.
Esteban
se había zambullido varias veces y nadaba despacio, de un extremo a otro, a lo
largo de la piscina. Observando lo que hacía el hombrecito sin piernas, se quedó
en una esquina. Arriba en el trampolín, el hombrecito levantó los brazos, hizo
mover un poco la tabla y se lanzó. Desde lejos, aquel hombrecito se veía en el
aire como lo que a primera vista llega a los ojos: un pedazo de cuerpo volando
suicida hacia el fondo del riesgo; pero cuando entró al agua en forma
impecable, sin producir ningún ruido, un rumor admirativo circuló entre los
presentes; a los pocos segundos emergió en el lugar donde se encontraba Esteban,
se apoyó en el borde de la piscina sumergiéndose repetidas veces, se quedó quieto
como descansando. Así o pudo observar Esteban: contrario a su cuerpo, el hombre
tenía un rostro alegre envidiable, en él había un aire de confianza, de una
despreocupación que no insinuaba siquiera el cuerpo que estaba bajo el agua.
Con el apoyo que tenía, el hombre se impulsó hacia atrás y se dejó ir en estilo
espalda hasta tocar el borde en el otro lado, dio vuelta y volvió a respirar,
levantó los ojos y la mirada se quedó en Miguel ángel, que hacía poses y
tensaba los músculos; el hombrecito dio vuelta de nuevo y regresó nadando en
estilo libre hasta el lugar de Esteban, que había empezado a nadar en dirección
opuesta.
En un
ambiente como ése, dos hombres como ellos resultan igualmente visibles; uno
porque contradice el estereotipo de lo bello en cuanto a la concepción del
cuerpo y el otro por el narcisismo que causa malestar , Con el seudónimo de “El
Delfín Colombiano”, el hombrecito sin piernas había nadado cuatro horas la semana
anterior en el represa de El Peñol, en una jornada continua donde se tomo tres
botellas de miel de abeja, y aguantó hasta las siete de la noche, cuando
Esteban lo sacó morado del frió, pero sorprendido de su propia resistencia.
Alfredo Carreño había escrito en EL
COLOMBIANO una bella crónica sobre la hazaña.
Esteban
y el hombre sin piernas seguían nadando; famoso el uno, amigo el otro. Los
fines de semana, en el estadero “Los Delfines”, en una complicidad natural,
dedicaban sus horas a la lúdica. Las chicas los jugueteaban con miradas, y con
proximidades disimuladas cuando estaban en el agua.
Un
fragor y una agitación en el agua hicieron ir las miradas hasta el sitio; a
poco una quietud, y el hombrecito sin piernas se aproxima al muro acompañado de
cerca por Esteban; con una mano sostenía a Miguel Ángel y con la otra se
esforzaba en alcanzar el borde. Esteban sostuvo a Miguel Ángel y de los brazos
ayudó a salir; lo acomodó boca abajo y presionó su espalda. Los bañistas
formaron un tumulto curioso.
El
hombrecito sin piernas se alejó con el corazón palpitando, afanado. No supo cómo,
pero cuando vio el movimiento agitado en la piscina, se olvidó de sí. Luego,
junto a Esteban, que reanimaba al hombre, se percató del suceso.
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